sábado, 8 de marzo de 2008

Paseos por Manhattan con un pie helado (I)



¿Cómo va a caber Nueva York en un artículo de tres páginas, y ni siquiera Manhattan, que es sólo uno de los distritos en que se divide la urbe, la gran urbe? Por eso, porque no es posible ahormarla en ese espacio, ahora que dos amigas están a punto de coger el avión para pasar en ella una semana, uno, rumiando su melancolía, recuerda con más detalle su paso por la ciudad, excavando en la memoria para recuperar diamantes o, tamizando el río que nunca deja de fluir, para hallar pepitas olvidadas. Procuraré traicionar a mi laconismo y extenderme algo más sobre ella.

En la Quinta Avenida (a un periodista ignaro oía decir el otro día Avenida de Fifth), y entre las calles 42 y 40, se asoma a mi recuerdo la gran masa neoclásica, entreverada de art-dèco con toques egipcios, de la New York Public Library. Biblioteca local (aunque no municipal, sino en manos privadas), es la envidia de muchas bibliotecas nacionales. Recuerdo de ella la escalinata y los leones que prefiguran a los de una película de Disney, la enorme sala de lectura, las varias de exposiciones, un lujo que no es sólo exterior (por dentro y fuera), sino que se corresponde plenamente con el tesoro de sus fondos. Y en numerosas lenguas.

Es curioso y sorprendente. Hará un año que no dispongo de ejemplares de mi primer libro de poesía, después de haber regalado el último que me quedaba a alguien que no sólo no lo habrá leído sino que me ha dejado huérfano de él. Era un título de despedida, y en inglés arcaizante, Farewell to Poesy. Y ahora, curioseando en el catálogo de la Biblioteca Pública de Nueva York hallo que el libro ausente de mis estanterías está allí sin embargo. O más bien en New Jersey, donde acomoda los fondos menos frecuentemente consultados la biblioteca. Pienso en mi fino volumen de versos, al abrigo en ese hangar o silo interminable, haciendo guardia hasta que alguien, seguramente por error, lo solicite. ¡Qué escalofrío!

Es una biblioteca muy dinámica y activa, la NYPL. Cuando esto escribo alberga varias exposiciones temporales, de entre las que me llama particularmente la atención “Beatific Soul: Jack Kerouac on the Road”, una muestra del genio asilvestrado del autor de Los vagabundos del dharma. No tiene mucha antigüedad (algo más de un siglo) la biblioteca, que procede de la unión de esfuerzos de otras dos anteriores, una de las cuales fue fundada por el magnate John Jacob Astor, que pasa de puntillas por la primera página de Bartleby el escribiente, de Melville.

Un contemporáneo de éste, el poeta William Cullen Bryant, da nombre al parque que se extiende a sus espaldas, una cenefa de árboles que rodean un prado donde al mediodía concurren los oficinistas caídos de sus rascacielos a la serenidad del verde. Fue Bryant, autor de “Himno del bosque” o “Las praderas”, un gran cantor de la naturaleza desde posiciones que lindaban con el panteísmo. Cuando estuve allí aún no había traducido yo una muestra de los primeros poetas norteamericanos, entre los cuales, claro, Bryant ocupa un importante puesto, por más que apenas sea conocido fuera de su país. No me resisto a copiar aquí algunos versos suyos, en los que alienta ese amor por los espacios abiertos, tan difíciles de hallar en Manhattan fuera de Central Park:

Estos son los jardines del Desierto,

los campos sin segar, ilimitados

y hermosos, que la lengua de Inglaterra

no ha sabido nombrar: son las Praderas.

Por vez primera ahora las contemplo

y mi corazón se hinche, y la mirada

guarda la vastedad que me rodea.

¡Cómo se extienden amplias, ondulándose,

cual si Océano, con olas sosegadas,

quedara quieto, exánimes sus crestas

e inmóvil para siempre! ¿Inmóvil, digo?

No, libre otra vez, mientras las nubes

las surcan con sus sombras y, debajo,

rueda la superficie fluctuando;

oscuras hondonadas se deslizan

en pos de las cadenas soleadas.

Las cadenas montañosas a las que se refiere Bryant en la última línea de la cita (el poema continúa bastantes versos más) son hoy los apiñados rascacielos, que se alzan a unos pasos de su estatua o los cercanos monumentos erigidos a Goethe o a Gertrud Stein, ésta sedente.


(Continuará)

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