lunes, 16 de junio de 2008

Cuarentena (8)

8

A lo largo de un pasillo tapizado de flores secas, de ramas marchitas, y de hojas arrancadas, dos amantes se dirigen a una estancia. Es una habitación que da a una calle populosa, y conforme avanzan el rumor se hace algarabía: voces humanas, ladridos, fragor y todo el hervidero de la ciudad. Él y ella, cogidos de la mano, entran en la estancia y se colocan junto a un ventanal que se asoma a la calle. Entonces él, rodeándola con su brazo derecho, extiende el izquierdo y señala a una anciana que abajo camina entre la multitud. “¿Ves? He amado a esa mujer, debes saberlo”.
Su compañera deja caer su mirada sobre la vieja y no da crédito a sus ojos. Del cuervo encorvado y cano pende una formidable araña que va trenzando su hilo, ligándolo a los árboles, las rejas de una cerca, una chimenea. Toda la calle es una amplia telaraña, y cuando ella se vuelve interrogante hacia él sólo tiene tiempo de verlo un instante, pues ya está descendiendo por un hilo para reunirse con su anterior amada. Lo llama, le grita, pero es en vano. Llegado este extremo, ella gira sobre sus talones y regresa por el mismo pasillo. Detrás quedan flores que se abren, ramas que recuperan su lozanía, hojas que vuelven a sus tallos.

2 comentarios:

Irene dijo...

Me ha puesto los vellos de punta... como me pudo suceder antes con, por ejemplo, algún poema de Poe o algún texto de Kafka.

Llevo unos días leyéndote, pero hasta hoy no he sentido el impulso de "comentarte".

Antonio Rivero Taravillo dijo...

Comenta sólo cuando sientas la necesidad de hacerlo. Yo sólo escribo cuando tengo el impulso, no por cultivar las "bellas letras" o hacer literatura. Bienvenida al blog y a esta cuarentena, que se nutre de obsesiones y ensueños de la vigilia.