miércoles, 9 de abril de 2008

Encuentro en Bizancio




Mucho nos dicen, desde el pasado, voces
Ilustres, ascendientes de la palabra nuestra,
Y las de lengua extraña, cuyo acento
Experiencia distinta nos revela.

(Luis Cernuda: “El poeta”)




ENCUENTRO EN BIZANCIO

Hay líneas que parecen destinadas a cruzarse, en las que adivinamos trayectorias comunes y convergentes trazadas por unas afinidades que no siempre coinciden con la voluntad de ellas mismas o los individuos que han de recorrerlas. Luego, la dirección cambia ligeramente –el viento de la fortuna– y las líneas, cuando se diría que iban a hacerlo, no se encuentran. Si además uno cree en cartas astrales y determinaciones esotéricas, como cierto escritor de Sligo que ganó el Nobel de Literatura en 1923, el imperativo del hado es cosa muy seria. No es descabellado afirmar, entonces, que seguramente Luis Cernuda y William Butler Yeats debían de haberse encontrado en Sevilla cuando el segundo pasó por la ciudad en noviembre de 1927, poco antes del celebérrimo homenaje a Góngora en el Ateneo, en el que cobró carta de naturaleza una generación poética y en el cual participó Cernuda. Pero Yeats, aquejado de un mal pulmonar, y con fiebre, se pasó la mayor parte del tiempo encerrado en su hotel, del que finalmente salió para partir a Cannes.
Sevilla había sido visitada unos años antes, en el invierno de 1898, por su amigo Arthur Symons, un inglés que derramó su interés y curiosidad por diferentes partes de Europa y que cuando publicó un libro de impresiones viajeras en 1903, ampliado en 1918 como Cities and Sea-Coasts, abrió el volumen, esa colección de lugares espléndidos, con sendos artículos sobre Sevilla, dedicado uno a la ciudad y otro, con bastante solvencia artítisca, a sus pintores: Velázquez, Murillo, Valdés Leal...
En la decisión del matrimonio Yeats de venir a Sevilla hubo de pesar sin duda la visita de Symons y los numerosos piropos que éste tuvo para con la ciudad. No bien avanzado el artículo, Symons dice: “Sevilla, más que ninguna otra ciudad que yo haya visto, es la ciudad del placer”. A la hora de establecer comparaciones, no le pareció provinciana Sevilla, a diferencia de lo que para él era Valencia, y en bastantes aspectos le recordó nada más y nada menos que a Venecia. Le llamaron la atención sus parques y jardines y afirmó que el Paseo de las Delicias hace honor a su nombre: “Te puedes sentar allí durante horas, bajo un cálido silencio, y con unas cuantas hojas secas amontonándose en torno a tus pies para recordarte que es invierno”. Y la misma idea de que en la ciudad el invierno es benévolo, suave, llevadero, se repite cuando, desde su propia experiencia y en frase que habría de empujar a Yeats a comprobarlo en 1927, dice: “Para el extranjero del norte, sus días de sol y cielo azul parecen convertir la palabra invierno en poco más que un nombre”.
En 1927, Yeats arrostraba problemas de salud, ya se dijo, y acompañado por su mujer George, decidió venir al sur soñado buscando un alivio a su mal. Abandonaron Irlanda el tres de noviembre hacia Inglaterra, y al día siguiente partieron de Tilbury en el Morea, un buque con rumbo a Gibraltar. Su idea era pasar en Sevilla la mayor parte del tiempo y regresar a Irlanda para Navidad. La travesía duró cinco días y nada más atracar el barco se dirigieron al Hotel Reina Cristina de Algeciras, ciudad que abandonaron antes de lo previsto porque el tiempo era más frío de lo que habían esperado. Antes de partir, Yeats escribió a su amiga y colaboradora Lady Gregory anunciándole el viaje (“unas seis horas en automóvil”) en busca de una temperatura más templada.
Simultáneamente, con sus habituales descuidos ortográficos, Yeats escribe a Maud Gonne desde Algeciras diciendo que va a viajar a “Saville” (sic), “donde la festividad de la Inmaculada Concepción veré a los dieciséis chicos bailar delante del altar mayor, una ceremonia de tu iglesia que no odio”. Sin duda, Yeats malescribe “Saville”, en vez de “Seville” (el nombre de Sevilla en inglés) influido por el Savile Club londinense, al que pertenecía y del que también formaron parte escritores británicos como Robert Louis Stevenson, Rudyard Kipling, H. G. Wells o Thomas Hardy. Symons había dedicado en su libro algunos párrafos a la impresión que le había causado la Inmaculada y el baile de los seises, de los que compone una bonita estampa. Yeats ya había fallecido cuando en 1942 apareció en Londres la primera edición de Ocnos. Allí, en “La catedral y el río” se leen líneas que, publicadas antes, hubieran sido del gusto de Symons y Yeats:
Por el coro se adelantaban silenciosamente, atravesando la nave hasta llegar a la escalinata del altar mayor, los oficiantes cubiertos de pesadas dalmáticas, precedidos de los monaguillos, niños de faz murillesca, vestidos de rojo y blanco, que conducían ciriales encendidos. Y tras ellos caminaban los seises, con su traje azul y plata, destocado el sombrerillo de plumas, que al llegar ante el altar colocarían sobre sus cabezas, iniciando entonces unos pasos de baile, entre seguidilla y minué, mientras en sus manos infantiles repicaban ligeras unas castañuelas.


