domingo, 6 de abril de 2008

Premio de la Crítica para Chantal Maillard


Chantal Maillard acaba de obtener el Premio de la Crítica, en su modalidad de Poesía, por su libro Hilos (Tusquets). Ésta es la reseña que publiqué sobre su anterior poemario, también galardonado, en aquella ocasión con el Nacional de Poesía.



UNA PENA OBSERVADA



Como si su dolor no fuera bastante, y suficiente la largueza de su frustración, T. S. Eliot incrustó en su Tierra baldía unas citas de las Upanishads, punzantes prótesis sobre sus muñones líricos, que se hacen explícitas en las notas que añadió para darle cuerpo al fino volumen en que cifró su angustia y la nuestra. Muy pocos entre nosotros, occidentales remotos, conocen tan bien como Chantal Maillard las Upanishads, esos comentarios o amplificaciones que glosan, merodean sus alrededores y enriquecen los poemas de los Vedas. En periódicos, esos heraldos de muertes ante las que cada vez somos más insensibles, ayer en ABC y hoy en El País, Maillard, ha ido publicando reseñas y artículos sobre libros de estética y filosofía oriental, y ello desde un conocimiento profundo e in situ de la tradición de la India. En ello es equiparable a Mircea Eliade, estudioso y creador él mismo y a quien no cede un ápice en lo que en los estudios tradicionales se designa como sabiduría perenne. Filósofa y profesora, además de poeta, ha pasado temporadas en la ciudad más sagrada del planeta, que no es la Ceca virtual del becerro de oro de Wall Street ni La Meca arábiga, sino Benarés, donde ha ahondado en “la inenarrable pureza, la inenarrable profundidad india”, esa ante la cual según Pierre Drieu La Rochelle “toda nuestra filosofía occidental, de los presocráticos a Nietzsche es sólo una ridícula contorsión”. Así, entre otros libros, es autora de El crimen perfecto. Aproximación a la estética india (1993) y Rasa. El placer estético en la tradición india (1999), además de coordinadora del volumen colectivo El Árbol de la Vida, la naturaleza en el arte y las tradiciones de la India (2001).
Viene todo esto a cuento porque Maillard ha querido en este su último poemario que trata sobre una muerte trascender las abstracciones platónicas (si hay “amor platónico” también debería haber “muerte platónica”) y trasladar, desnudo, concreto, el fin de una vida, tanto más absurdo cuanto que su acaecimiento se muestra exento de sentimentalismos y es además glosado, matizado, puesto en entredicho mediante un correlato o infrarrelato que a pie de página actúa como contrapunto del poema. Matar a Platón es eso, un único poema compuesto por veintiocho secciones que se nos presenta en “V.O. con subtítulos”, ese otro texto con tipografía distinta, la arial deliberadamente prosaica, que viene a ser un relato circular de una testigo de la muerte aquella, una ensimismada paseante que sólo tangencialmente coincide con el espectáculo de vísceras y sangre sobre la calle. Ambas partes están escritas en presente, el angustioso tiempo de las pesadillas, tan empleado en la narrativa de Coetzee y declarado, contra la abstracción, en Cuatro cuartetos (otra vez Eliot): “lo que podría haber sido y lo que ha sido / apuntan a un extremo, que está siempre presente.”
Espero no violentar demasiado el sentido del libro si digo que de alguna manera ambos textos, el poema en sí y sus “subtítulos”, entablan una relación especulativa como Vedas o Upanishads hacen entre sí. Aunque tampoco hay que acudir a otras tradiciones o a la filosofía o a la religión, siempre tan socorridas, pues ahí están los juegos de poleas y mecanismos que atan a poemas con sus títulos, creando artefactos verbales. Recuerdo ahora composiciones de Yeats como “Lamenta el cambio que ha sobrevenido sobre él y su Amada, y anhela el Fin del Mundo” u otros igualmente explicativos y prolijos. En otros poetas, lo general es que los títulos sean aclaraciones, comentarios, sobre lo que sigue. Pero no me vienen a las mientes, y de aquí la originalidad de Maillard, casos de subtítulos que como los suyos trasciendan la glosa y la alegoría para, autónomos, discurrir paralelos al poema (Jenaro Talens intentó algo lejanamente parecido en El vuelo excede el ala en 1973).
Maillard es la hacedora de los poemas, pero sus manos trabajan una materia primordial anterior a ella, llámese dolor o herida. En una página dice: “Pues quien construye el texto / elige el tono, el escenario, / dispone perspectivas, inventa personajes, / propone sus encuentros, les dicta los impulsos, / pero la herida no, la herida nos precede, / no inventamos la herida, venimos /a ella y la reconocemos.”
Escrito unos años después de Matar a Platón, el libro viene acompañado de otro poema largo, “Escribir”, una indagación en ese oficio de tinieblas que es la literatura, y más la poesía, el más despojado e irreductible de los géneros. De algún modo uno percibe correspondencias entre las dos partes del volumen de un lado, y la escisión entre poema y subtítulos en la primera parte de otro. El libro, difícil, inclasificable, extrañamente unitario (como otros de Pedro Casariego Córdoba), es desolador: es decir, cargado de auténtica y honda poesía. Shakespeare estuvo a punto de acertar: somos de la materia de la que está hecho el dolor. Aunque queramos apartarlo y seamos incapaces de compadecernos.




Publicado en Mercurio, 65, 2004







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