lunes, 3 de marzo de 2008

Del Támesis al Genil



José Antonio Muñoz Rojas ha recogido una colección de estudios y nos los ha dado bajo un hermoso título, escueto en sí, casi lacónico, que sugiere más de lo que dice: Ensayos anglo-andaluces, aunque no trate de ellos, transita ese camino abierto, de monte y vega, Támesis y Genil, que trae a las mientes a Washington Irving, Gerald Brenan o Ian Gibson... una atención a lo nuestro con ojos anglos, un escrutinio de lo de ellos con los ojos de Blanco White, Garfias, Cernuda...
En quince textos desiguales —como todo lo hermoso, que nunca es monolítico— el gran poeta y prosista excepcional de Antequera va desgranando la espiga de dos grandes devociones, ambas tan próximas en su corazón: la andaluza, que va de lo popular a lo renacentista y barroco en literatura, y la inglesa, en autores de veta metafísica y espiritual, desde el poliédrico Donne al también complejo y acomplejado Eliot, muy especialmente el de los Cuatro Cuartetos.
Aún reciente la lectura de las cartas de Juan Valera a Estébanez Calderón editadas por García Martín (Llibros del Pexe, 1996), sendos ensayos de nuestro autor vienen a ensanchar el horizonte que de ellos teníamos.
Comparece, asimismo, Pedro Espinosa, “amigo personal” a través de los siglos, y sabias observaciones, de patricio viejo, senador de la Bética, sobre el campo andaluz y sus gentes. Que no se ahorren críticas sobre algunos aspectos de lo peor nuestro dice mucho de su amor por su tierra.
Pero confesaré que no es cuando se ocupa de Andalucía cuando más a sabor me hallo entre sus páginas, sino cuando lanza sus inquisiciones sobre las letras inglesas, la gran riqueza de cuya poesía se le alcanza a cualquiera medianamente ilustrado. Y bien está que nuestro poeta entable diálogo con ella, coloquio de amor diría, pues que conoce con profundidad nuestra tradición poética y ni de aquélla ni de ésta habla en vano.
El dedicado a John Donne es un relato de aproximación íntima en Cambridge y Londres, de descubrimientos gozosos, un estudio que en el molde de la narración hermosea y raya a una altura a la que ningún erudito o catedrático que no sea poeta llegará jamás. Son evocaciones del mayo cantabrigense, en la biblioteca fatigada en busca de documentos, que dan pasajes como éste: “¡Oh, ojos, pájaros escapados más allá de los largos ventanales de la University Library, saltando de la página al cielo, a las copas de los olmos, envidiosos de sus hermanos, los mirlos y los petirrojos!” Memorable es cuando cuenta el resplandor del hallazgo de una firma, ésa y no otra —oh, milagro— entre un rimero de libros.
Herbert, Crashaw, Hopkins, Thompson y Eliot son los otros poetas ingleses de los que se ocupa, combinando a los conocidos con los más oscuros, que en eso consiste, como la buena fiesta que es, el placer de la lectura: la coincidencia de reconocer amigos y descubrir invitados que se nos presentan, lo sabido y la curiosidad bajo un mismo techo, al compás de una música que tiene notas para todos.
Sin ser únicamente eso, es Muñoz Rojas poeta religioso y católico, lo que es tanto como decir que hoy apenas puede tener público. Mucho nos tememos que su obra sea, como las mejores páginas del Libro —que es también, a veces, alta, altísima literatura— un manantial en el que sólo bebe un menguado número de fieles.
Libro menor en su bibliografía, Ensayos anglo-andaluces es un gran libro porque aun en sus artículos más de circunstancias, en sus estampas más superficiales, que son las menos, tiene una virtud que cada vez más desfallece entre los que firman libros: la calidad literaria. Y lo que dice toca, cuando se ocupa de ese linaje de poetas religiosos, fibras muy hondas que uno sentía adormecidas. José Antonio Muñoz Rojas carece de todo fanatismo o afán proselitista: habla en voz baja para los que ya están con él y en nada puede aplicársele, como sujeto, lo que Cernuda escribió a propósito del por ambos admirado Eliot, una aseveración que sensu contrario muestra por qué el autor de La gran musaraña es apenas hoy apreciado: “Para el hombre dominado y protegido por una creencia central, religiosa o política, resulta casi imposible ser justo con aquellos que no sólo no comparten tales creencias, sino que parecen considerarlos inútiles o, al menos, que se conducen en la vida como si no sintieran necesidad de ellas.” Léase “carente de” donde dice “dominado y protegido”, añádanse las modificaciones pertinentes en el segundo término de la frase, y tendremos formulada la ecuación que al despejarla da el cero que para tantos es el sin embargo infinito Muñoz Rojas.



Publicado en La Mirada, 120 (El Correo de Andalucía, 16-5-97)

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