martes, 18 de marzo de 2008

Una fidelidad a la poesía


Existía una edición cercenada de este libro publicada en la editorial Ínsula en 1961. Comparándola con aquélla, esta que ahora hace su primera salida completa es mucho más reveladora en una proporción que supera con creces a la del número de nuevas páginas que incorpora, pues muchos de los asuntos que decidió silenciar el artífice de la de hace más de tres décadas, Ricardo Gullón, son tan interesantísimos y curiosos, incluso en la aparente monotonía del día a día, que hacen de este Juan Ramón de viva voz (hermoso título que aportó Ramón Gaya) un monumento indispensable para conocer una parte de nuestra mejor literatura del siglo.
Juan Ramón lo mismo se descuelga con opiniones estéticas sobre las fases que atraviesa todo creador que se pierde en los meandros de su crítica a poetas que le van decepcionando, o como una lechera de Moguer —ordeñadora (y ordenadora) de incontables cubos de blancas y cremosas páginas, que va trasvasando incesantemente de unos a otros— hace cábalas de lo que costará la impresión de tal libro, su encuadernación y tirada, lo que rentará, la comisión a librerías o distribuidores... Por momentos causa angustia, sobre todo en el periodo 1930-1931, la cantidad de veces que cambia de idea sobre la edición de sus obras y el modo en que esto ha de hacerse, proyecto que adopta una nueva planta cada día y a la que Guerrero Ruiz asiente, invariablemente conforme, como un neófito embargado por la emoción de que sólo para él estén abiertas siempre las jambas de ese sancta sanctorum de la poesía. Con minuciosidad de escriba va llevando a su diario las confidencias y misterios en los que le va iniciando, oralmente, como era común en las tradiciones antiguas, ese gran sacerdote de sí mismo, Juan Ramón Jiménez.
Boswell escribió una célebre vida del Doctor Johnson, Eckermann hizo lo propio con Goethe, y Juan Guerrero, a su manera, hizo lo mismo y diversamente con Juan Ramón Jiménez. Pues no se trata su libro de una biografía al uso, sino la fresca y espontánea consignación, en largas temporadas diariamente, de las conversaciones mantenidas con el poeta, reflejando las opiniones de éste, sus admiraciones y sus fobias, los cambios de ánimo. Guerrero es barómetro y termómetro, le toma la tensión y lo ausculta, y por él le oímos decir treinta y tres veces, todas distintas, cómo piensa dar el futuro Nobel su obra, algo que tratándose de J.R.J. es sumamente esclarecedor y apasionante. Como una de esas cámaras que por internet dan dinámicamente un paisaje, muestra un retrato al minuto del evolucionante cielo juanramoniano. Asistimos a sus inseguridades —o más bien a la sucesión constante de certezas que van mudando en otras nuevas, proteicas— y a sus obsesiones con la pulcritud de la tipografía, las erratas, los desaires de Salinas, los errores en que cree sorprender a Ortega, y los desencuentros que harían escribir a Luis Cernuda en 1958 sobre un Jiménez escindido en denostador y guía, que según el autor de La realidad y el deseo —también él mismo perito en intratabilidad y carácter difícil, o al menos ésa es también su leyenda— fue cada vez más señor Hyde que doctor Jekyll. De todo hubo, y aquí se ve fielmente. En una ocasión, cuando el más que roce con Bergamín en 1930, Guerrero, como sin apercibirse de ello, adopta el distanciamiento de un secretario de juzgado, y hasta llega a hablar de sí mismo ¡en tercera persona!
No habrá diarios menos narcisistas que éstos, pues sólo el autor asoma en tanto que tiene algo que referirnos sobre el verdadero protagonista: el poeta al que admira y del que se hace confidente y secretario, amigo y colaborador en proyectos, ideas, sueños. Hay mucho de sacrificado y bastante de heroico en este Juan Guerrero que, tocado por el gusto de la poesía, no se dedica a emborronar cuadernos con versos para los que quizá no estuviera dotado, sino que se pone al servicio de una voz que reconoce como la más alta en nuestra lírica, y muy orientalmente llega casi a anularse para que crezcan en él las enseñanzas y la obra de su maestro. En las densas páginas de este volumen y del que como segunda parte se anuncia para la primavera, vemos una sola y triple fidelidad a la Poesía: la de J.R.J. primero y sobre todas, pero también la de la discreta y en segundo plano Zenobia, a cuyo noviazgo y matrimonio con el poeta asistimos, siempre atenta procuradora de la paz de su esposo, y la del escudero —buen vasallo que hubo buen señor— de nuestro neurasténico y genial hidalgo cuerdo de Moguer. Manuel Ruiz-Funes, con su ajustada introducción y sus pertinentes notas, también se obliga en su fidelidad al texto de Guerrero.



Publicado en La Mirada, El Correo de Andalucía, 4-10-99

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