martes, 5 de febrero de 2008

Una chaqueta de tweed



En fotografías de escritores como J. R. R. Tolkien, o en imágenes de países velados por célticas brumas, a cuyo frío contrarresta el calor de su lana, siempre las chaquetas de tweed se me antojaron un bien envidiable, la prenda con la que yo más me identificaba, uniforme civil de un mundo sin modas, atemporal en la permanencia de los arquetipos.

Tweed es el nombre de un río que atraviesa las regiones fronterizas que discurren entre las tierras bajas de Escocia y Northumberland, y que viene a desembocar en Berwick-upon-Tweed, la ciudad más próxima a ese milagro de accesibilidad intermitente que es la isla de Lindisfarne. Es tierra de prendas de lana, como toda Escocia, y el tipo de paño conocido como tweed toma de aquí el nombre, aunque el tipo más conocido universalmente es el que se produce en las Hébridas Exteriores, y más concretamente en la pequeña isla de Harris. Afortunadamente, la Revolución Industrial pasó por aquí de largo o no llegó, y las ruecas, telares artesanales y batanes han seguido en uso hasta hoy mismo. Últimamente, todo el que produce algo de interés en el ancho mundo procura revestirlo de esa capa de prestigio que conocemos como denominación de origen. Los habitantes de Harris saben desde 1909 que la singular calidad de su tejido es un tesoro que hay que preservar y han creado en consecuencia un emblema que ampara a todo el paño que se fabrica en la isla, mucho del cual se destina a la importación. Un orbe con una cruz de malta es su escudo (hoy diríamos logo).

Cuando empecé a trabajar y ganar dinero, una de las primeras cosas que hice fue adquirir una chaqueta de tweed de Harris, tejido a mano, como recuerda la etiqueta que viene a recaer, igual que una oculta insignia, sobre el corazón. Evidentemente, era una decisión estética, pero no solamente por la hechura de la chaqueta, sino, aún más que por eso o por dandismo, por un motivo literario. Hace quince años que traduzco gaélico, ya sea en solitario o en colaboración con mi amiga Catriona, y buena parte de los poemas escoceses que he vertido son lo que en inglés se conoce como waulking songs, canciones de enfurtir, coplas que componían y ejecutaban las mujeres mientras preparaban la lana durante la luadh (la faena en común acompañada de cánticos). Más que un poema visual, una chaqueta de tweed es el eco de muchos poemas, tradición oral, una emoción de la conciencia al recordar lo que hay detrás de cada uno de los hilos de esa lana.

Una de las mayores poetas de la Escocia gaélica fue Màiri nighean Alasdair Ruaidh (María, hija de Alejandro el Pelirrojo), que vivió en el siglo XVII. Aunque hoy la tradicional chaqueta de tweed haya caído un poco en desuso, la mía primera y otras que han venido a acompañarla me hablan de Màiri y de sus conmilitonas, de los naufragios de los suyos, de la apostura de los hombres que alabaron, de sus mocedades y risas e infortunios. A veces, en las tiendas me ofrecen otras chaquetas de lana que hablan de Italia o de París. Son bonitas. Y abrigan. Pero no escucho en ellas las voces ancestrales.