viernes, 4 de abril de 2008

Invitación a un poeta

El lector asiduo de este blog -si es que existe, el lector, quiero decir-, ya habrá usado el enlace que como alfombra roja lleva a "Al margen de los días", la bitácora de Enrique Baltanás. Las siguientes líneas son el prólogo que puse a Medidas provisionales, muy recomendable antología de sus versos publicada por Renacimiento.



LA MEDIDA DE ENRIQUE BALTANÁS

Como tantos poetas que estimamos, a los que afortunadamente no nos es dado sorprender en la sonrojante indefensión de la juventud y su carga de versos inseguros, torpes, vulnerables, Enrique Baltanás comenzó a publicar tarde y bien, de cuerpo entero, pasados los cuarenta años de su edad.
Su primer poemario, Ex Libris (1993), era ya una excelente tarjeta de presentación en cuyo correcto tono destacaba algún poema memorable como “Corrección de pruebas”, que jugaba con esa idea tan unánimemente codiciada, pero rara vez expresada tan certeramente, de poder cambiar la propia vida y sus erratas. Sin embargo, los primeros grandes poemas que publica Baltanás pertenecen a El círculo del tiempo (Premio Villa de Cox, Valencia, 1995, coeditado por Pre-Textos). Allí ya, y de qué modo, los constantes temas del poeta: el recuerdo nostálgico de su infancia, cuajado de detalles que rayarían en el documento sociológico si no gozaran de tan alta calidad literaria; también el pretérito imperfecto, las enumeraciones de los objetos cotidianos en un pueblo andaluz de los años 60 del siglo XX. Emblemático de esta línea es el poema “Invierno”, que termina con estos versos elocuentes y que podrían ser signados por toda una generación: “para la cama nos mandaba el parte, / con sus sones marciales de retreta, / a los niños vencidos, desarmados / por el cansancio, el sueño y la rutina.”
En la salita de estar, en la casa del poeta niño o adolescente, se infiltra el mundo exterior: no sólo con el parte y su música castrense y castradora de tantas inquietudes, sino también en la televisión en blanco y negro (constatación de un estado de la técnica que también conviene a la grisura que quiere expresar el autor), la visualización de un mundo que cambia (véase “Imágenes”), y, más aún que esa realidad lejana, todo el despliegue de las gentes del pueblo y las escenas de la vida cotidiana. No sin un punto de ironía a veces, seguramente aprendida en Jaime Gil de Biedma, esta poesía de Baltanás es elegíaca, como toda la suya, y de alguna forma estas páginas constituyen, junto con textos como “Los jardines” o “Tomas falsas”, su particular Ocnos. Otras páginas suyas, como “Pasodoble”, también nos recuerdan al Juan Ramón Jiménez nostálgico enfermizo de Moguer. O al Rafael Montesinos de Los años irreparables.
En Las señales del fuego (1997), el poeta no mira ya tanto al pasado como a la desolación que comienza a ser su propia vida, naufragio para el que querría que la poesía fuera una tabla de salvamento, condición que a veces ésta alcanza, para quedarse otras en pudridero de los sentimientos más corrosivos. El desengaño, el “estar de vuelta” predomina en estos poemas. De alguna manera, como decíamos, el haber comenzado a publicar tarde ha hecho que buena parte de la poesía de Enrique Baltanás se encuentre situada, sin el preámbulo de las primeras buenas intenciones, las ilusiones juveniles —esas pompas de jabón— o el amor y el erotismo incipientes —en sí mismos fuente de infidelidades, porque siempre engañan—, directamente en la decepción y la pérdida. Él, gran conocedor de Antonio Machado, no sólo por su biografía del poeta y su recopilación y edición de las Obras completas de Antonio Machado Álvarez, Demófilo, también desde la creación o la imitación en los cantares de “Bajo el sol nada hay nuevo” (cuya propuesta y estirpe no hay que confundir con la de los haikus de “Árboles y plantas”), gran conocedor de Antonio Machado, decía, sabe que “se canta lo que se pierde”. Y lo hace incorporando tonos y acentos del otro Machado (Manuel), en lo que coincide a veces —y en la lectura y asimilación de Gil de Biedma—, con otro poeta de su generación, como él de un pueblo sevillano, como él maestro de decepciones: Javier Salvago (Paradas, 1952).
La misma línea desengañada recorre el siguiente título, Papel de música, libro en el que hay poemas magníficos, como “Sierra de Morón”, tan leopardiano incluso en su melodía. Y todo ello viene a desembocar en un tour de force —nunca mejor dicho— como son los poemas que Baltanás se ha atrevido a escribir a las bravas en francés (hay precedentes ilustres, como Rilke, Larrea, los mentados Manuel Machado y Gil de Biedma, o Eliot; por su parte, Borges lo hizo con la lengua inglesa). Sirvan estos poemas de La matière de France para que destaquemos ya que Baltanás es un escritor no meramente políglota —un camarero o una azafata pueden serlo a su modo—, sino un poeta enriquecido y enriquecedor gracias al contacto con otras literaturas.
Modélica es la traducción que publicó Baltanás de Vincenzo Cardarelli, El tiempo tras nosotros, para la colección La Cruz del Sur, de Pre-Textos (2001). Y sencillamente magistral la antología de Goethe, Poemas del amor y del conocimiento, que se dispone a publicar en Renacimiento, de la que ya ha dado alguna muestra en la revista Clarín. Como podrá comprobar el lector de Medidas provisionales, Enrique Baltanás es un poeta musical, que sin desdeñar el alejandrino u otros versos, destaca especialmente en el endecasílabo blanco, metro al que ha traído con elegancia y solvencia al poeta italiano y al alemán. No figuran en esta antología, pero alguna de esas versiones, especialmente las del autor de Fausto, merecerían estar aquí en paridad con su propia obra, tan alto es el nivel de su recreación.
Mal distribuida o aún inédita buena parte de su poesía, Baltanás precisaba —precisábamos sus lectores— una antología que nos diera la fiel imagen de su lírica. Esta selección trata de cubrir ese hueco, y en ello se beneficia de su concurso: el poeta ha proporcionado un buen número de composiciones que han de formar parte de futuros libros. Antólogo de otros (Los cuarenta principales. Antología general de la poesía andaluza, Renacimiento, 2002), ya parece inexcusable su inclusión en cualquier panorama de la poesía contemporánea en España. Su obra más reciente apunta, en la enajenación de otra lengua, en el poema en prosa, en los endecasílabos de escritura casi automática que últimamente frecuenta, a una continua metamorfosis, que descubre nuevas maneras en su poesía. Sigámoslo, atentos. Aún tiene mucho que depararnos.

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