En la citada carta a Maud Gonne, antes de adentrarse por las fantasmagorías astrales en las que incurrió toda su vida, Yeats manifiesta a su amor imposible que se encuentra muy bien de salud, aunque se cansa enseguida y el pulmón aún no ha sanado del todo. Pero tiene importantes planes para desarrollar en la ciudad: “Sin embargo, disfruto de la vida. Empezaré a escribir poesía la próxima semana en Sevilla. Aquí hace un hermoso tiempo veraniego.”
Viajaron a Sevilla el día 14, y el mal estado de las carreteras hizo que el viaje resultara mucho peor de lo esperado. El periplo al sur salvífico comenzaba a ser un fiasco, y cuando llegaron a la “bonita pensión” que George había reservado a razón de quince pesetas la noche se quedaron horrorizados, y de inmediato la pareja se fue el Grand Hotel, que tenía agua fría y caliente en sus cien habitaciones y un ascensor, que a Yeats se le antojó poco menos que necesario dado su estado general de fatiga. En palabras de George, el Grand Hotel era “un poema, y nada barato”; magro consuelo, su confortabilidad, cuando Yeats empezó a tener hemorragias pulmonares.
Lo cierto es que su estado de salud le preocupaba mucho más a él que a ella, que en su correspondencia parece quitar importancia a los preocupantes síntomas y se burla de que Yeats esté diciendo de continuo que se va a morir y “haciendo testamento a todas horas del día y de la noche y apresurándose para terminar un poema que ni siquiera ha comenzado”. Yeats hablaba por entonces de componer un poema sobre las garzas que habían visto en Algeciras, que diariamente viajaban a África a buscar su pitanza y regresaban a este lado de las Columnas de Hércules. Aquel poema rumiado en Sevilla sería finalmente “En Algeciras, una meditación sobre la muerte”.
En Sevilla, el matrimonio visitó el Alcázar, y reposando en su habitación del Grand Hotel Yeats corrigió el manuscrito de La torre (poemario que aparecería en 1928) y leyó diariamente a Bertrand Russell. El día 18, leyó Man and the Western Man, de Wyndham Lewis. Cuando su esposa vio que Yeats empezaba a desvariar y confundía Sevilla con Siena empezó a tomarse el asunto en serio. El 23 de noviembre partieron de Sevilla hacia Madrid, y de allí a Barcelona, brevísimas escalas en las que Yeats permaneció casi todo el tiempo en la cama del hotel, hacia su destino, Cannes. La queja de George es amarga: según ella, en Sevilla “hablan un inglés y un francés macarrónicos y no hay servicios de ningún tipo”.
Dolido con la crítica y su recepción de Perfil del aire, Cernuda tampoco atravesaba por un buen momento en noviembre de 1927. El día 19 escribe a su amigo Capote: “Nada que contarte, salvo un aumento de mi acostumbrada tristeza, inexpresable ya”. En septiembre de 1928, tras la muerte de su madre, abandonó Sevilla para siempre.
Que sepamos, Yeats y Cernuda no se encontraron en las calles de Sevilla. Y de haber permanecido Yeats unos días más en la ciudad, como era su primera intención, y de haberse alojado también los participantes en el homenaje a Góngora en el Grand Hotel y no en el también lujoso Hotel París, invitados por Sánchez Mejías, el más grande poeta irlandés se habría cruzado con, pongamos por caso, Federico García Lorca, Rafael Alberti, José Bergamín, Gerardo Diego o Dámaso Alonso. Pero Cernuda, a partir de su estancia en el Reino Unido, y sobre todo en sus años finales, siempre profesó una gran admiración por el autor de La rosa, admiración que cristalizaría en la traducción de dos poemas, “Ephemera” y “Bizantium”, la segunda de las cuales a su vez incluye otra (“The Spur”) en la nota que lo compaña, además de dos ensayos (uno de los cuales, “Jiménez y Yeats”, incluye asimismo la traducción del poema “Coat” de Responsibilities). Por tanto, Cernuda llegó a traducir cuatro poemas de Yeats, que si no es un corpus importante tampoco se trata de un solo, único poema.
“Ephemera” se publicó en compañía de “El niño negro” de William Blake y “La oda al otoño” de John Keats bajo el título común de “Tres poemas británicos” en el número 10 de la revista mejicana Romance, en junio de 1940. Casi dos décadas después, en el número 453 de la revista México en la Cultura (noviembre de 1957) apareció la traducción que Cernuda hizo de “Bizancio”, más tarde recogida en el primer tomo de Poesía y literatura. Al poema, Cernuda le añadió, como se ha dicho, una nota en la que es imposible no ver, aplicada a Yeats, su propia circunstancia personal, cuando sólo le quedaban cuatro años para morir: “la vejez, el hecho de envejecer, producía en Yeats un despecho, una rabia que acaso ningún poeta haya expresado antes que él.” Para la ocasión, Cernuda leyó el libro de A. Norman Jeffares W. B. Yeats, Man and Poet, y, meticuloso, preparando la recolección de “Bizancio” en libro, aún hizo alguna consulta sobre el sentido de un verbo a Concha de Albornoz en carta de 1 de febrero de 1959, donde la interroga sobre la idoneidad de una de las acepciones del verbo break.
Y hay más alusiones. En carta de 13 de junio de 1959 a Sebastian Kerr, a propósito de una postal que éste le envía desde Roma, habla de los posibles delfines de una fuente y de los chicos que se ven representados sobre ellos, poniendo todo esto en relación con “Bizancio” de Yeats:


