miércoles, 23 de abril de 2008

Para celebrar el Día del Libro

Recupero un artículo que publiqué hace tiempo:



ROSAS DE ALEJANDRÍA

El hecho es suficientemente conocido, pero merece ser recordado: William Shakespeare y Miguel de Cervantes tuvieron la ocurrencia —última cuenta de su rosario de genialidades— de morirse en idéntica fecha. La fúnebre coincidencia para pasmo del mundo fue el 23 de abril de 1616, una fecha que en tiempos de ellos correspondía sin embargo a días distintos, pues España e Inglaterra se regían a la sazón por diferentes calendarios.
El 23 de abril no tuvo hasta el siglo pasado la consideración de Día del Libro, y eso gracias a Cataluña, donde arraigó la idea de celebrar ese día que además es la festividad de San Jorge, en la que se regalaban rosas. Una coincidencia más que abunda en lo shakespeareano y cervantino a un tiempo: San Jorge es el patrón de Inglaterra (el país de la rosa), y en Barcelona, donde la festividad de Sant Jordi tiene el mayor protagonismo desde el siglo XV, fue donde por primera vez se dio a la estampa el Quijote. 1616 fue un año si no capicúa sí sonoro y de guarismos repetidos, como lo es éste de 2002, en el que en las mesas de novedades de las librerías han coincidido, y ahora no por muerte, sino por la celebrada vida de la literatura, que siempre se renueva, dos títulos que hacen justicia a uno y otro coloso: la novedad absoluta Shakespeare o la invención de lo humano, de Harold Bloom, y la reedición ampliada de Las vidas de Miguel de Cervantes, de Andrés Trapiello. Trapiello, amén de escritor, es tipógrafo, como lo fue Manuel Altolaguirre. Y Altolaguirre editó una revista en homenaje a Cervantes y Shakespeare que se tituló, como no podía ser de otra manera, 1616.
He olvidado decir que San Jorge vivió en tiempos del emperador romano Diocleciano, y murió hacia 303, otra cifra redonda. Por cierto que en latín, la lengua que hablaría San Jorge, liber es al mismo tiempo “libro” y “libre”, feliz coincidencia que viene a refrendar una verdad incontestable a lo largo de los siglos y las civilizaciones: el hombre culto goza de más libertad en su interior, mientras que los tiranos suelen abominar de la cultura.
Como se ve, unos autores llevan a otros, y unos libros empujan, con educación pero firmemente, hacia otros libros, y más en un día como hoy, en el que todo es un torbellino de obras y escritores, generaciones juntas e ínsulas extrañas de engarzadores de palabras e historias. Borges escribió esta sentencia insuperable: “De los diversos instrumentos del hombre, el más asombroso es el libro. Los demás son extensiones de su cuerpo, pero el libro es una extensión de la memoria y la imaginación”.
Hoy, Día del Libro, el eco de Shakespeare y Cervantes llega, sobre las olas del Turco, que baldó el brazo al uno, y con la pasión de Antonio y Cleopatra, llevada al escenario por el otro, a la ciudad de Cavafis y Durrell, en la que se inaugura la nueva Biblioteca de Alejandría, un edificio que nace escaso de volúmenes y que habrá que llenar de vida, es decir, de libros, para que remede a su antecesor antiguo. La Alejandría de los mapas queda lejos. Vaya hoy el lector a las librerías, curiosee por sus mesas y estantes, compre para sí o regale, que suele esto ser mayor placer cuando se atina, y obtenga el descuento que su librero le hará de mil amores, porque hoy todos tenemos algo que celebrar: que en los libros caben los Himalayas y la tundra, la espiritualidad de los monjes y la frívola sabiduría del señor Casanova, la justa infidelidad de una señora en Vetusta y las teorías sobre el origen del universo, un tratado sobre el cultivo de las orquídeas y el relato de las cosas acaecidas muy lejos en tiempo y espacio, adonde no hay pasaje que nos lleve si no es el salvoconducto de un buen libro, ese tesoro siempre al alcance de la mano.



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