En el escaparate.

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© Juan María Rodríguez

sábado, 5 de abril de 2008

Trapiello, poeta


BELLEZA Y VERDAD



Rama desnuda, que recoge ocho años de quehacer poético de Andrés Trapiello, es el libro de un poeta romántico y hondo que, si bien vive en la última década del siglo XX, comparte sentimientos, intuiciones, escalofríos, con maestros en el oficio y en la vida como John Keats o Giacomo Leopardi.
No es gratuito traer a esta página a los autores de Endymion o los Canti. El primero está presentísimo, en fantasma, en la “Oda a un ruiseñor” que ocupa tres páginas en la primera parte del libro. Con sus endecasílabos blancos, tan propicios a la serena introspección, parece que estuviéramos escuchando al mismo Keats, pero es Trapiello quien habla, fruto de la observación de la naturaleza, de la contemplación que prorrumpe en música: “Insomne ruiseñor del olmo muerto, / ¿también tú rememoras al cantar / las otras primaveras con nostalgia, / todas las frondas donde hiciste el nido, / los dulces años para ti pasados?”. El poema es un diálogo fértil entre Keats y Trapiello, y aun entre éste y Leopardi, pues un racimo de versos de acíbar remite, también sin nombrarlo, al gran solitario italiano, y en particular a su composición “La noche del día de fiesta”. Es de nuevo Trapiello, y no Leopardi, quien escande estos versos dolorosos: “Cuando era muchacho y no quería / sumarme a tanta fiesta y me guardaba / sin sosiego en mi cuarto por hacer / tanta inquietud más breve, me asomaba / a la ventana que se abría sobre / un mundo que también yo supe estrecho, / y miraba la luna y la envidiaba / en su infinita errancia [...]”.
¿Poesía romántica? Sin duda, pero no una mera imitación, sino fruto del compartir un sentimiento con otras almas afines. Luego hacen aparición en el mismo poema Madrid, el Rastro y el Manzanares; no, no estamos en Recanati, ni en la colina de Hampstead del ruiseñor keatsiano. Curiosamente, el poema que precede a éste se titula “Primeras rimas del otoño” (recuerda en sus imágenes a la oda “Al otoño”), lo que acentúa el sabor romántico, a lo Keats, de estas páginas. Pero un poema menos explícitamente en su estela y que sin embargo tiene un notable y hermoso paralelismo, no sé si inconsciente, con la “Oda sobre una urna griega” es “Flores, galas”, donde la ática armonía del mármol pasa a las fotografías de sus padres, inmovilizados, perennes en un instante duradero. Trapiello se dirige a ellos, en el futuro (“Tú quedarás entre esas flores rojas, / con la blusa del aire y la mirada...”), igual que Keats lo hacía a las figuras representadas en la urna:

No dejarás tu canto, bello efebo,
ni perderán los árboles sus hojas;
nunca puedes besarla, osado amante,
tan cerca de tu meta, mas no sufras;
no se ajará aunque no alcances tu dicha,
siempre la amarás y ella será hermosa.


Y el resultado es de una gran belleza: la inmovilización del tiempo que fluye. Después está, como se apuntó arriba, el gran romántico italiano. “Al leer a Leopardi” es un poema que muestra una vez más el amor de Trapiello por este autor, sobre el que ha escrito algunas páginas memorables.
Muchos de los poemas más imborrables de Rama desnuda están escritos o se ambientan en Las Viñas, la residencia campestre de Trapiello, en sí un mundo idílico y cerrado en la naturaleza que comparte mucho con el Cockermouth o el Mount Rydal de Wordsworth, un paisaje abonado para la lírica. Si Wordsworth halló su inspiración en esa extrema región de los lagos, Trapiello lo hace entre los lagares extremeños; si aquél contempla las cimas de Cumbria, éste hace lo mismo con las cumbres de Gredos.
Pero todas las concomitancias románticas serían de poco o ningún valor si Trapiello no alzara el vuelo sobre el homenaje o el eco: hay mucha verdad en sus versos, verdad propia y no simplemente recibida en préstamo, heredada. Uno de los poemas más personales del libro, y también uno de los más bellos, es “Veinte peniques”, un monumento de amor paterno en el que sabiamente se extraen todas las potencialidades de una anécdota de muchachos. No faltan tampoco canciones y estrofas de arte menor, octosílabos, heptasílabos, que caminan por la senda de A. Machado, JRJ o Bergamín.
Esta página no da para más. Otros hablarán de cualidades para las que no queda ya espacio. Hay poemas aquí a los que no les hace justicia decir que están entre los mejores de los publicados este año: no son flor de un día; reverberan hoy, como mañana harán, no tocados por la sombra del tiempo.

Publicado en Culturas, 115 (Diario de Sevilla, 10/5/01)