martes, 18 de marzo de 2008

Las versiones de un poeta

Si es casi perogrullada afirmar, por palmario, que son varios los posibles acercamientos a un texto poético de cara a su traducción, muchas veces el más fructífero y estimulante en lo literario es el de la versión libre, que si es realizada por un verdadero poeta nunca defrauda por más que el resultado —nueva y alta poesía— a menudo ya no sea propiamente traducción, sino adaptación o reescritura.
Son numerosos los ejemplos aducibles, pero para ceñirnos a unas letras, las inglesas, en que esto ha sido frecuente, cómo no recordar a John Dryden, quien tradujo a Homero, Horacio, Ovidio, Virgilio, Juvenal, Lucrecio y Persio, y cuyas versiones figuran entre las mejores páginas de su propia producción, en raro equilibrio de fidelidad y belleza. Según Dryden, que también publicó adaptaciones de autores de su idioma como Shakespeare y el más lejano Chaucer, y que dedicó bastantes páginas a la teoría de la traducción desde su propia práctica, entre sus compatriotas y más o menos contemporáneos, y distinguiendo tres tipos, la traslación ceñida al texto habría que verla en el Arte de la poesía de Horacio puesto en inglés por Ben Jonson; quien para él mejor cultivó la paráfrasis, esa otra posibilidad, entre los poetas de su tiempo, fue Waller, quien lo hizo con el libro cuarto de la Eneida; finalmente, en punto a libertad, y siempre siguiendo a Dryden, la palma se la llevaría el hoy más olvidado Cowley al verter a su lengua dos odas pindáricas y otra de Horacio. No sabemos qué opinión le merecerían las versiones de Pope de la Ilíada (que también Schlegel puso en alemán) y de la Odisea, tan populares entre los poetas posteriores pero paradigmas para muchos de traducción libérrima hasta el punto de que sobre su versificación en pareados de las aventuras de Ulises alguien llegó a decir: “Es un hermoso poema, señor Pope, pero no diga que es de Homero”.
En Hours of Idleness, Byron incluyó versiones de Catulo, Anacreonte y Virgilio. Tiempo después, Fitzgerald tradujo, además de su merecidamente célebre Omar Jayyam, seis obras de Calderón con el mismo espíritu de adaptación libre. Y entre los postrománticos, Dante Gabriel Rossetti publicó The Early Italian Poets (después revisado como Dante and His Circle), mientras que Elizabeth Barrett Browning dio un paso más, otra vuelta de tuerca, con sus Sonnets from the Portuguese al pretender que era traducción lo que sólo de ella había nacido. Otra adaptación, plagio o falsificación que causó furor en toda Europa fue la de los poemas ossiánicos de Macpherson, cuya versión contribuyó en el país del Rhin a acentuar las cuitas del pobre Werther, y como en carrera de relevos de lenguas traducidas —supuestamente del gaélico al inglés, y de éste al alemán, y de él a todas las lenguas cultas de Occidente— acabó con el eco de la detonación del disparo —no en la salida, sino en la prematura meta— con el que cada suicida tradujo, trajo, vertiendo sangre, tanto arrebatado romanticismo a una sien, a la boca, al corazón.
En tiempos más recientes, Ezra Pound firmaría como suyas adaptaciones de poetas provenzales y chinos y una muy libre muestra de Propercio, así como un descristianizado poema en inglés antiguo, “El navegante”, una suerte de cruz a la que limándola en su extremo aguzó hasta convertir en espada. Robert Lowell haría algo parecido con otros poetas en Imitations, y Auden llevaría al inglés viejas composiciones islandesas. Por su parte, Eliot “tradujo” aromas del teatro inglés del XVII a burlonas canciones suyas contemporáneas de The Waste Land, y aún están frescas de tinta las celebradas versiones de Ted Hughes de muchos de los pasajes de las Metamorfosis, y la de su amigo Seamus Heaney del poema fundacional de la literatura inglesa: Beowulf, con la que ha obtenido el prestigioso premio Whitbread en la modalidad de traducción.
