miércoles, 18 de junio de 2008

Cuarentena (9)

9

Suenan sirenas en el muelle, un barco zarpa y se aleja. Otro aguarda para entrar tras la rada del puerto. Las gaviotas alocadas no consiguen acallar a las sirenas, y un hombre y una mujer hablan y hablan para evitar esa palabra definitiva que los separará para siempre. Sobre el equipaje —¿de quién de los dos?— hay un abrigo, y sobre la línea del horizonte una gran moneda que como un pan de oro tornasola las nubes y el cielo de amanecer. En ese instante en que se abrazan, un extraño con una gorra calada hasta las orejas, barbudo y proveniente del pasado, le toca a él en el hombro, y al volverse le da una puñalada donde presume que late el corazón. La mujer, viendo esto, cambia su abrazo por el del homicida y propina una bestial patada al cadáver. “Ya no te irás, no te irás, no te irás”. Las sirenas apagan su voz. Una gaviota bebe del cuchillo.

4 comentarios:

Mery dijo...

Mas, cuando ella se aleja, apoyando todo el peso de su cuerpo y de su corazón en el brazo áspero del extraño, siente que de sus ojos brotan lágrimas de sangre, y cierra los ojos con fuerza.
No sea que la gaviota alce el vuelo desde el cuchillo y se cebe en el gris de su mirada.

Antonio Rivero Taravillo dijo...

Lágrimas rojas, gris mirada. Me gusta. Un microrrelato con estrambote o dos microrrelatos con un solo argumento. Gracias por colaborar.

Irene dijo...

"... Las sirenas apagan su voz. Una gabiota bebe del cuchillo".

Otra sirena suena en la habitación. Es el despertador en forma de barco que él le regaló hace tiempo, al principio, cuando partió por primera vez como marino mercante.

La mujer, al despertar no sabe dónde se encuentra... poco a poco va tomando conciencia de la realidad y piensa: hoy, hoy voy al puerto, hoy él ve va...

Pd.- Obvio, demasiado recurente, pero... como me dijiste que siguira mi "impulso" aqúí tienes otra aportación. Un abrazo

Antonio Rivero Taravillo dijo...

Si la gaviota supiera la capacidad de sugestión que ha tenido... Me siento volver a mi querida e irreal Edad Media, con vuestras glosas a mi manuscrito de monje o hereje. En cierto modo, y por apurar las posibilidades de la sirena, la mujer lo es -la mitológica-, aunque camine por el muelle; y el hombre, Ulises, que quiere continuar su periplo.