sábado, 17 de mayo de 2008

Hazañas bélicas


En la guerra desigual que uno va librando contra el Tiempo, siempre cruenta de pequeñas estocadas suyas, traidoras, que nos van descosiendo el alma y su continente, destacan por su inútil gallardía los esfuerzos de la literatura que uno esgrime en su descargo, fintas que apenas le oponen un gesto, un arrogante enemigo desbaratable. Con la precisión científica de Von Clausewitz sabemos que el desenlace sólo puede ser uno: el que ha de ser sin duda y será, como tuvo que ser que la caballería polaca, en un claro homenaje póstumo y culto al Tennyson de “La carga de la Brigada Ligera”, quedara romántica y literalmente aplastada por los engranajes y ruedas dentadas de las divisiones Panzer, con su maquinaria de mortífera relojería, es decir, de Tiempo.
El de los polacos y el palique, si no oral, impreso: dos maneras y ademanes contra Cronos, ambos igualmente vanos pero hermosos también los dos en su resistencia. En esa encrucijada de torre ebúrnea y muros numantinos, ahí está uno de los terrenos de la escritura, su hazaña bélica o babélica.
Como en el ajedrezado tablero de coordenadas —espaciotemporales diríamos si no fuera palabra horrísona—, el autor va moviendo sus piezas. A los peones de esta partida quiere cantar este otro peón, aún casi blanco: a los artículos con los que se va despachando al menor el talento, donde lo haya; la fiel infantería que tantos escritores han adiestrado y enviado contra el enemigo, que viene a veces aliado con el hambre y azuza el ingenio. El del artículo es, sí, un género menor y numeroso que poco tiene que enfrentar en comparación con otras armas o ejércitos, ya sea la poesía o la novela. Y sin embargo, en este terreno de las columnas que buscan su soldada ha habido y hay Patons, Montgomerys, Rommels; Ruanos, Cunqueiros, Umbrales. Entorchados mariscales y también clandestinos caudillos partisanos.
Por este espacio de La mirada, sin ir más lejos, se ha ido desplegando ante el lector curioso un vasto y capaz “Rincón de páginas perdidas”, una casa de huéspedes que, en sepia, como en retratos de antepasados ilustres, ha ido albergando artículos de don Ramón María del Valle-Inclán, José Bergamín, Emilio Carrere, César González-Ruano, Julio Camba y otros muchos nombres, eufónicos pues siempre su mención despierta el eco de una excelente prosa que en leyéndola nos prende, de la que nunca dejamos de aprender.
Vemos en los grandes articulistas, que casi siempre son los de vasta obra —trabajo— en el género, una impedimenta que a las veces rompe en textos de más envergadura, pero que en sí misma, en traje de paseo o de faena, es de admirar con esa boca abierta del niño que se fascina en el desfile o ante imágenes de la marcial propaganda, con ese embelesamiento de quien ignora o quiere ignorar las miserias y los desastres de la guerra que son también las vidas de los escritores que se baten con la muerte por un plato de lentejas, por una ración de gloria, que es lo mismo.
Los hay que se dedican al artículo, que siempre sorprendemos como una escaramuza en los partes de guerra que son revistas y suplementos, con la idea de poder así ganar palmo a palmo el territorio de su literatura, como el espacio vital o zona de seguridad que les permita ir levantando páginas más ambiciosas, volúmenes mayores, alcanzar mayor hondura. Con la calderilla del artículo, llenar la bolsa, el fuelle del que sacar los afinados sones de la creación. Pero en el escribir diario y para la prensa se dan muchas bajas que desangran al ejército. Se distraen energías y efectivos, se movilizan demasiadas fuerzas para lo que no deja de ser, conceptualmente, la retaguardia de la obra, y se echa un velo de humo sobre los verdaderos objetivos.
No es menos cierto que hay escritores que descubren en la guerra de guerrillas del artículo periodístico su propia identidad, la mejor disposición de su estilo, una forma de campear en la que cada vez se sienten más cómodos por pegarse al terreno, por adaptarse a sus pliegues, claudicando ante esa voz interior que les pedía más altas campañas y conquistas. Desde la humildad de estos soldados rasos que se reenganchan siempre en las mismas páginas van, mediando la experiencia, sucediéndose los ascensos que hacen alféreces en poco tiempo. Unos cientos de artículos más imponen a éstos los fajines o fajas publicitarias, aquellos que separan al mercenario del héroe, al oscuro cronista del autor de best-sellers.
Un tipo de libro que casi nunca defrauda es el de la recopilación de estos escritos, a los que así se salva de su condición efímera y de reemplazo. Son batallones que vertebran lo disperso, y por su carácter de varia lección siempre tienen unas líneas —no enemigas— de interés para todos, para los cualquiera que somos muchos y distintos. Para su autor tienen el valor añadido de pasar dos veces por caja (aunque ya se sabe que la paga es pobre y no siempre hay botín que repartir).
Y se da, por último, el caso de que hay libros que nacen con la idea de reunir diferentes ensayos, incluso poemas, no anteriormente publicados: de este bando de fuerzas irregulares surgen las aprestados comandos, que valen por divisiones, que son algunos libros de Borges. Sus bases y evoluciones, sus tácticas y armamento, son universalmente espiados por la Inteligencia.


Publicado en La mirada, 119 (El Correo de Andalucía, 5/9/97)

1 comentario:

Jesús Sanz Rioja dijo...

Pedro de Miguel, q. e. p. d., publicó hace poco "El articulismo español contemporáneo", con una antología de Pérez Galdós para acá, que da idea de la importancia ya històrica del género.