Viene todo esto a cuento de Material imperecedero, que reúne la poesía de José Luis García Martín hasta la fecha. Aunque el autor de este libro —no es el caso— hubiese tenido por baldón y oficio emborronar imprentas con la negra tinta de majaderías sin cuento; agrupar estólidos poetas en lamentables antologías desapercibidas; aburrir con las confidencias e interioridades del mundillo literario que por sus diarios asoma, a veces como cabeza por la guillotina; aunque García Martín, en suma, no hubiese publicado una línea fuera de éstas que conforman su poesía reunida, y sus críticas no fueran seguidas con atención por muchos de los —pocos— lectores de poesía, aun así su nombre habría que escribirlo sin duda, y para pesar de algunos, con veneración y mayúsculas en la historia de la lírica española del final del siglo XX. ¿Demasiado encomio? Júzguese este mérito: Material perecedero es un tomo que como en otros casos de poesías completas no sólo justifica la vida del autor para sí mismo, sino que, para el lector —seamos egoístas— hace mejor el rato que lo lee: más rico y prolongado aún en ese segundo tiempo que la memoria quiere retenerlo, que en el caso de no pocos poemas es mucho e intenso. Unas decenas de poemas absolutamente memorables bien pueden aspirar a ese mérito, y en ellos destaca, sobre todas, una marcada tendencia a la apropiación de textos ajenos.
El concepto de versión de García Martín es doble: de un lado, están sus recreaciones de mitos (el magnífico poema “Ifigenia”, o “Dido y Eneas” o “Nausica”), estilos, maneras, dejos (como las falsificaciones que componen Muestrario, donde siguiendo una tradición antiquísima se ofrecen textos “al modo de”). De otro, ya claramente, las traslaciones más o menos libres de poemas ajenos. En ambos casos, su palabra brilla —deslumbra— y raya a una altura a la que muy pocos llegan. En la mayoría de los casos hay que hablar más bien de adaptaciones; por eso cuando en una página de su libro de diarios Dicho y hecho se hace eco de las críticas que recibió por una incursión suya en el teatro, dice: “Se me reprocha haberle sido infiel a Eurípides (ni siquiera en eso soy original: muchos siglos hace que le traicionó Séneca)”. También por eso admira al gran plagiador que fue Shakespeare, y en cada página, sin declararlo, parece tener presente la célebre frase de John Keats: “Un poeta es lo menos poético de cuanto existe: no tiene identidad”. Es decir, presta su voz a voces distintas.
A García Martín no le asusta la acusación de plagio, y desarma lo que de más peyorativo tiene esta palabra dejándola en un bonancible sinónimo de “ejercicio a partir de”, “imitación”, “homenaje” o “reelaboración”. Así, no es sólo en su proteico libro El taller de la memoria (anteriormente titulado Trasluz y luego La Biblioteca de Alejandría) donde concentra sus traducciones, ya metabolizadas en poesía propia, sino que a lo largo de casi todos los otros títulos que, piedra sobre piedra, componen este impresionante palacio de cámaras que se comunican, lleno de ventanas y espejos, es constante la recurrencia a otras voces que imposta como suyas.
