viernes, 4 de abril de 2008

Actualidad de Seda


Se ha estrenado una película que aún no he visto, adaptación de Seda, de Baricco. Y se da la casualidad de que el autor italiano ha estado esta semana en Sevilla. Es decir, dos pretextos para rescatar esta reseña:









LA REPETICIÓN EN POESÍA



Está ya traducido al español el libro de un joven turinés llamado Alessandro Baricco. La obra extraña a la que se debe su fama es un volumen de 124 páginas de letra más que regular, se titula Seda, y aunque aparece en una colección que declara ser “Panorama de narrativas”, Baricco ha escrito: “ésta no es una novela”.


¿Qué es lo que hace que Seda haya sido tan bien acogida por la crítica y el público, esos divorciados tan a menudo antipáticos el uno con el otro? Probablemente, el estilo, que son los ojos con los que vemos la historia. Y el estilo de este libro es sin duda poético, en un sentido en el que la palabra poético se desprende de su cáscara de oropeles y relumbrón verbal para ceñirse a lo que está en su meollo: concisión y dichtung acompañados de un sistema de correspondencias y paralelismos, repeticiones y estructuras, pautas.


Si la poesía es algo, es música de palabras: sólo decimos una verdad antigua al afirmar que en todas las culturas y épocas ha sido disposición de acentos a intervalos establecidos o armónicos, medida de versos que se suceden siguiendo un mismo patrón, engranaje de aliteraciones e identidades fónicas, períodos sintácticos que se reflejan en otros. Incluso al desviarse de la norma, el lenguaje poético crea sus nuevas repeticiones: un tipo de verso nuevo, una flamante estrofa, alambicados sistemas de rima interna. Y como posible excepción a ello, cuando el verso es el llamado libre, sólo podemos entender dos cosas: el fracaso e impericia de un autor para crear conforme a los principios sancionados por su tradición literaria, o bien el despliegue de nuevas equivalencias menos patentes pero presentes sin duda y que trabajan, como las manos del prestidigitador que escapan a la vista, para un efecto mágico de palabras armónicas. Uno de los poemas más hermosos de Neruda es “Barcarola”; tal vez citando sus primeros versos, con sus vaivenes que preludian otros y con sus recurrencias y variaciones que orquestan el poema, se vean mejor las cualidades de esta poesía:



Si solamente me tocaras el corazón,


si solamente pusieras tu boca en mi corazón,


tu fina boca, tus dientes,


si pusieras tu lengua como una flecha roja


(...)



Seda se acerca a este tipo genuino de verso libre, no tanto en el ritmo de sus líneas como en el efecto del conjunto. Las correspondencias en las que se basa la hacen prosa con determinación poética, como las concisas frases que cierran los primeros capítulos, como el acarreo de párrafos enteros de una parte a otra de la obra. Esos bloques idénticos que el autor ha arrastrado con su procesador de textos de una página a otra del documento, copiando y pegando, son, con la ayuda material de la informática, lo mismo que los estribillos de los poemas (hoy en desuso y limitados a las canciones), o equivalentes a las secuencias argumentales que se repiten en cuentos, fábulas e incluso chistes. En poesía —ese género que ronda Seda—, es frecuente. En otro lugar hemos mencionado los versos con los que se abre y cierra un conocido poema de San Columba: el primero dice “Mi mano está cansada de escribir”; dos estrofas después la variación hace que el mismo verso sea “Cansada está mi mano de escribir”. Esto fue muy frecuente en la poesía céltica medieval, y Joyce, en esa larga cinta de Moebius que es Finnegans Wake, emplea el mismo recurso.


En cuatro ocasiones, el autor de Seda refiere el viaje del protagonista desde el sur de Francia a una pequeña localidad del Japón; las palabras que utiliza son siempre las mismas y durante veinte líneas sólo se permite introducir variaciones en el nombre con el que “la gente del lugar” llamaba al Lago Baikal: una vez es “mar”, otra “el demonio”, una tercera “el último” y finalmente “el santo”. También los cuatro regresos de su viaje a Oriente son narrados con la misma sucesión de etapas, distancias, transportes. Una idea peregrina que traen estos párrafos: en la antigua poesía épica el relato de los acontecimientos venía salpicado de fórmulas (las llamadas “homéricas”, con sus equivalencias en otras literaturas), que eran epítetos repetidos en la diversidad de los versos. En la prosa de Seda, la narración de los viajes es en sí la fórmula, y sólo se permite una variación en el epíteto del Lago, espejo grande del lago junto a la aldea japonesa, del lago en la Francia meridional.


Seda, tan distinta, me ha recordado a Maquillaje, un libro excelente del desigual poeta que fue Pedro Casariego Córdoba, tres años mayor que Baricco y hoy ya muerto. Poema narrativo en el que no se sabe bien qué sucede, la acción se desarrolla en Hanoi. Repetidas rosas Max Krause, una bata de nanquín, buceadores, son leit-motiven que se repiten y combinan en Maquillaje, supliendo con la urdimbre de sus combinaciones la falta de rima, isosilabismo o sistema acentual. Tal vez la novela-poema y el poema-novela, decimonónica una y psicodélico el otro, compartan la misma música blanca y sutil de la que habla el autor de Seda.


Lo que el lector de Seda admira en ella, tanto como la misteriosa relación de amor fatal de su protagonista Hervé Joncour, es la calidad de una estructura poética que no necesita del verso pero que utiliza con sabiduría los principios de repetición y las virtutes elocutionis de éste. De Vikram Seth y Fonollosa se han publicado no hace mucho novelas en verso. La narración de Alessandro Baricco no está muy lejos de ellas.





Publicado en La mirada, 154 (El Correo de Andalucía, 20.3.98)

1 comentario:

Apostillas literarias dijo...

Lo que especialmente me gustó de Seda, es el erotismo que la puebla.