No estoy seguro de que esas bocas enormes sean delfines. Si lo son, y los garzones arriba son garzones y no grown up men, entonces el escultor debía recordar que, en la antigüedad, se suponía a los delfines capaces de un attachment singular hacia dichos garzones. No sé dónde leí una historia del muchacho que se acercaba al mar por la mañana, antes de ir a la escuela, y del agua surgía un delfín, siempre el mismo, que se lo llevaba a lomos, a través de la bahía, hasta la escuela. Por lo demás, el delfín era símbolo del alma. ¿No recuerda el final del poema apocalíptico de Yeats “Byzantium”?


El otro poema de Yeats dedicado a Bizancio sin duda fue también conocido por Cernuda, aunque no llegó a traducirlo. Escrito en septiembre de 1926, exactamente tres años antes, y seguramente revisado en Sevilla, como el resto de La Torre, en él hay también un canto a la juventud y a la atemporalidad. En A Vision, Yeats escribió lo que para él represantaba, como símbolo, esta ciudad. La traducción es de Cernuda: “En la temprana Bizancio, como acaso nuncan antes ni después en los anales de la historia, la vida religiosa, estética y práctica eran una sola”. Esta armonía, cuyo anhelo se reforzó en Cernuda al traducir a Hölderlin, sin duda habría de atraer su interés. Cito por mi propia traducción:


SAILING TO BYZANTIUM

I

This is not country for old men. The young
In one another’s arms, birds in the trees
―Those dying generations― at their song,
The salmon-falls, the mackerel-crowded seas,
Fish, flesh, or fowl, commend all summer long
Whatever is begotten, born, and dies.
Caught in that sensual music all neglect
Monuments of unageing intellect.

II

An aged man is but a paltry thing,
A tattered coat upon a stick, unless
Soul clap its hands and sing, and louder sing
For every tatter in its mortal dress,
Nor is there singing schoo, but studying
Monuments of its own magnificence:
And therefore I have sailed the seas and come
To the holy city of Byzantium.

III

O sages standing in God’s holy fire
As in the gold mosaic of a wall,
Come from the holy fire, perne in a gyre,
And be the singing-masters of my soul.
Consume my heart away; sick with desire
And fastened to a dying animal
It knows not what it is; and gather me
Into the artifice of Eternity.

IV

Once out of nature I shall never take
My bodily form from any natural thing,
But such a form as Grecian goldsmiths make
Of hammered gold and gold enamelling
To keep a drowsy Emperor awake;
Or set upon a golden bough to sing
To lords and ladies of Byzantium
Of what is past, or passing, or to come.


RUMBO A BIZANCIO

I

No es un país para ancianos. Los jóvenes
se abrazan, hay pájaros en los árboles
–generaciones que mueren– cantando,
cascadas de salmones y mares de caballas,
peces, aves y carne que en verano celebran
cuanto ha sido engendrado, nace y muere.
Cautivos de esa música sensual todos olvidan
monumentos de perenne intelecto.

II

Un hombre viejo es algo miserable,
un andrajoso abrigo sobre un palo,
a menos que el alma haga palmas, y cante, y cante
para todos los andrajos en su traje mortal;
y no hay escuelas de canto, mas se estudian
monumentos de su propia grandeza;
y por eso he surcado los mares y he venido
a la ciudad sagrada de Bizancio.

III

Oh, sabios, los que estáis en el fuego santo de Dios
como en el mosaico de oro de un muro,
venid del fuego santo, bajad en espiral,
sed los maestros cantores de mi alma.
Consumid mi corazón; enfermo
de deseo, y atado a un animal que muere,
desconoce lo que es; y haced que me una
al artificio de la eternidad.

IV

Ya abandonada la naturaleza,
nunca tomaré mi forma corpórea
de nada natural, mas de esa forma que hacen
orfebres griegos trabajando el oro
para que no se duerma su soñoliento Emperador;
o subiré a una rama dorada a pregonar
para todos los nobles de Bizancio
el pasado, el presente y el porvenir.


