domingo, 20 de abril de 2008

Noticia de Patrick Kavanagh



Otra alegría de la escapada a Córdoba, además de escuchar a Seamus Heaney, fue conocer personalmente a Jordi Doce, con quien mantengo correspondencia desde hace años, y a Fruela Fernández, joven poeta asturiano que está haciendo el doctorado de Traducción en Granada y que ya ha dado buenas muestras de su talento. Fruela me comunica que está realizando una antología del poeta Patrick Kavanagh para Pre-Textos, noticia que me llena de alegría. Copio aquí un artículo que publiqué sobre Kavanagh.

NOTICIA DE PATRICK KAVANAGH

He visto su rostro en un pub, decorando una pared como las botellas de John Power o Black Bush la repisa de las bebidas, como las vidrieras de colores de las mamparas entre los reservados, o como la réplica de entrelazados célticos que causan admiración a quienes no saben qué es un libro ni dónde situar a Kells.
El primer recuerdo que tengo de Patrick Kavanagh es el de otro retrato suyo enmarcado en el rectángulo blanco al que a su vez ceñían las letras ff de la edición de sus poesías completas en Faber and Faber. Para un escritor en lengua inglesa, al menos a este lado del Atlántico, no hay mejor corona de laurel que la de esos tipos de imprenta rodeando su efigie, coronándola, en la orla de esa colección canónica que dirigiera Thomas Stearns Eliot, el ángel guardián o anglicano San Pedro de ese Parnaso inglés cuyas puertas se cerraron a muchos: a Luis Cernuda, sin ir más lejos. Pero eso es otra historia...
Lo malo que tiene hablar de escritores irlandeses, como lo fue Kavanagh es esto: que es fácil divagar y deslizarse a la deriva de la conversación, enmarañándose en lo oral, en la anécdota, lejos de todo academicismo. Ésta es su virtud. Porque lo importante es pasar el rato. Y sin embargo, cumpliría hablar de ellos con mayor precisión de la que exige en su indulgencia una charla de café o de bar, pues se trata, en sus figuras más destacadas, de escritores de gran obra y dotes extraordinarias, dilapidadas a menudo: son autores que si bien gozan de la ventaja de emplear una lengua ampliamente inteligible fuera de su país también padecen, por contra, la sombra que les hacen por su mayor proyección internacional los de la vecina Inglaterra.
Por lo que a Kavanagh se refiere, éste viene a ocupar en la cronología una zona intermedia entre sus compatriotas Yeats y Heaney, ambos Premio Nobel de Literatura con un intervalo de setenta y dos años. Es atributo del prestigio literario mostrarse de forma guadianesca, y Yeats, que desde luego ha supuesto un antes y un después en la poesía irlandesa, ha relegado a caudal oculto a sus predecesores Thomas Moore, James Clarence Mangan, Samuel Ferguson y Thomas Davis, por más que algunos de ellos fueran enormemente populares en vida. También el autor de “Sailing to Byzantium” oscureció, como un relámpago que ciega, la obra de los poetas que lo seguirían, entre los que destacan un poco conocido Patrick Kavanagh (1904-1967) y un muy ignorado Austin Clarke (1896-1974). Ha hecho falta que alguien que destacaría como un formidable crítico si no poseyera además el don de su poesía, Seamus Heaney, haya llamado la atención sobre él en una serie de ensayos dispersos por su obra en prosa para que Kavanagh empiece a salir del silencio fuera de su país.
Esto es moneda corriente en literatura: que un escritor delate en su obra las claves de un “antepasado” de cuya estirpe se reconoce o de la que, lejano pariente, conoce los rasgos familiares. No es poco lo que tienen en común Kavanagh y Heaney: su procedencia del Ulster (de Monaghan uno, de Derry el otro), y su origen campesino, con lo que esto representa de visión y dicción realistas, lejos de la idealización de muchas plumas del Irish Revival. Uno de los más citados poemas del primer Kavanagh, “Spraying the Potatoes”, tiene su equivalencia en muchas composiciones de Death of a Naturalist (el primer libro de Heaney, que ahora acaba de aparecer traducido en la editorial Hiperión).
A diferencia de Clarke, que en su primera época se sumergió en la tradición vernácula medieval, Kavanagh siempre fue refractario a la idea de la regaelización de Irlanda y al romanticismo nacionalista: lo suyo era la realidad desnuda, sencilla y mísera —no sólo en el sentido material— del agro irlandés. Como ha visto su mejor crítico, él fue un poeta de lugares y experiencias ligadas a esos lugares, que son casi exclusivamente dos: los campos de su aldea de Inniskeen y la zona del Grand Canal que colinda con el puente de Baggot Street, en la ciudad de Dublín. Bajo ambos pilares del puente de su vida, las aguas turbias de sus años en la capital, cuando queriendo ganarse la vida como escritor y colaborador de prensa tuvo que enfrentarse a la animadversión y autosuficiencia de quienes componían el asfixiante mundillo literario dublinés, tan provinciano que lo soslayó por considerarlo a él pueblerino. Son los años del Palace Bar, una especie de Café Gijón pero sin café, menos estimulante y más etílico aún, donde concurrían los plumíferos del Irish Times, periódico en el que él mismo empezó a colaborar y cuyas páginas vieron una disparatada polémica que mantuvo con Flann O’Brien cuya consecuencia fue decisiva en la vida de éste: gracias a ella ocupó una columna diaria que durante dos décadas firmó con el seudónimo de Myles na Gopaleen.
