sábado, 8 de marzo de 2008

Más allá de las metáforas

Hay un hombre triste con una corbata de colores intensos que mira hacia su derecha a su colección de espadas: no son las más antiguas de su colección —de éstas se desprendió para adquirir arte moderno, él que no era rico, pero que lo entendió como muy pocos—. El hombre de la fotografía tiene la tristeza absoluta y pura de los que saben cosas terribles. Tristeza, sí; no puede hablarse en él de melancolía ni de nostalgias —de qué— ni saudades —de dónde—. No añora un cuándo; simplemente siente una gran tristeza por su alma, perdida en el siglo X o durante la edad de las migraciones, en Cartago o en la Barcelona gótica, desde su ser de carne que contempla el metal o desde esa herida producida por el hueco dejado por el cuerpo de Rosemary Forsyth yendo de Brabante a las estrellas.
El metal de sus ojos es de esa aleación secreta ante la cual aun las mejores forjas palidecen, y su filo es temible sobre todo si se piensa, con un escalofrío, que parte en dos su centro. El demonio de la fotografía es una espada más entre esa colección imposible: Schoenberg, una alambicada estrofa de rimas internas, Poe, espacios en blanco entre los versos que, tal vez bajo los efectos de la radiación que su corbata despide, van mutando y van a dar en plegarias, epitafios de los albores del románico, endecasílabos que recogen todo el simbolismo de las tonalidades.
Simbolismo. Nuestro ángel, entre sus espadas desnudas, vive y muere significados que alientan en todo, y el conocimiento puede ser tan opresivo que algo en él quiere rebelarse y ser sólo hombre o grafito o cobalto. El ser que vigila en la fotografía es una figura en un aguafuerte, lacerada por el ácido que ella misma destila, que se corroe en una alquimia que lo abrasa. Del dolor de las correspondencias que percibe, un libro ya mítico entre los iniciados, un título que ahora se reedita.
Juan Eduardo Cirlot publicó su Diccionario de símbolos tradicionales en 1958, y en sucesivas ediciones lo fue ampliando, ya con el más lacónico título de Diccionario de símbolos, hasta convertirlo, puede que quizás sobre todo en su versión en inglés, en la obra de referencia obligada en la materia, única en su planteamiento, amplitud y profundidad. Hay trabajos que en su disciplina son cumbres. Éste que lo es tanto como sima —tal bucea, como Beowulf en la laguna, para luchar con sus monstruos— ahora es reeditado por la exquisita en todos los aspectos editorial Siruela, que lo acrecienta con entradas y artículos ausentes de las ediciones españolas de Labor.
Para dar idea del alcance inusitado de la obra, puede bastar con el hecho comprobable de que en la persona de Cirlot coinciden como en muy, muy pocos, las facetas de agudo escrutinador de las vanguardias, la de reputado e innovador crítico de arte, la de frecuentador de símbolos en una relación avalada por la Tradición de discípulo-maestro (léase el gran y misterioso Marius Schneider y él mismo), y por último, aunque no en menor grado de importancia, su identidad de poeta, con la capacidad que ello conlleva de dar una ordenación analógica, mágica, sugerente, a la intuida sintaxis de los símbolos. Ya en el prólogo, Cirlot se hace eco de René Guénon y con él dice que “el simbolismo es una ciencia exacta y no una libre ensoñación en la que las fantasías individuales puedan tener libre curso”. Siguen páginas introductorias de gran calado, a las que soportan vastas lecturas, como sucede con las diferentes voces o entradas (gárgola, dragón, mandorla, ojo...) que en su conjunto componen como un gran lienzo de El Bosco. El autor no sólo ha leído sino que ha asimilado los estudios de Frazer, Eliade o Jung, llegando más lejos que ellos, si no en erudición, sí en la asunción de todo ese saber en su propia vida y obra: ahí está el monumental ciclo Bronwyn para demostrarlo.
Quien interesado por la simbología acuda a este libro de Cirlot y se sienta atraído por el autor, hará bien en conseguir por todos los medios a su alcance el catálogo de la exposición que sobre él organizó a finales de 1996 el IVAM. En esa otra joya bibliográfica, Mundo de Juan Eduardo Cirlot, hallará numerosas plasmaciones de su bagaje simbólico en escritos sobre pintura, música y poesía, entre los cuales está el ensayo “Simbolismo fonético”, una de tantas cristalizaciones de su visión, muy acertadamente incorporado, hoy, a esta edición del Diccionario.

Publicado en La Mirada, 147 (El Correo de Andalucía, 30-1-98



2 comentarios:

José María JURADO dijo...

¡Qué buena la labor de Siruela con Cirlot! El Browyn en "naranja" me dio la oportunidad de vivir esta poesía fragmentada en antologías en único tomo -tengo este ciclo como una cima lírica de nuestro idioma, y digo idioma por los hallazgos sintácticos, semánticos fonéticos-, tengo el diccionario de símbolos (morado) y me falta (algún día me lo regalo) el azul de la poesía. Gracias por el artículo. Veo que los cirlotianos vamos siendo legión o al menos happy few.

Antonio Rivero Taravillo dijo...

Cirlot es excepcional en todos los sentidos. Me alegra que compartamos el deslumbramiento por su obra. Cuando te regales En la llama te recorrerá un escalofrío al leer Donde las lilas crecen. Bellísimo.