La estima por Yeats fue siempre muy alta, y en algún lugar de su epistolario descarta Cernuda la posibilidad de leer a Rupert Brooke (de quien la revista Ínsula había publicado algunos poemas en agosto de 1950), al que contrapone a Yeats, a quien juzga muy superior. “Yeats es algo tan diferente, que no hay relación posible entre ellos. Debe leerlo, aparte de que su irlandesismo me sea antipático, así como su seudofascismo, porque es un poeta, cosa que Brooke no me lo parece ser.”
Yeats siguió interesando a Cernuda aún después de haberse publicado su ensayo de 1960 sobre aquél. El 8 de noviembre de 1960 escribe al ya mencionado Sebastian Kerr: “Compré en un momento extravagant las Letters of W. B. Yeats, y luego compuse un estudio sobre Yeats a base de esas cartas y de otro libro sobre Yeats, también de Ellmann, Yeats. The Man and the Masks.” Aquí, Cernuda se está refiriendo a que acaba de leer la monumental biografía de Ellmann sobre Joyce publicada en 1958 (lástima que este dato se me escapara cuando compuse mi artículo sobre Sevilla y Dublín, en el que creía haber agotado los puntos en común entre las dos ciudades, para el libro Cien años y un día, Ulises y el Bloomsday). Así, en carta de 30 de enero de 1961 a Philip Silver manifiesta estar leyendo el libro Yeats’s Iconography, de F. A. C. Wilson, y el 1 de noviembre de 1963, cuando ya está a punto de morir, en carta a Carlos-Peregrín Otero se lamenta de que no le llega su ejemplar de los Collected Poems de Yeats que debería enviarle Concha de Albornoz. Estos años finales Cernuda confirma lo que ya había expresado a Fernández Figueroa en una entrevista publicada en Índice Literario, abril-mayo de 1959, donde respondía que Yeats era para él uno de los principales “contemporáneos muertos”, siendo el primer poeta que menciona, no sin alguna objeción a lo más antipático de su carácter nacionalista. En esa respuesta también alaba a Cavafis y su famoso poema sobre Marco Antonio. Cavafis camparte con el Yeats de “Bizancio” una estética y un modo de estar en el mundo, anhelante de la Antigüedad clásica.
El artículo “Yeats”, de 1960, aparecido en la revista Cultura universitaria de la Universidad Central de Venezuela, sitúa al poeta irlandés como uno de los principales poetas dominantes de aquel tiempo, y expresando la extrañeza de que no sea un poeta apreciado o conocido por los lectores en lengua española, observa: “Únicamente J. R. Jiménez, en quien la obra de Yeats tuvo una repercusión evidente, solía mencionarlo con admiración nunca desmentida”. Esto, efectivamente, lo corrobora Juan Guerrero Ruiz en Juan Ramón de viva voz, cuando el 11 de julio de 1917 anota: “Me habla de un propósito, que le gustaría mucho realizar, traducir toda la obra de Shakespeare, las poesías de Edgar Poe y a algunos autores irlandeses como Yeats y Synge, a los que admira mucho”. En 1931, Jiménez dispondría de tres textos de Yeats listos para su publicación, traducidos por él mismo (véase a este respecto, The Line in the Margin: Juan Ramón Jiménez and His Readings in Blake, Shelley, and Yeats, de Howard T. Young
, University of Wisconsin Press, Madison, 1980).
Quizá no sea muy elegante desvelarlo, pero hay algunas inexactitudes en el artículo de Cernuda, que sin duda obedecen a lagunas en la bibliografía de la época y a lo limitado de las referencias a las que pudo tener acceso. Así, por ejemplo, cuando afirma que las cartas de Yeats a Gonne resultaron destruidas durante la guerra civil irlandesa (1922-1923), pues lo cierto es que hay otras cartas que han sido posteriormente recogidas en libro, como evidencia The Gonne-Yeats Letters, 1893-1938: Always Your Friend, en edición de Anna MacBride White, Hutchinson, 1992. El ejército británico destruyó muchas de ellas cuando saqueó el domicilio dublinés de ella, es cierto, pero muchas otras se conservan (incluida aquella de noviembre de 1927 en la que le anuncia el inminente viaje a Sevilla). Por otra parte, el libro de Ellmann es de 1948, no 1958, como anota Cernuda; y la concesión del Nobel fue en 1923 (“la concesión del premio Nobel en 1924” debe referirse a la entrega del premio en Estocolmo). En otro lugar (en este caso, “Jiménez y Yeats”), y esto es muy yeatsiano, comete un error de spelling (ortografía) cuando escribe Responsabilities (sic) en vez de Responsibilities, título del poemario de Yeats de 1914. Por otra parte, en una nota observa: “Recuerdo haber visto una antología titulada Mil años de poesía irlandesa. C’est un peu trop”. Lo cual no sorprende en alguien como él, que confiesa estar “poco enterado acerca de dicho país”, pues Irlanda sí tiene, en gaélico, una tradición que se remonta a hace más de un milenio como podrá comprobar quien quiera acercarse a las páginas de, por ejemplo, mi libro Antiguos poemas irlandeses, publicado en 2001 por la editorial Gredos.
Vemos más de un paralelismo entre ambos poetas. Así, cuando Cernuda escribe que “Yeats necesitó siempre de amistades femeninas, y en su correspondencia hallamos diversos nombres de amigas” no podemos sino pensar inmediatamente en él mismo y las mujeres que desfilan por su epistolario: Concha de Albornoz, Paloma Altolaguirre, Nieves Matthews o Concha Méndez.
Pero las diferencias son sin duda notables, como no tiene empacho en señalar el propio Cernuda: ni el nacionalismo de Yeats, con su veneración por los héroes de antaño, ni el cultivo de la magia, que roza para él lo pueril, tienen correspondencia en él. Sobre lo local y universal en Yeats dejó las últimas líneas de su artículo:


