lunes, 31 de marzo de 2008

Sobre Seamus Heaney




El próximo 18 de abril, Seamus Heaney hará una lectura comentada de sus poemas en el festival Cosmopoética de Córdoba. Y allí estaremos. Con este motivo, y para abrir boca, cuelgo aquí esta reseña de Luz eléctrica publicada hace algún tiempo. Revelaré ahora, ya que no lo hice en su día, que solas en irlandés significa "luz", por lo que a las claras queda mi retruécano:






SOLAS

Va para diez años que Seamus Heaney recibió el Premio Nobel de manos de la Academia sueca, ese Sanedrín ario y literario cuyos integrantes descienden de los vikingos que en la Alta Edad Media asolaron, al tiempo que forjaron en feliz aleación con lo celta, esa joya que llamamos Irlanda. No es baladí este parentesco, pues Heaney tiene poemas en los que aparecen sacrificios humanos y tradiciones de la Edad del Hierro en Dinamarca, a los que un día vio como trasunto de la vida que se abraza obscenamente a la muerte en su propia patria. Esto sucedió durante la primera mitad de su obra, particularmente en Norte (1975). Luego, hace pocos años, el poeta regresó a una Escandinavia literaria y arcaica —gautas, daneses— en su fabulosa versión del poema anglosajón Beowulf (una epopeya que ha tenido la fortuna de haber sido puesta en inglés moderno no sólo por el propio Heaney, sino también por uno de los mejores poetas escoceses, Edwin Muir, además de por J. R. R. Tolkien, según se ha conocido recientemente).
Ya en 1995 Heaney era considerado como una de las voces imprescindibles de la poesía en lengua inglesa. Hoy ese status no ha hecho sino acrecentarse. Quien comenzó siendo un humilde profesor, hoy, cuando le apetece, condesciende a ocupar cátedras de poesía en Harvard u Oxford, menudas bagatelas, al tiempo que su agenda como conferenciante permanece ocupada para las próximas temporadas líricas, y ello sin divismo alguno, que, campechano ilustre, parece que en cualquier momento Heaney vaya a subirse a un tractor y roturar un campo u ofrecernos la compra de unas lustrosas terneras en un mercado de ganado de su tierra.
Luz eléctrica es el más reciente de sus poemarios. En él, sus fidelidades conocidas a Virgilio y al Dante, así como a Shakespeare, cuyas obras aparecen en más de un poema. Más que católico en sentido lato, Heaney es por muchos conceptos y desde lo etimológico un poeta universal, abarcador, que sabe, como Patrick Kavanagh, que en las rencillas de una aldea irlandesa late el germen de la Ilíada, lo mismo que está contenida en Asturias (donde vive su hermana) también Irlanda, o en uno de sus “Sonetos de la Hélade” la violencia tribal del Ulster, y en otro, dedicado al Parnaso, los nombres gaélicos para “Monte de la Poesía”: Slieve na mBard, Knock Filiocht, Ben Duan (mezclando más de lo que él mismo imagina formas propiamente gaélicas y otras hiberno-inglesas). Con poemas en recuerdo de Ted Hughes o Joseph Brodsky, con un lamento por otros bardos escoceses, la segunda parte del libro posee un marcado tono elegíaco, sombrío, que llega a su consumación en el poema que da título al libro y que nos presenta al niño que él fue descubriendo la luz eléctrica en los años cuarenta del pasado siglo, una luz que es apenas un destello ilusorio en la creciente oscuridad del adulto.
Los ecos clásicos, y hay muchos, son en Heaney motivo para el diálogo: de él mismo con los poetas del pasado, y de su tradición insular con lo pastoral grecolatino: así la “Égloga de Glanmore”, cuyas cuatro últimas estrofas son la adaptación de unos versos irlandeses altomedievales, algunos atribuidos a Finn, que se enmarcan en el cultivo de la poesía de las estaciones cultivada por sus compatriotas de antaño. Hay también glosas y versiones, como la de una conocida cuarteta de Mo Ling (siglo VII), que alude a las paradojas de la edad. Probablemente no sea gratuita su elección y refleje el ánimo, o el deseo, de Heaney: “Entre los jóvenes de juerga / me toman por alguien más joven.”
