domingo, 9 de marzo de 2008

Paseos por Manhattan con un pie helado (y III)


Otra tarde, andando como casi siempre nos movimos por Nueva York, fuimos a visitar la restaurada Grand Central Terminal, la mítica estación de ferrocarriles. Como ya había anochecido, no sorprendimos la luz que se filtra por sus enormes ventanales rectangulares y sus claraboyas, pero la impresión fue igualmente magnífica, y por la hora pudimos apreciar mejor el techo en que están prendidas las constelaciones sobre la gran sala de espera en la que no hay un banco. En ella, un quiosco circular destinado a la venta de billetes bajo un reloj de cuatro caras opalino, y bajo la misma un intrincado mundo de bóvedas y criptas con puestos de prensa, tiendas, bares, restaurantes como el Oyster Bar, que avanza a su centenario, todo comunicado con el gran vestíbulo mediante rampas y pasadizos. No le vimos ese carácter torvo que a veces se adhiere como el hollín a las estaciones.

Manhattan arriba, conforme va subiendo la numeración en la cuadrícula de las calles, nos detuvimos en el Edificio Dakota, donde se rodó La semilla del diablo y vivió –y murió, asesinado a sus puertas– John Lennon, que ocupó un séptimo piso de este inmueble de la calle 72 con West Central Park Avenue. Subiendo más, pasamos por la fachada de lo que fue el cine Thalia, en Broadway con la 95, al que iban a ver películas menos comerciales Pedro Salinas y Jorge Guillén, en sus respectivas estancias en la ciudad, y que Woody Allen saca en Annie Hall. Más arriba aún, el mazacote neogótico de San Juan el Divino, y la Universidad de Columbia, donde Federico García Lorca trató en vano de aprender inglés pero a cambio se deleitó con el jazz, y esa música sincopada le ayudó a soltarse con el verso predominantemente libre de Poeta en Nueva York. Ahí al lado está Harlem. “Negros, Negros, Negros, Negros”, dijo Lorca. Y eso, negros que van a sus peluquerías, cargados de bolsas de la compra y de collares de oro o de pobreza, ostentosos y humildes, es lo que se ve por todas estas calles que enmarcan el extremo meridional de Central Park. Aquí dimiten ya los rascacielos, y las calles adoptan nombres afroamericanos, como Dr Martin Luther King Jr Boulevard (el tramo intermedio de la calle 125), Frederick Douglas Boulevard o Malcolm X Boulevard. Los comercios desvencijados, muchas ventanas tapiadas y solares sugieren que lo mejor es volver.

Para barrios étnicos, uno prefiere Chinatown o Little Italy, en el Downtown. Entrar en el reino del jengibre en las calles Mott, Pell, Mosco o Doyers. O en el de la pasta fresca en lo que queda de la Pequeña Italia, una pizza a la que cada vez van quitando más porciones. No es raro ver en buena vecindad ambos barrios (como homenaje a los viajes de Marco Polo), pero lo cierto es que, como reflejo de lo que sucede en todas partes, los chinos se han ido extendiendo por doquier, en este caso a costa de los italianos.

De tanto caminar por la Gran Manzana tras la nevada, y por hacerlo con botas manifiestamente mejorables, me entró agua –agujas de hielo- en el calcetín, y pronto el pie derecho, y su dedo más vulnerable por exterior e infante, el meñique, empezó a mostrar síntomas de congelación. Cuando regresaba al hotel sometía al dolorido apéndice a la amistad del radiador, pero en vano. El frío, el hielo, y hasta el Hombre de las Nieves se me habían metido dentro abultándolo, amoratándolo, curándolo: el dedito empezó a adquirir visos de, si no un jamón, un morconcito en miniatura, una salchichita que, ay; ¿habría que amputar?

Era cosa triste lo que me sucedía, muy desazonadora: resultaba que al andar a la intemperie apenas me dolía, de tan insensible que se había tornado. ¿Tornado? ¡Qué fríos vientos los de NY en enero, de la que parecen haberse volado la mayoría de sus letras! Pero cuando entraba en un café o en un deli, cuando soltaba el abrigo en la consigna de la Frick Collection o del Guggenheim, el dedo decía aquí estoy yo, y me traía, parvo como era, un dolor enorme, y queriendo moverse para no sucumbir a la congelación definitiva se me encrespaba dentro de la bota y me señalaba diciendo: ¡Tú eres el culpable! No lo veía, pero estoy seguro de que era así, por la forma en que arañaba –qué duro es un témpano– la piel de la bota.

Al borde de la necrosis, el dedo viajó incorporado a mi cuerpo, y no hubo que facturarlo en el viaje de regreso. Menos mal: no me apetecía declararlo en la aduana.