¿Es que la poesía de Yeats nos aparece como una fuerza elemental de la tierra de Irlanda? En parte, puede parecerlo; pero, aunque se tenga dicha creencia, no se debe atender a cuanto debe esa poesía al mundo de la cultura europea. «Innisfree» bien pudo dárselo su tierra el poeta. Pero «Sailing to Byzantium», no. Y entre ambas formas de su poesía, ¿cuál es la que preferimos hoy?


En el ensayo de 1962 sobre Juan Ramón Jiménez y Yeats, Cernuda se hace eco de la admiración del primero por el segundo, que se manifiesta, como observa el poeta sevillano, a partir del casamiento de aquél con Zenobia Camprubí, que hablaba inglés. En estas páginas, Cernuda se fija en el despojamiento en la poesía de ambos poetas, enunciada por cada uno a su manera en los poemas “Vino, primero, pura” de Eternidades (1918) y “Coat” de Responsibilities (1914). La coincidencia es clara, pero anota que quizá más que de hablar de influencia imitación haya que hacerlo de identificación, de experiencias reflejadas. Lamentablemente, este segundo artículo sobre Yeats no parece tan destinado a enjuiciar o a dar a conocer a éste como a dar un varapalo a Jiménez, a quien hace perder en combate amañado con el primero, al que entrega llaves de pugilato que no necesita.
Pero dejemos a Jiménez y centrémonos en las afinidades y diferencias entre Cernuda y Yeats. Brian Hughes ha hecho notar muy inteligentemente los cambios cruciales que se produjeron en la obra de ambos poetas a partir de los sucesos dramáticos que fueron el levantamiento de Pascua de 1916 y la guerra civil española, que dejaran huella en sus respectivas obras, forzando incluso la apertura a una nueva forma de escribir en ambos.
Hay sin embargo juicios de Hughes que no podemos suscribir enteramente, como la opinión de que el sostenido crecimiento poético de Yeats, que en su etapa final dejó tan grandes poemas como “The Circus Animal’s Desertion”, contrasta con el “deterioro” del Cernuda último, que cae en la irritabilidad, en el prosaísmo y la animosidad personal, pues siendo esto cierto lo es sólo en parte y junto a acerbos ajustes de cuentas hallamos hermosísimos poemas a la par que prodigiosos artefactos verbales como “Luis de Baviera escucha Lohengrin” o “Despedida”.
Hughes analiza notables similitudes entre “Vereda del cuco” de un lado y “La torre” y “Bizancio” de otro; entre “Río vespertino” y “Meru”; pero para él, y no podemos estar más de acuerdo, el gran tema que los une, a Yeats y Cernuda, es el de la perdurabilidad del amor, o más bien del deseo, en la edad avanzada, de lo que hay incontables ejemplos en los dos poetas. Por otra parte, hay similitudes estilísticas que pueden considerarse influencias de Yeats, como el empleo de un lenguaje no lejano del de la prosa, en lo que ambos, Yeats y Cernuda, coinciden con Browning y Pound.
Hay además frases de Yeats engastadas en versos del poeta sevillano, como el título del poemario de 1899 The Wind among the Reeds, que reverbera en “Noche del hombre y su demonio”:


Y mi voz no escuchada, o apenas escuchada,
Ha de sonar aún cuando yo muera,
Sola, como el viento en los juncos sobre el agua.


