domingo, 13 de abril de 2008

Reencuentro con Pablo Marín Estrada




TRES TRISTES CHIGRES

Apenas amortiguado el eco de los elogios con que acogió la crítica a Xuan Bello y su Historia universal de Paniceiros, la misma editorial Debate, aún salpicada de olas del Cantábrico, vuelve a presentar en su colección de narrativa la obra traducida al castellano de un escritor en lengua asturiana, Pablo Antón Marín Estrada. Como Bello, Marín Estrada es poeta y articulista; además, ha cultivado la novela, y se le considera el más prolífico de los escritores de su generación en el Principado. A diferencia de Paniceiros, El amor de la Habana se nutre no sólo de la memoria propia o tribal y de erudiciones varias, sino también, y mucho, de fabulaciones, de invenciones maravillosas revestidas del gris gabán de los falsos sucedidos y los conocimientos espurios, de un costumbrismo o naturalismo, en apariencia, que en el fondo no son sino el hábito de imaginar de un gran creador.
Son páginas en las que hay sucintas aldeas y minas clausuradas, de las que Marín Estrada hace aflorar legítima literatura, el metal más noble de cuantos conocemos; indianos y maquis, caminos y saudades, son algunos, sólo algunos, de los personajes y escenarios de este maravilloso libro de prodigios. Con qué placer leemos sus homenajes a Rosalía o al algo embustero y lírico postrer hablante del gaélico de la isla de Man. Su compatriota asturiano (de una patria sin fronteras a la que vertebran, es un decir, las ondas lo mismo de la mar que de la música) demuestra una sensibilidad exquisita en el narrar, y saberes poco comunes, como el de la vida y obra de don Flann O’Brien, del concejo de Strabane, en Tyrone, semisecreto autor irlandés que Estrada contribuye a presentar al lector de estos pagos.
O’Brien escribió obsesionado por el número tres, como se ve en su novela En Nadan-Dos-Pájaros (a pesar de lo binario de su título), en la que se recogen funéreas y desternillantes tríadas medievales, o, más explícitamente, en El tercer policía. A Guillermo Cabrera Infante, autor de otro libro a cuyo título se asoma La Habana y admirador también de O’Brien, le gustaría saber que las tabernas de Asturias, sus pubs, en dos o tres de los cuales nacen o se desarrollan buena parte de estas historias, reciben el casi borgeano nombre de chigres. En ellos, estas historias tristes y melancólicas pero también alegres y siempre maravillosas, inventariadas unas del acervo popular, inventadas otras.
La literatura, ese oro entreverado de hulla del que hablábamos arriba, tiene esto: que unas calles de La Habana recuerden a Gijón (“A veces, paseando por las calles de La Habana bajo un chubasco tropical, me he encontrado a la vuelta de una esquina con una calle de Gijón en la que también estaba lloviendo a esas horas” en cita de Antonio Ortega que abre las páginas del libro), lo mismo que, como refrendan unas coplillas de Antonio Burgos que ignoro si conocerá Marín Estrada, también evoquen a Cádiz ―no teniendo mucha relación entre sí los dos puertos españoles si no es por esa hermandad oblicua en lo habanero, a la que uno ha llegado a través de la geografía humana de la emigración y otro por la geografía física de emplazamiento― edificios, malecones...
El amor de la Habana tiene ese don impagable, la brevedad (aunque sean treinta y nueve brevedades, una tras de otra); en ello coincide con uno de sus numerosos maestros, Álvaro Cunqueiro, galaico monarca de la distancia corta, del artículo, del cuento: como él, presenta como verídicas situaciones y tipos que sólo surgen del magín del autor. Del muy dotado de Marín Estrada (o de las tradiciones orales que en él confluyen, pasadas por el tamiz de su inteligencia) nace un bellísimo relato, variación del muy viejo del doble, tan de Borges o Poe, como es “Colás de Morana/Owen Moor”, a cuyo lado palidecen las cuatrocientas páginas del reciente El hombre duplicado de José Saramago.
Marín Estrada aparenta ser un tanto tímido y lacónico al natural, como si se estuviera reservando para, junto al fuego, narrarnos sus historias en las noches ociosas de un verano de eterna juventud artúrica en Avalón, entre culines de sidra y mozas de ojos muy abiertos ante lo sobrenatural, en otros chigres si, no tristes, melancólicos por célticos. En irlandés, a la tradición oral se la llama béaloideas. Belleza, en nuestra lengua, es palabra que cuadra a la magia del contar de este paisano del norte.



(El caso es que no encuentro ahora dónde publiqué esta reseña).

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