viernes, 25 de abril de 2008

El lunes por la tarde




UN POEMA DE UILEAM ROS

TRADUCCIÓN Y NOTA DE ANTONIO RIVERO TARAVILLO


Hace años, yo supe gaélico. El escocés, quiero decir, porque el de Irlanda aún no lo he olvidado. Hoy me cuesta trabajo leer en aquella lengua que comencé a aprender el verano que estudié en Edimburgo, en el que, en singular corrimiento de tierras, las Tierras Altas de allí viajaron por mi corazón enajenado y visité alguna de las islas occidentales de Escocia a la zaga de los señores Samuel Johnson y James Boswell.

Yo no sé cuántos poemas traduje ese y los años sucesivos con mi amiga Catriona Zoltowska. De entre aquella colección agavillada con la frecuentación del grueso diccionario de Dwelly y de volúmenes de la Gaelic Texts Society de Inverness rescato hoy este poema que permanecía inédito. A diferencia de tantos otros vertidos al alimón, éste lo traduje yo solo en la isla de mi cuarto y al pie de su castillo de librotes propios y prestados, acarreados en un avión de la British Caledonian por mí mismo o tomados de la biblioteca impresionante y pantagruélica de Catriona.

Uileam Ros murió de tuberculosis, como Keats, antes de cumplir los treinta años, en 1791. Había nacido en la isla de Skye. Este poema es un ejemplo de la tradición del sueño visionario, tan cara a los poetas gaélicos de Irlanda y Escocia. Podría aportar aquí, en bilingüe, su texto original, pero ¿a quién le aprovecharía el trabalenguas?


EL LUNES POR LA TARDE


El lunes por la tarde iba de ronda

cuando oí un son que no me fue desagradable,

una música de cuerdas, armónica, clara,

sobre la cual se alzaba un melodioso coro;

me sobresaltó aquella maravilla

y di rienda suelta a mi deseo;

entonces resolví ir tan lejos

como me dictara mi propia voluntad.


Me fui derecho donde el jolgorio,

donde bebían, cantaban y bailaban

jóvenes zagalas y donceles,

todos en apacible concierto sin tacha;

contemplé una por una a las mozas,

aquí y allá detuve la mirada;

se adueñó de mi corazón, igual que de mi vista,

y me hirió en el acto el amor.


Apareció como un ángel ante mí,

virginal, bajo la más hermosa forma;

esbelta y vigorosa como el vilano

o como el cisne sobre las aguas;

ojos azules, dulces, bajo finas cejas,

y un tierno mirar en su semblante,

boca balsámica, sincera, sin sombra de pesar,

de afable trato, modesta.


Como un rayo de sol una mañana de mayo

ella apagó la vista de mis ojos,

y dando los pasos giraba

siguiendo los acordes de la música;

una elegante doncella, de honda sabiduría,

de sangre pura, espléndida, es mi amor;

estrella de las mozas, sol de los coros,

de encantadora charla, melosa, serena.


Difícil sería encontrar tu parangón

de entre todas las tierras de Europa;

en verdad, nunca antes había visto

el encanto de tu hermosura, tu superior belleza;

la fama de tu alegría crece por doquier,

de tu jovialidad y la fragancia de tu boca;

cuantos tributos de beldad tuvo Diana

todos sin excepción Mòr ha heredado.


Ensortijado, rizado, trenzado, crespo,

tu cabello rubio entretejido,

hermoso, elegante, enguedejado, de oro,

en excelsas ondas y perfecto orden.

No se podría hallar un solo defecto

desde tu coronilla al talón de tu suela;

moza, las virtudes vinieron a rodearte

aumentando la gloria de todos tus rasgos.


Sería un remedio contra los males,

protección contra la muerte,

para un hombre poder estar contigo;

mejor que guardar cama tenerte,

escuchar la conversación de tu boca;

no fue tan bella Venus, entre sus joyas,

a pesar de su abigarrada magnificencia,

como Mòr, tierna niña que hirió mi corazón

con sus encantos, y no la tendré en la vida.


Pura la sangre noble de la que desciendes,

sin perversión, cobardía ni mancha;

un linaje magnífico, valiente,

hueste para la lucha de espadas;

ellos ganarían a los de Dùbh‑Ghall,

los barrerían hasta sus lejanas tierras,

la persecución los llevaría hasta la fría Cataich

y los vencerían en todas partes.


Las astas del ciervo son como tú,

siempre están prestas para el combate;

hombres sin temor, con la frente erguida,

irían a luchar contra un rey.

Furibundos en la tempestad de la pelea,

armados, engalanados, con determinación,

yendo a la refriega sin desmayo

no volverían al hogar como siervos.


Grave es mi suspiro, triste mi suerte,

sin una nota de sosiego y sin gozo,

con la mente puesta en mi único querer,

la que tuvo mi amor sin dar amor a cambio.

Los dioses me han castigado doblemente

y me han hecho obedecer a mi deseo.

La nana de Cupido me adormiló

¡y desperté hecho polvo y debilitado!


Mi adiós a la encantadora doncella

de alto linaje, de la más noble estirpe;

presentad mis respetos

a mi amor de rizado pelo rubio.

Pues que ninguna visión en sueños agitó mi espíritu,

doloroso es que no pueda descansar,

y aunque esté de ronda o en el océano

siempre estarán contigo mis pensamientos.


Publicado en Turia, 85-86, 2008

2 comentarios:

Babel dijo...

El original no me aprovecharía demasiado, aunque me resultaría curioso.. tampoco sé si lo entendería, aunque me quedo sin saberlo..
No creo, sin embargo, que fuese un traba-lenguas; las trabas-a-las-lenguas las pone casi siempre el sistema educativo, sobre todo para las que no considera lenguas vivas y da a llamar "lenguas muertas", habiéndonos de sentir afortunados de que resten a modo de "optativas".. pero esto sería otro tema.
Agradecida, porque el poema, al igual que mucha literatura de la que aquí publica, la desconocía por completo. Sigo, pues, atenta a su lectura.
Un saludo.

Antonio Rivero Taravillo dijo...

Gracias por tu observación sobre "las trabas a las lenguas". Tienes razón. De algún modo, en este blog trato de quitar esas trabas y compartir la pasión por literaturas poco conocidas. Verás que he puesto enlace con el tuyo. Las visitas son mutuas. Un saludo.