Perteneciendo este poema a Como quien espera el alba, libro escrito entre 1941 y 1944, el eco supondría la segunda aparición, bien que velada (la primera fue la traducción de “Ephemera”), de Yeats en la poesía o la crítica de Cernuda, lo que sin duda le confiere notable importancia. No obstante, se trata de un título de uno de los libros más conocidos del irlandés, que podría “sonarle”, lo que no quiere decir que Cernuda estuviese más profundamente familiarizado con su poesía. Otra notable similitud, Hughes indica, hay que verla entre “Los espinos” y “The Wild Swans at Coole”, pues “ambos parten de la contemplación de la belleza natural y prosiguen en la exploración del contraste doloroso con la evanescencia del yo individual”.
Aún encuentra paralelismos, cuando no deudas, Hughes entre el “Apologia pro vita sua” de Cernuda y “The Tower”: “ambos poetas hacen uso de espejos, el ave y la luz que se desvanece”. Para este crítico cabe más hablar de influencia o magisterio que de coincidencias, y volvemos a estar de acuerdo con él, no sin cierta reserva. Porque además de lo visto por él hallamos otras similitudes. Así, el breve poema“The Magi” y el relato “The Adoration of the Magi”, de Yeats, tienen su eco en el extenso “La adoración de los Magos” de nuestro paisano (que como Yeats en The Wanderings of Oisin emplea aquí metros muy diferentes que llegan al versículo largo). Es cierto que detrás del poema de Cernuda está también “The Journey of the Magi”, de T. S. Eliot, pero el eco de un poema no tiene por qué impedir el del otro. El poema de Cernuda, digámoslo sin rodeos, es mejor que sus posibles fuentes, Yeats o Eliot, y llega donde aquellos no alcanzan. También, según Alexander Coleman, el breve drama de Yeats, The Resurrection, con la presencia de tres testigos, no ya del nacimiento sino de la resurrección de Cristo, estaría en el origen del poema cernudiano. Cierto. Pero también se me ocurre que todo The Wind among the Reeds, con esas personae o máscaras por las que habla Yeats puede estar en la génesis del poema de Cernuda. Michael Robartes, Hanrahan y Aedh, los personajes que originalmente estaban tras el “He” o “The Poet” o “The Lover” en el poemario de Yeats, según el poeta irlandés: “Hanrahan es la simplicidad de una imaginación demasiado mudable para reunir posesiones permanentes, o la adoración de los pastores; y Michael Robartes es el orgullo de la imaginación que medita sobre lo grandioso de sus posesiones, o la adoración de los Magos; mientras que Aedh es la mirra y el incienso que la imaginación ofrece continuamente ante todo lo que ama.”
Pero hay más. En Égloga, Elegía, Oda (1927-1928) hallamos pasajes que parecen estar bajo la sombra del irlandés, particularmente de dos poemas del que también es su segundo poemario, Crossways (no en realidad un libro exento, sino una sección de su poesía completa). La “Égloga” y la “Oda” cernudianas habitan una Arcadia en la que también moran los pastores de Yeats. Compárese esta estrofa de la “Égloga”


Idílico paraje
De dulzor tan primero,
nativamente digno de los dioses.
Mas ¿qué frío celaje
Se levanta ligero,
En cenicientas ráfagas veloces?
Unas secretas voces
Este júbilo ofenden
Desde gris lontananza;
Con estéril pujanza
Otras pasadas primaveras tienden,
Hasta la que hoy respira,
Una tierna fragancia que suspira.


O esta otra


Sobre el agua benigna,
Melancólico espejo
De congeladas, pálidas espumas,
El crepúsculo asigna
Un sombrío reflejo
En donde anega sus inertes plumas.
Cuánto acercan las brumas
El infecundo hastío;
Tanta dulce presencia
Aún próxima, es ausencia
En este instante plácido y vacío,
Cuando, elevado monte,
La sombra va negando el horizonte.


con ese díptico yeatsiano constituido por “The Song of the Happy Shepherd” y “The Sad Shepherd”, en versos como éstos (cito una vez más por mi propia traducción):


THE SONG OF THE HAPPY SHEPHERD

The woods of Arcady are dead,
And over is their antique joy;
Of old the world on dreaming fed;
Grey truth is now her painted toy;
Yet still she turns her restless head:
But O, sick children of the world,
Of all the many changing things
In dreary dancing past us whirled,
To the cracked tune that Chronos sings,
Words alone are certain good.
Where are now the warring kings?
An idle word is now their glory,
By the stammering schoolboy said,
Reading some entangles story:
The kings of the old time are dead;
The wandering earth herself may be
Only a sudden flaming word,
In clanging space a moment heard,
Troubling the endless reverie.
Then nowisse worship dusty deeds,
Nor seek, for this is also sooth,
To hunger fiercely after truth,
Lest all thy toiling only breeds
New dreams, new dreams; there is no truth
Saving in thine own heart. Seek, then,
No learning from the starry men,
Who follow with the optic glass
The whirling ways of stars that pass―
Seek, then, for this is also sooth,
No word of theirs―the cold star-bane
Has cloven and rent their human truth.
Go gather by the humming sea
Some twisted, echo-harbouring shell,
And to its lips thy story tell,
And they their comforters will be,
Rewording in melodious guile
Thy fretful words a little while,
Till they shall singing fade in ruth
And die a pearly brotherhood;
For words alone are certain good:
Sing, then, for this is also sooth.

I must be gone: there is a grave
Where daffodil and lily wave;
And I would please the hapless faun,
Buried under the sleepy ground,
With mirthful songs before the dawn.
His shouting days with mirth were crowned;
And still I dream he treads the lawn;
Walking ghostly in the dew,
Pierced by my glad singing through,
My songs of old earth’s dreamy youth:
But ah! she dreams not now, dream thou!
For fair are poppies on the brow:
Dream, dream, for this is also sooth.


