sábado, 8 de marzo de 2008

Paseos por Manhattan con un pie helado (II)


La Biblioteca y el aledaño parque están a sólo seis manzanas del Empire State Building. De éste recuerdo el hall de mármol algo avejentado que hace que uno se sienta en el interior de un amplio mausoleo; el bajorrelieve metálico con la silueta del edificio, con su cabeza de la que surgen potencias, como si de un dios de la Era Moderna se tratase; el billete para subir a la cima, un cartoncillo como de entrada de cine o billete de metro, muy en consonancia con el sabor a película del Empire (de King Kong a Algo para recordar) o con los largos trayectos por galerías y elevadores; recuerdo también los atestados ascensores, los tramos de la cola interminable, la brisa fresca, helada, de la altura. A diferencia de las Torres Gemelas, donde el aire quedaba velado por unas cristaleras, el Empire State permite al visitante estar casi volando, tras férreas barandillas, directamente bajo la bóveda del cielo. Empire rima con spire, aguja, y el edificio la tiene, laica torre de catedral hodierna. Poca gente sabe que este unicornio de piedra, el Empire, fue predecesor de las Torres Gemelas no sólo en lo que a la construcción se refiere. En algún sitio he leído que en 1945 un avión de la Fuerza Aérea Estadounidense se estrelló a causa de la densa niebla entre los pisos 78 y 79. El edificio aguantó y apenas pasaron de la docena los muertos. Nada que ver con los choques de los otros aviones contra el World Trade Center.

De éste, de las Torres Gemelas, guardo una experiencia más anodina, en la cual sobresale un momento de ligera angustia (menos mal que no soy claustrofóbico ni supersticioso) cuando el amplio ascensor de la Torre 2 en el que viajábamos más de veinte personas se detuvo por una breve avería en la planta 13. Ji, Ji, bromas (a las que son tan dados lo estadounidenses), algún disimulado sudor frío, abierto alivio al reanudarse la subida un minuto después. Mal agüero, en cualquier caso.

La mañana del 1 de enero, cuando aún la ciudad luchaba con su resaca, cogimos un taxi hasta Battery Park y enfilamos el camino hasta la Estatua de la Libertad, abordando el primer ferry de la mañana, del día, del año, del siglo, del milenio. Por las aguas casi heladas de la Bahía de Hudson fuimos creando la nieve artificial y efímera de la espuma que dejábamos atrás, para encontrarnos luego, en la isla, de nuevo la auténtica, echada a los lados del sendero. La cola que tuvimos que guardar, observados por vigilantes del servicio de Parques Nacionales (con sólo sus doce acres, la isla lo es con su monumento,) fue bastante corta, y en seguida pegaron la hebra con nosotros un padre y una hija que venían de Tennessee. Si no me equivoco, no llegamos a ascender a la corona, cerrada por motivos de seguridad, y lo máximo que llegamos a subir fue a lo alto del pedestal de casi treinta metros. Si no es excesiva altura, al menos, por hallarnos en un islote, la vista era pródiga y se extendía, sin un rascacielos que tapara el panorama, por la silueta de Manhattan, hoy bien distinta. Al regreso, el barco se detuvo en Ellis Island, puerta de América para tantos emigrantes, hoy convertida en museo. No bajamos, quizá porque el lugar no suscita en nosotros las evocaciones que despierta en judíos, irlandeses o italianos, cuyos antepasados fueron arribando a lo largo del siglo XIX o el XX.


(Continuará)

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