Uno de los más notables episodios de aquellos tiempos fue la celebración, en 1954, del Bloomsday, en el cincuenta aniversario de los episodios narrados en Ulises. Allí que se fue a Sandycove esa pandilla de espantapájaros (las fotografías son para verlas); ya en la Torre Martello empezaron a beber, y O’Brien y Kavanagh se enzarzaron en una competición que participaba a partes iguales de escalada y lucha libre. Aquella escaramuza (y otra en la que Kavanagh tuvo que refugiarse tras la barra de un bar para evitar las iras de un beodo O’Brien ante una observación suya) muestra que ambos personajes tenían importantes y graves puntos en común, además del cáncer que se llevó a los dos a una edad no demasiado avanzada y el abandono de la novela y su sustitución por el artículo, humorístico y feroz en un caso y más bienintencionado en el otro. Pero también enormes eran las diferencias: al primero le aburría la poesía, y el segundo destacaría como el creador de una memorable obra en verso (una obra que gana particularmente cuando se la antologa; se ha dicho que su verdadero libro sería sus Selected Poems, en vez de los más dispersos y desiguales Collected). Su novela, Tarry Flynn, y su autobiografía, The Green Fool, están muy lejos de la capacidad imaginativa de Flann O’Brien, y por ello constituyen un excelente contrapunto, casi naturalista, a la disparatada ficción de éste.
Al final de sus días, Patrick Kavanagh sufrió una enfermedad que le mordió el pulmón y el alma, y una sensibilidad nueva creció en él, llevándolo a mirar de forma diferente al mundo y a su propia vida: con su renacimiento interior junto a la poco profunda corriente del Canal, donde el agua se represa y baja hasta una noria, el poeta de Inniskeen y de esta segunda patria chica dublinesa se adentró en la siempre difícil resignación, dejando una hermosa serie de sonetos, algunos estremecedores en su serenidad y aceptación de la muerte.
También de sus últimos años es una canción, “On Raglan Road”, de conmovedora sencillez, que hemos escuchado interpretar a media docena de cantantes distintos; la más heterodoxa y genial versión es la de Van Morrison, el cantante de Belfast, en esa rareza en su discografía que es Irish Heartbeat, en la cual se hace acompañar por nada menos que los Chieftains. Aquí Kavanagh no hizo sino retomar la costumbre arraigada entre los poetas irlandeses de componer canciones al modo tradicional, casi siempre pensando en su adaptación a una determinada melodía ya existente, por lo que no es raro que una misma música acompañe a diferentes letras que nada tienen en común. De este género poético de la creación de canciones han brotado, sobre todo en el siglo XIX, joyas ya clásicas del repertorio musical que se confunden con las baladas anónimas, como son “The Last Rose of Summer” de Moore, “A Nation Once Again” de Davis, o “She Moved Through the Fair” de Padraic Colum. También Yeats firmó un puñado de estas baladas.
Si alguna vez vais a Dublín (“If Ever You Go to Dublin Town”, como reza el título de un poema suyo) no dejéis de ir a la estrecha alameda que corre paralela al Grand Canal. Allí, verde del metal fundido y del reflejo de árboles y líquenes sobre él mismo y el agua, Kavanagh está sentado —así la estatua de Gerardo Diego en Santander— como haciendo realidad unos versos suyos que piden: “Oh, conmemoradme donde haya agua, / agua de canal si es posible, tan callada / y verde en el corazón del verano.” Sólo puedo deciros que es un sitio sencillo y mágico que guarda un eco suyo, como de otros poetas la Huerta de San Vicente o la Calle del Aire.
Ya advertí que hablar de y con irlandeses es muchas veces hablar por hablar. Veo ahora que la edición de sus poesías completas no estaba publicada en Faber and Faber, como yo mal recordaba, sino por Brian and O’Keeffe. El tomo que guardaba mi memoria debe de ser, seguramente, el de los también poemas reunidos de Richard Murphy, uno de esos irlandeses que nacen en el condado de Mayo, se educan en Gran Bretaña y marchan a ganarse la vida a los Estados Unidos. Cuando escribo esto, en días en que la tensión vuelve como todos los veranos al Ulster, recuerdo las estrofas de su vitriólica “Orange March”... Tal vez se tratara de un recuerdo futuro, quizás aún no se han talado los árboles que darán el papel a los impresores de Faber. Pero ahí tiene su hueco merecido, que lo espera; ahí, y en la antología infalible de la memoria que ha reunido el corazón, el poeta Patrick Kavanagh.


Publicado en La mirada, 133 (El Correo de Andalucía, 10/10/97)

1 comentario:

Anónimo dijo...

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