LA CANCIÓN DEL PASTOR FELIZ

Los bosques de la Arcadia yacen muertos,
su lejana alegría ya no existe;
de sueños se nutría el mundo antiguo;
hoy es verdad gris su juego de colores
pero aún vuelve su rostro intranquilo:
con todo, oh hijos hastiados del mundo,
de las incontables cosas que mudan
siguiendo la cascada melodía
que Cronos canturrea, solamente
las palabras son un bien indudable.
¿Dónde están ya los reyes aguerridos
que del Verbo se burlaban? Por Dios,
¿dónde están ya los reyes aguerridos?
Una palabra vana es hoy su gloria
dicha por el colegial balbuciente
que lee alguna historia enrevesada:
los reyes de antaño ahora están muertos;
incluso la errante tierra puede ser
sólo una palabra que breve luce,
casi inaudible en el sonoro espacio,
y perturba el ensueño interminable.
No adores, pues, hazañas polvorientas
ni quieras –pues esto es cierto también–
ansiar intensamente la verdad,
no sea que tus afanes alimenten
sueños y sueños: la verdad no existe
sino en tu propio corazón. No busques
el vano conocer de esos ilusos
que con sus cristales ópticos siguen
las sendas rotatorias de los astros.
Ni busques, pues esto es cierto también
palabra alguna de ellos. La ruina
de una estrella rompió sus corazones:
muerta está toda su verdad humana.
Ve y coge junto al bullente mar
una concha espiral que abrigue un eco,
y narra junto a sus labios tu historia,
pues ellos te podrán reconfortar
con arte melodioso repitiendo
tus palabras de queja unos instantes
hasta que el canto compasivo acabe
y una fraternidad de nácar muera.
Sólo las palabras son un bien cierto:
canta entonces, que esto es cierto también.

Tengo que marchar: hay una sepultura
en la que ondean narcisos y lirios,
quisiera complacer al pobre fauno
que yace bajo el suelo soñoliento
con cantos de alegría antes del alba.
Coronó el gozo sus ruidosos días
y todavía sueño que huella el césped
caminando espectral sobre el rocío,
penetrado de mi alegre cantar,
mis canciones de aquella juventud
soñadora de la ya anciana tierra:
pero ¡ah! ya ella no sueña. ¡Sueña tú!
Bellas son las amapolas en la cumbre.
Sueña, sueña, que esto es cierto también.


Es el mismo mundo y parecida imaginería. Lo curioso es que Cernuda aún no había leído a Yeats, sino la poesía española de tradición pastoril (Garcilaso, por ejemplo) y, por tanto, aquí sí cabe hablar de coincidencia en vez de influjo. Por otra parte, en la “Égloga” de Cernuda, como viera Derek Harris, alienta el Mallarmé de “L’ Après-midi de un Faune” que está glosado en las estrofas quinta y sexta. Cernuda conoció bien a Mallarmé, a quien se lo allegó Góngora sin duda, y habla de él en numerosos pasajes de su obra en prosa (en "Historial de un libro" escribe que su verso “me pareció ya entonces, y nunca dejó de aparecerme así a través de los años, de una hermosura sin igual”). Por lo que respecta a Yeats, aunque podría pensarse que la influencia de Mallarmé le llegó a través de Symons, que le leyó su obra, y que en 1899 publicaría un libro capital en la renocación de la estética inglesa, The Symbolist Movement in Literature, lo cierto es que “La canción del pastor feliz” fue escrita y publicada en 1885, cinco años antes de que ambos se conocieran. A propósito de conocerse: en febrero de 1894 Yeats visitó el domicilio de Mallarme con el propósito de conocerlo, pero no pudo ser, porque a la sazón éste se encontraba en Inglaterra.
Espero que mi previa lectura de Cernuda no haya condicionado mi traslación de Yeats en un verso como “But O, sick children of the world” como “con todo, oh hijos hastiados del mundo”, que tanto recuerda en particular a “el tierno lamentar, los enojosos / hastíos escondidos del que ama” de la “Oda”. En cuanto a la presencia de la Arcadia en Yeats y Cernuda, ésta aparece aún en uno de los últimos poemas del segundo recogidos en Desolación de la Quimera, “Luna llena en Semana Santa”, que termina, como cerrando el arco de su obra, con el verso “Et in Arcadia ego”.
Aún se puede ver otro eco de Yeats en la poesía de Cernuda. En “El poeta”, texto entre 1946 y 1948 y que alude a Juan Ramón Jiménez cuando aún no sentía la pulsión de asaetearlo en su prosa crítica o sus versos, Cernuda escribe:

Gracias por la rosa del mundo.

Para el poeta hallarla es lo bastante.
E inútil el renombre u olvido de su obra,
cuando en ella un momento se unifican,
tal uno son amante, amor y amado,
los tres complementarios luego y antes dispersos:
el deseo, la rosa y la mirada.


Ningún lector de Yeats pasará por alto que el sintagma “la rosa del mundo” es título, precisamente, de uno de los poemas de The Rose. “The Rose of the World” es uno de tantos textos que Yeats compuso para Maud Gonne, objeto de su deseo.


THE ROSE OF THE WORLD

Who dreamed that beauty passes like a dream?
For these red lips, with all their mournful pride,
Mournful that no new wonder may betide,
Troy passed away in one high funeral gleam,
And Usna’s children died.

We and the labouring world are passing by:
Amid men’s souls, that waver and give place
Like the pale waters in their wintry race,
Under the passing stars, foam of the sky,
Lives on this lonely face.

