viernes, 29 de febrero de 2008

La guerra del gabacho

El pasado martes se presentó el libro La guerra del gabacho. Con esa ocasión dije, más o menos, las siguientes palabras:

Me pide Francisco Núñez Roldán (en adelante Paco) que le presente su nuevo libro, éste que hoy nos congrega: La guerra del gabacho, 1808-1814. Y aunque no es uno particularmente amigo de los actos públicos, no ha podido rehusar el ofrecimiento por dos poderosas razones. La primera porque -si me permiten el símil militar, que conviene al libro-, cuando al grito de “A mí la Legión” un compañero de armas (literarias) reclama auxilio no se puede sino atender al llamado, con razón o sin ella. Lo de la Legión no es gratuito, pues es palabra que procede del latín lego, legis, legere, tomar, coger, pero también leer (aquí está el profesor Daniel López-Cañete, amigo de Paco y mío, que me espero no me desmienta). Y el segundo motivo al que me refería es que el libro me ha interesado vivamente, lo mismo su temática que su tratamiento, como explicaré a continuación. Por eso puedo decir que el “A mí la Legión”, a mí la lección, a mí la lectura, es un imperioso grito que en este caso –lo digo rotundamente- al que sí le sobran razones para ser atendido. A la excelencia no sólo histórica sino también literaria del libro me remito.

Francisco Núñez Roldán se ocupa en La guerra del gabacho de la Guerra de la Independencia, la Guerra Peninsular, como se la denomina en Inglaterra. Me ha devuelto en parte a la niñez. Gracias. Me ha hecho recordar una entrada de la Encyclopaedia Britannica que mi padre compró hace tres décadas en la que hallé estudiada la “guerrilla warfare”, la guerra de guerrillas, término aposentado en la lengua inglesa a partir de los hechos que narra Paco en el libro que presentamos hoy. Igualmente me ha traído a la memoria a esa heroína de nuestra infancia, Agustina de Aragón, que como La guerra del gabacho, también tiene la aliteración de sus g (de sus gues a la hora de pronunciar), como si estuviéramos en un verso aliterativo anglosajón, de Beowulf o de La batalla de Maldon. Aquella película de Juan de Orduña vista en las sobremesas de los sábados era, naturalmente, simplista, como se contaba la historia por entonces. Afortunadamente, hoy la historia recupera toda su gama de grises entre el blanco y el negro, y en el libro de Paco vemos los matices, las sombras, los claroscuros de héroes y villanos.

Es libro de novelista éste La guerra del gabacho: el dato histórico, la investigación concienzuda no asfixian a la narración fluida. Es inevitable pensar en Pérez Galdós y sus Episodios nacionales. Naturalmente. Pero por el estilo, con su presente histórico, parece que estuviéramos siguiendo a Julio César en La guerra de las Galias. El autor ha sabido además intercalar escenas dialogadas a lo largo de esta relación, y así ha conseguido acercarnos a nosotros, lectores, a los hechos que narra. Valga como ejemplo, la de la página 122, precisamente del sitio de Zaragoza.

Aunque no la cita, existe traducción española del soneto de Wordsworth que se menciona al comienzo de la obra, “uno de los resúmenes más breves y encendidos sobre la justificación de la sublevación española”. La hizo nada menos que nuestro paisano Luis Cernuda en los primeros meses de su estancia en Inglaterra, allá en el 1938. Teniendo en cuenta que si hiciéramos un butrón en esa dirección llegaríamos antes de recorrer cien metros a la casa donde nació el poeta, me permitirán que se la lea. Dice así:



CÓLERA DE UN ESPAÑOL ALTANERO


Podemos soportarle, a él, que arrase nuestras tierras,

Nuestros templos despoje, y con espada y llama

Nos restituya al polvo del cual hemos surgido;

Tal alimento exige el hambre de un tirano.

Podemos resistir al pensar ya vencida

España por sus manos, y que él así posea,

Para deleite suyo un desierto solemne

En donde los valientes yazcan muertos.

Mas cuando hablarnos osa de ligaduras rotas,

De beneficios y de un futuro día en que nosotros

Con alma iluminada bendigamos su imperio,

Entonces débil se torna el duro corazón asediado,

Y gemebundos, entre vergüenza y palidez decimos

Que inflinge ya lo insoportable a nuestra fuerza.


Y hablando de poesía, una de las más conmovedoras elegías de la literatura inglesa fue la compuesta por un prácticamente desconocido Charles Wolfe en honor de John Moore, uno de los protagonistas ingleses del conflicto. Esos versos fueron magníficamente traducidos por María Victoria Atencia hace veinticinco años. Hace bastantes más, Rosalía de Castro le dedicó “Na tumba do xeneral inglés Sir John Moore”. No solamente está presente la huella de Moore en esos dos poemas. Su presencia se hace sentir también, aunque de forma insospechada, en el Ulises de Joyce. Sí, no son alucinaciones provocadas por la ingesta de unas pintas de cerveza negra en Flaherty o en el Trinity, antes de venir aquí (eso toca después, ¿no, Paco?): resulta que Moore fue quien, ante la amenaza napoleónica, dispuso proteger el litoral de las islas de la Gran Bretaña e Irlanda con esas torres conocidas como Martello, que toman el nombre de una de Córcega. De no haber sido por Moore, James Joyce habría tenido que comenzar de forma distinta, o al menos en lugar diferente, su gran novela.

Pero de la mano de Joyce dejemos la lírica y volvamos a la épica. Me consta que Paco se lo ha pasado bomba (otro símil militar) investigando para este libro. A los amigos de una tertulia a la que no he acudido tanto como me hubiera gustado nos iba dando semana tras semana sus partes de guerra: una visita a unas derruidas casamatas, el trasiego por cerros o campiñas... un trabajo de campo que en este caso ha sido de campos de batalla. Me ha recordado en ello a un personaje de Laurence Sterne: el entrañable tío Toby de Tristram Shandy, siempre recreando complejas acciones militares en una reproducción a escala de campos de batalla, con sus fortificaciones y armamento.

Este libro es como un gran diorama desplegable de soldaditos de plomo. Y a eso se limita el metal, a ser soporte de miniadas casacas rojas o uniformes azules, pues La guerra del gabacho no es un libro plúmbeo en absoluto. Ameno, entretenido, además de instructivo, pertenece a un tipo de libro que en España escasea. Más se diría que ha sido traducido de alguno de los que forman en las secciones de historia militar de las buenas librerías británicas, por ejemplo en Hatchards, en Piccadilly, que ya existía bastante antes de que a Napoleón se le ocurriera poner un pie en España. Pero si traducción fuera, habría que convenir que merecería el Premio Nacional de Traducción, tan bien escrito está. Ya lo dije, Francisco Núñez Roldán no es historiador, sino eso bien diferente: escritor que sabe contar una buena historia.


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