domingo, 23 de marzo de 2008

Una golondrina


Se acaba de publicar el decimoquinto tomo de Salón de pasos perdidos, el ciclo diarístico-novelesco de Andrés Trapiello. No me ocuparé ahora de esta más reciente entrega, La manía; creo que ya no tengo mucho que añadir a lo que al respecto he escrito otras veces. El siguiente artículo se publicó en La mirada (El Correo de Andalucía, 11/13/99):



UNA GOLONDRINA



Una golondrina no hace verano. ¿Y qué, si es así? No deja de ser una frase que lleva en su pico una ramita de sabiduría, recuerdo de los presocráticos. Desde hace siete años ya, que es número también muy sapiencial y mágico, mis primaveras vienen marcadas por la lectura de los diarios de Andrés Trapiello. Son ya una cita concertada, como la del ave con la tierra y el cielo del estío, o incluso también la visita anhelada de la primavera. ¿Acaso no se llama así, “Primavera vieja”, uno de los poemas más melancólicos y románticos de Cernuda: “Ahora, al poniente morado de la tarde, / en flor ya los magnolios mojados de rocío, / pasar aquellas calles mientras crece / la luna por el aire será soñar despierto. // Bandos de golondrinas harán más vasto el cielo con su queja...”? Menos la primera entrega, que lo hizo por mayo, las siguientes llevan colofón de cuando acaba el año, en el invierno. Entonces es cuando terminan de imprimirse. Luego, como los pájaros que regresan con las estaciones, los libros empiezan a distribuirse y yo los compro como en marzo o así, cuando la primavera hace descorrer las cortinas del palacio invernal llenándonos la cabeza de pájaros, y aún los reservo unas semanas para cuando ya, definitivamente, llaman a la puerta abril y la Semana Santa, ese momento que no es tan sagrado por su asociación con la muerte de Cristo como por su vínculo con el regreso de la vida.
El gato encerrado, Locuras sin fundamento, El tejado de vidrio, Las nubes por dentro, Los caballeros del punto fijo, Las cosas más extrañas y Una caña que piensa tienen en común no sólo haber sido escritos por Andrés Trapiello, sino que, en lo que a mí me toca (y lo digo, contagiado del género, como si ésta fuese una página de mi diario), son las lecturas que siempre, desde hace más de un lustro, hago en una habitación junto al mar.
Yo a Trapiello llegué por la poesía: su nombre me sonaba cuando un amigo, Fernando Raya, me pasó un ejemplar de un anuario que editaba el Ministerio de Cultura y en el que se hacía repaso a lo más destacado en la creación literaria aparecida en España durante los doce meses anteriores. Debió de ser hacia 1988, y el poema de Trapiello se titulaba “E. D.”, por la poetisa americana Emily Dickinson; era muy breve, pero captaba como un pequeño frasco de perfume toda una esencia, el aroma de aquella rara mujer que sólo vivió para dejarnos casi dos mil poemas y que salvo un puñado dejó inéditos y temblorosos de un misterio que aún hoy conmueve. Me gustaron aquellos versos, y de ahí pasé a leer otros del autor.
Cuando la Universidad de Sevilla publicó mi traducción de una antología del Ezra Pound anterior a los Cantos, fui a llevarle un ejemplar a Abelardo Linares, el editor de algunos de los libros de poesía que más me habían emocionado en mi tardía carrera como lector de versos. No había cruzado nunca una palabra con él, y tras agradecerme el libro, me regaló uno de los que él había editado en Renacimiento. Yo esperaba que me alargara un ejemplar de alguno de sus dos únicos libros de poesía hasta entonces, Mitos o Sombras. Pero el volumen de color mostaza que puso en mis manos, áspero al tacto mas con una exquisita encuadernación, pareja con su tipografía, era de Andrés Trapiello, El mismo libro. Y Abelardo Linares lo mostraba como si se tratara del que mejor reputaba entre los suyos propios. Lo leí con gusto, a la par que me fui encontrando primero —luego, buscando ávidamente— artículos y reseñas suyas en periódicos y revistas, también los volúmenes compilatorios de su prosa. Y en esto llegó El gato encerrado, al que le abrimos un día la puerta de nuestra casa y que ahora ha traído consigo su numerosa prole, que no tiene visos de cesar.
El loco de su calle, las mañanas del Rastro, un poco de Solana por aquí, un mucho de Gaya en casi todas partes, viajes a dar lecturas o conferencias en provincias, otros al extranjero pero sin alejarse mucho de España, con su León, su Trujillo, el ominoso recuerdo de un Valladolid no propicio —ciudad impar, como repite siempre—, un lagar, unos hijos, una mujer cuyo nombre vela una M. mayúscula, unas imágenes impresionistas de Granada o una escena medieval y mágica en la Catedral de Santiago, hecha música en el pórtico de la Gloria, su emoción ante la película Los muertos, sus chivos —o bichos— expiatorios, a veces nombrados, otras sugeridos, entre conocidas figuras de la Cultura, esa antipática entelequia que Trapiello, como Juan Ramón Jiménez, preferiría ver sustituida por mayor cultivo de la educación...
Hago balance de estos años y veo que he leído ya más de 2.500 páginas de los diarios de Trapiello, más de 3.000 si tomamos por cierto que títulos como Mil por mil o Todo era nada pertenecen, como se afirma en las solapas de éstos, al ciclo narrativo del Salón de pasos perdidos. Que a no ser que Trapiello, inopinadamente, haya dejado de rellenar esos cuadernos de hule negro que utiliza para la labor, al día de hoy serán ya los tomos escritos no los que igualan al número de velas de un candelabro de siete brazos, sino al de los discípulos de Cristo o el de caballeros de la Tabla Redonda, pues deja que transcurran cinco años antes de dar a la imprenta sus anotaciones. Que con el porcentaje de derechos de autor que espero que el autor haya recibido, convenientemente guardado en una hucha, rota para la ocasión, ya debo de haberle invitado a un almuerzo en un restaurante no del todo modesto.
Como la golondrina, fiel en su retorno, el año que viene volveré a comprar el volumen siguiente de esta obra en marcha, que ya sé que se llevará tan enigmático título como Los hemisferios de Magdeburgo. Entonces le invitaré a Trapiello a café y puro. Un festín, como el de Lúculo, que me gustaría fuese interminable.

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