Bow down, archangels, in your dim abode:
Before you were, or any hearts to beat,
Weary and kind one lingered by His seat;
He made the world to be a grassy road
Before her wandering feet.







LA ROSA DEL MUNDO

¿Quién soñó que la belleza pasa como un sueño?
Por estos labios rojos, con todo su triste orgullo,
triste de que ningún nuevo portento pueda suceder,
Troya desapareció en funérea lumbre
y los hijos de Usna murieron.

Pasamos con el mundo jadeante:
entre almas que flaquean y el paso ceden,
como las aguas pálidas en su curso invernal,
bajo estrellas que pasan, espuma de los cielos,
continúa viviendo esta faz solitaria.

Doblegaos, arcángeles, en vuestra oscura morada:
antes de que vosotros existierais, o corazones latieran,
cansada y dulce una se quedó ante Su asiento;
y Él hizo que el mundo fuera un camino de hierba
ante sus pies errantes.


En principio, parecen poemas de temática diferente, sobre el papel del poeta uno, el otro sobre la amada que trasciende lo mutable para residir en lo eterno. Lo parecen, mas sólo en la superficie; en el poema de Cernuda también hallamos ese carácter ilusorio del tiempo que hallamos en Yeats en la coincidencia de las edades y los espacios (Troya y los hijos de Usna) en quien es desde siempre. Pues dice el poeta sevillano: las voces extranjeras “nuevas y arcanas, hasta que al fin traslucen / un día en la expresión de aquel poeta / vivo de nuestra lengua, en el contemporáneo”. Y en la estrofa siguiente: “Aquel tiempo pasó, o tú pasaste, / agitando una estela temporal ilusoria”. La amada que es eterna en el poema de Yeats y el poeta que concilia “el deseo, la rosa y la mirada”, en Cernuda.
Mucho se podría escribir sobre el símbolo de la rosa en Juan Ramón y Yeats, la rosa del mundo que aparece en el citado poema de Como quien espera el alba. Sin embargo, cuando Cernuda arremeta contra el poeta español en su ensayo “Jiménez y Yeats” en el segundo tomo de Poesía y literatura no mencionará para nada a la rosa, algo que ni un mediocre estudiante omitiría, y sí, como vimos, esas otras influencias que querrían minar la reputación de JRJ.
Hemos visto que Cernuda y Yeats (como tampoco lo hicieron Yeats y Mallarmé en París) no se encontraron en la real Sevilla –calles, adoquines, manzanas, cafés, plazas–, sino que lo hicieron en la obra de éste frecuentadas por aquél –versos, cartas, páginas–, interés que cristalizaría en la versión de Cernuda de “Bizancio”. Bastantes años después, un poeta muy influenciado por Cernuda, Luis Antonio de Villena, publicó su segundo poemario con el título de yeatsianos ecos El viaje a Bizancio, donde en palabras de José Olivio Jiménez “el libro reafirma esa realidad íntima –y universal– de Bizancio, ya que este dorado sitio simbólico puede hallarse en cualquier sitio donde se encuentre un hombre habitado por el deseo”. Porque Luis Antonio de Villena, a diferencia de Cernuda, no es tanto un poeta de la fricción, del desajuste, del desequilibrio entre realidad y deseo, como lo es del triunfo supremo y libérrimo de éste. La literatura es un palimpsesto en el que capas o estratos posteriores arrojan luz sobre otros pretéritos. Así, la lectura de Luis Antonio de Villena del mito bizantino en Yeats viene a iluminar también a Luis Cernuda y su lectura del deseo en los poemas de Yeats y su traducción de uno de ellos:


El poeta anglo-irlandés William B. Yeats, levantó en dos de sus mejores poemas una ciudad-símbolo. Bizancio como enclave de eternidad. Mito donde la vejez no es posible (That is no country for old men). Y los jóvenes que allí habitan se abrazan entre el oro eterno. Bizancio brota del mar de la muerte, y es así el mito de la Nueva Jerusalén. Pero en tal ciudad la eternidad la construye –o la inventa– sólo el hombre.


Y en la sección tercera del poema “Navegando hacia Bizancio”:


No son las imágenes ni el mármol. Ni una nave siquiera quien consigue hacer del deseo la forma que quiere el labio y el tacto ambiciona. No es la nave, cargada de atributos, ni la danza sobre el verde mosaico que el vino abrasa como un cuerpo que se ama. Pero todo es Bizancio. Cada palabra que se escurre y combate, cada sonido pleno como el sol y sus ubres, cada retumbe que se siente, todos los amores que ambicionas, el fuego que te arde, ese sin nombre hermoso que te exige maldad, el árbol, la planta, el cuerpo que desconozco, su perfume de axilas y de ajenjos, su cabello perfecto, su vello como el ámbar que redime y golpea... Allí está Bizancio, las fraguas doradas del Emperador, el oro y el bronce junto al mar espumeante que resuena. Ese mar que rasgan los delfines y un gong atormenta...



Publicado en mi libro Con otro acento. Divagaciones sobre el Cernuda "inglés" (Diputación de Sevilla, 2006), Premio Archivo Hispalense de Literatura, 2005

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