domingo, 4 de mayo de 2008

Vida y crítica literaria

Thomas de Quincey


VIDA Y CRÍTICA LITERARIA

Nada le agradaría más a uno que reseñar, favorablemente y por extenso, con una gavilla de argumentos que se fueran entrelazando con el espigado grano de la sabiduría y el arte, la vida que le ha sido dada; hacerse eco de ella como de un libro nuevo que llega de la imprenta, lleno de promesas y posibilidades. A ese crítico —más que benigno, entusiasta— de su propia vida, le gustaría declarar las excelencias de la obra, su elegante estilo y, sobre todo, su argumento feliz. Una trama que culminase dichosa tras muchas y entretenidas aventuras, lacada de episodios admirables y dificultades salvadas, chispeantes anécdotas más de almíbar que de acíbar, y todo ello no demasiado prolijo, de proporciones netas y expresión ajustada.
Se trataría en suma de ponderar el libro de una vida a la que se es favorable porque así lo es ella con quien la juzga, de ensalzar las virtudes que adornan al protagonista metido a crítico: si no honda reflexión, sí la operación reflexiva y egotista de las matemáticas que nos enseñaron en el colegio, la autarquía de una flecha que trazaba el recorrido de un boomerang sobre la pizarra.
Otras veces, uno imagina su biografía no como algo hecho a posteriori y para la posteridad, cuando ya no puede aprovecharle su lectura, sino como un guión que le sería dado antes de principiar el drama, sobre el que si es menester y se está de ánimo se puede discutir con el autor o en su defecto con el director de escena (otras veces, la vida es de tan baja índole que sólo consiente ser tratada por el apuntador). Para el crítico-intérprete se trataría del “papel de su vida”, concebido para su lucimiento y para llenar de letras gruesas los carteles de los teatros. Tal vez para conquistar a una chica del público, y en todo caso para alimentar su vanidad, que no suele ser pequeña en los grandes artistas.
En esa recensión o crítica de su existencia, uno debería seguir los cánones de este género menor y poderoso y aducir no menos de seis o siete autoridades irrefutables —Cervantes, Borges, Rabelais, Wordsworth...— además de alguna menos obvia y caprichosa, para pavonearse de abundosas lecturas y prolongado comercio con los grandes escritores que en el mundo han sido.
También sería cosa de oponer alguna objeción menor, con esa bienquiescencia del que se cree oráculo del porvenir y faro de jóvenes literatos, a los que a veces un requiebro viene acompañado de un reproche leve que más que ensombrecer realza su dibujo.
Y en punto a sombras, a uno le gustaría, sí, ir por esas calles tétricas de la especie humana como Diógenes con el farol, y no ser un personaje más de Luces de Bohemia, parte de un esperpento. Aunque siendo sinceros y realistas, mejor sacrificar la hondura turbadora de Hamlet a la plácida y amable comedia de la temporada o el vodevil de turno; ser pareja de una prima donna cualquiera, no vil vasallo de la miseria y la muerte, que es lo que suele tocar en el reparto.
De no poder ser el relato entretenido y con happy ending que uno quisiera, pedir al editor —Dios, el Hado, quien fuere— que nos publique y dé vida bajo la forma de un considerable fárrago —con el tedioso estilo que barniza al prestigio literario y académico— de una novela postmodernista, engendradora a su vez de una crítica aún más adormidera y deconstructivista trufada de citas de Lacan, Derrida y Barthes. Demoler en la molicie de uno, todo bostezos, la vida hastiada como en una página de Thomas De Quincey. Pasar de este sopor al sueño eterno.


Publicado en La mirada, 109 (El Correo de Andalucía, 2/7/97)


2 comentarios:

Albe dijo...

Fantástico blog,Antonio.
Al fin he decidido navegar en sus procelosas aguas...y desde luego que hay ganancia de pescadores!!
Tendré que hincarle el diente con más tiempo...y más salud,dicho sea de paso.

PD:Soy Antonio;ya sabes...un fan de la literatura anglosajona
;)

Antonio Rivero Taravillo dijo...

Bienvenido, Antonio, y vuelve cuando quieras. Sé que tenemos muchos intereses en común. Cuídate, amigo.