No siempre emplea García Martín la cursiva o las preceptivas comillas para marcar las partes de un discurso que no le corresponde. Muy a menudo, como en “Homenaje a Sandro Penna” (autor del que García Martín, como un pintor espurio, presume haber hecho y publicado la falsificación de un poema), se nos dan imitaciones y textos apócrifos. Volvamos a Dicho y hecho, donde el poeta afincado en Asturias había escrito: “¿Traducción, recreación, plagio? No sabría decir. Lo que parece claro es que soy un poeta de inspiración libresca, casi siempre mis poemas necesitan el pretexto del texto ajeno. Pero luego, en la mayor parte de los casos, pueden prescindir perfectamente de esas líneas auxiliares que les sirvieron de punto de partida”. Eso sucede en “Un secreto”, un poema de Principios y finales, su último poemario independiente hasta la fecha, pero también en composiciones de El taller de la memoria, libro que al recoger traducciones tal vez se esperara de él que fuese más fiel, eso que a menudo es quimera en el amor y no digamos ya en la literatura. Claros ejemplos de la fértil y creativa desviación de García Martín de sus fuentes son, por ejemplo, los poemas “Un susurro”, que sólo conserva de Emily Brontë los primeros versos y después huella terrenos que sólo están en la imaginación del poeta, o “La voz”, que, si bien es guante que se ciñe perfectamente a la mano de Thomas Hardy, hace tocar a éste en el viejo laúd de la nostalgia —como las zapatillas rojas de ballet de un cuento hacían bailar con vida propia a los pies que las calzaban— una melodía más intensa y hermosa que la que la desnuda mano del escritor inglés conocía. Las apropiaciones de García Martín tienen numerosos orígenes: así, el poema “Fragmento de un poema anónimo irlandés” procede de unas estrofas atribuidas a San Cellach recogidas en el Libro del Deán de Lismore traducidas por Marià Manent; las versiones de poetas helénicos y chinos, de traducciones a diferentes idiomas convenientemente embellecidas, depuradas; las de poetas que escribieron en lenguas que nuestro autor domina, de sus propias traslaciones, elaboradas y reelaboradas hasta constituir poemas que funcionan por sí mismos.
Fuera de El taller de la memoria, el autor ha dejado traducciones más fieles —es decir, menos suyas— de poetas en portugués como de Andrade y Pessoa, u otras que sí incluyó en Poesía inglesa del siglo XX, una particular antología de traducciones de poetas realizadas por poetas en la que se hizo acompañar por Gil de Biedma y Miguel d’Ors, Luis Antonio de Villena y Justo Navarro. A “Silva de varia lección”, el prólogo de aquel volumen, deberá dirigirse el lector interesado en más sabrosos comentarios sobre el gran subgénero de las versiones poéticas.
La opción de García Martín de tejer con mimbres muchas veces ajenos la rica cestería de su obra alberga sin duda sus riesgos, frutos que no todos los paladares apreciarán por igual: uno de ellos es el de recibir el sambenito de ayuno de imaginación o de depender de un culturalismo vacío, algo de lo que lo acusaba recientemente alguien que pasa por crítico. Y sin embargo, a tenor de los resultados cabe decir que el poeta se encuadra en esa tradición a la que se aludía al comienzo de esta ya larga reseña, y que —el lector puede juzgar— sus versiones de Li Po no desmerecen, por citar unas egregias, de las que Pound publicó en Cathay.
Por supuesto que el valor de la poesía de José Luis García Martín no se agota sólo en sus traducciones, versiones o recreaciones, pero se puede decir, dejando ahora otros ángulos de los que también merecería la pena ocuparse, que en todas ellas ha desbrozado un camino que en nuestra poesía estaba casi virgen. Es la originalidad de no querer serlo. Artísticas traslaciones había muchas y por mano de excelentes poetas como Cernuda o JRJ, Guillén o Leopoldo Panero, por citar a unos pocos; pero la integración de imitaciones y adaptaciones en la propia obra era raro y algo que, entre los coetáneos de García Martín, sólo han hecho Luis Alberto de Cuenca (véase su magnífico “Gudrúnarkvida” de El otro sueño, basado en uno de los cantares del Edda Mayor) y muy pocos más. Un alto honor le corresponde al autor de un libro de título tan irónico como Material perecedero: Robert Herrick es poeta que dormiría entre nosotros en el olvido si no nos llegara rescatado y vivísimo —es decir, con la vejez y sabiduría con las que compuso lo más grande de su obra— en versos tan inolvidables como éstos, casi de hermosa canción: “A que me ames mucho poco tiempo, / prefiero que me quieras sólo un poco, / pero nunca te canses de quererme.” Uno nunca se cansa de leer y querer estos poemas de García Martín —y de Donne, y de Seifert, y Lu Yu—, y ya también, gracias a él, para siempre nuestros.


Publicado en Años, libros, vida: Bibliografía comentada de José Luis García Martín, Marcos Tramón, Llibros del Pexe, Gijón, 2005.

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