Dámaso López García ha realizado una traducción bastante exacta en cuanto al contenido, pero que carece, ay, de intensidad poética en español. No exagera ni un ápice cuando confiesa: “La traducción de la poesía de Heaney es compleja y difícil; tal vez, incluso, sea la suya una poesía imposible de traducir [...]. No es sólo un problema de la lengua, que se sirve de localismos a veces difíciles de interpretar, sino también del universo de referencias del poeta, complejo y vasto a la vez.” Apenas le hemos sorprendido errores de bulto, pero es preciso observar que en la versión libre de la égloga IX de Virgilio, the boyo with the horns no es “el buey de largos cuernos”, sino “el menda de los cuernos”, un sátiro (boyo es forma hibérnica y popular de boy). Mas no seamos puntillosos ni petulantes. En su haber están las impecables notas que facilitan la comprensión de estos textos tan a menudo cuajados de referencias y alusiones (a menudo a poemas anteriores del propio Heaney, como los “Sonetos de Glanmore”). En su debe, la afirmación de haber eliminado erratas de la edición inglesa de Faber, cuando algunas nuevas se han deslizado en los originales, como ya nos tiene acostumbrados la editorial Visor, que debería imponerse como una prioridad tener correctores. A propósito, y esto va para Heaney, no para su esforzado traductor a nuestra lengua: el nombre exacto del lugar donde fue asesinado Michael Collins es Béal na mBláth, no como escribe el Nobel (véase el poema “Establo de caballos”), quien se olvida de los acentos gráficos y tropieza como un escolar, que no un scholar, al declinar en genitivo plural. Hoy, al catedrático de Oxford y Harvard lo catearían en irlandés si obtuviera el inalcanzable premio de volver a la juventud en su Colegio de San Columba, en Derry. Por contra, alcanzaría todas las matrículas de honor en poesía o en creative writing por más que algunos, como denuncia Dámaso López García, hayan visto en este poemario un agotamiento de su inspiración.
“Subsistiendo más allá de la égloga y la traducción” (Subsisting beyond eclogue and translation, un verso suyo), como tantos grandes poetas Heaney está cada vez más preocupado por el tema del tiempo, lo que en otro verso queda enunciado como in the everything flows and steady go of the world (“en el todo fluye y el quieto caminar del mundo”); esto se ve, entre otras cosas, en la presencia, que recuerda a los Cuartetos eliotianos, de los tiempos verbales en expresiones como the continuous / Present of the Bann (“el presente / continuo del Bann”), o divulging into future perfect tense (corrijo de nuevo a Dámaso López García y su por lo demás notable traducción: “divulgando en el futuro el pretérito”, no “divulgando en tiempo de futuro perfecto”).
Seamus Heaney gusta de la polisemia, de las diferentes interpretaciones en sus títulos: así sucedía en Norte, donde se aludía a pantanos y a la arqueología danesa como correlato de la envenenada realidad de su provincia. Lo mismo sucedía con El nivel, donde se jugaba con la palabra espíritu (The Spirit Level). Así sucede, creo, con Luz eléctrica. Uno de sus anteriores poemarios se titulaba Viendo cosas. Parece que, conforme se va haciendo cada vez más tarde, con la vista cansada, Heaney ha de emplear la luz eléctrica del oficio. Frente a la espontánea inspiración de la mañana, el artificio, la técnica poética de un gran orfebre, un ingeniero del verso. Arte, añoranzas, la música del pentámetro, es cuanto le queda al bardo. Nada más y nada menos. Solas, las palabras lo iluminan.


Publicado en Clarín, 45 (2003)



3 comentarios:

José María JURADO dijo...

Antonio,
¿sabes si hay problemas de aforo en estas jornadas?

Antonio Rivero Taravillo dijo...

Supongo que podrá asistir todo el que quiera (aunque, bueno, no me quites ese sitio en primera fila, que yo lo he visto primero). En serio, mira el enlace de Cosmopoética que tienes en la columna de la izquierda. Quizás ahí diga algo. Pero, repito, no creo que haya problema.

José María JURADO dijo...

Gracias, ya lo había mirado, sin encontrar detalle, era por si habías ido otros años. La poesía, se entiende, no atrae a masas, pero ¡ay! Los Nobel.