miércoles, 12 de marzo de 2008

Escritores hebreos en París

El Salon du Livre de París, que comienza el 13 de marzo, tiene como país invitado a Israel, sesenta años después de la creación del Estado hebreo. Por el recinto ferial pasarán 39 escritores que escriben en esa lengua. Autores de otra emparentada con ella, los árabes han declarado un boicot al certamen, confundiendo churras con merinas. Es cierto que el estado judío lleva décadas realizando una política criminal contra libaneses y palestinos, pero la literatura es, o debería ser, otra cosa. También palestinos radicales llevan años masacrando inocentes en centros comerciales o autobuses.
Yo sé que comparado con el destino terrible de ese pueblo y la barbarie de los campos de concentración, el barbarismo del término “Shoah”, cada vez más arraigado, es lo de menos, pero esta palabra, como la de “holocausto”, me resultan muy antipáticas, y no sólo por la realidad de persecución y muerte que enuncian, sino sobre todo por su ombliguismo. Por su etnocentrismo (quizá apropiado en Tel Aviv pero improcedente fuera). Si se las sustituyera por genocidio, quitándoles su exclusividad judía, tal vez todos podríamos convenir en que los crímenes contra la humanidad son execrables se realicen contra los hijos de Israel o contra los armenios, los kurdos, los palestinos o las comunidades amerindias.
El escritor egipcio Alaa el-Aswani se queja de que ya no es la Francia que él conoció. Pero, ¿debe hacerse el vacío a unos escritores por causa de la política del Estado al que pertenecen? Yo, que a diferencia de otros escritores españoles como Jon Juaristi o Adolfo García Ortega, no soy nada projudío (seguramente declaro una limitación, no es que alardee de ello), tengo que defender el derecho de esos colegas israelíes a pasearse con su obra por París. O por la Feria de Turín, en mayo. Como igualmente defiendo el derecho de los árabes de Egipto o Palestina a protestar -no en el Salon du Livre- contra un Estado invasor y racista. Y nuestro derecho, dinamarqués y europeo, a publicar caricaturas cuando nos venga en gana, como llevamos siglos haciendo. Por medios pacíficos y sin mezclar camellos con dromedarios; quiero decir, enjuiciando las obras sin descalificar a sus autores por el pasaporte que ostentan.