viernes, 13 de junio de 2008

Glad and Sorry Seasons as Thou Fleet'st




Un artículo escrito y publicado hace tiempo en El mirador, 5 (Diario de Andalucía, 18-6-00) :


EL CORRER DEL AÑO EN EL SONETO ISABELINO

Hace justamente diez años, otro día de enero (no sé si tan lluvioso como hoy) presenté a mi profesor de cuarto de literatura inglesa en la Universidad de Sevilla un trabajo sobre este tema, centrado en el marco del que se ocupaba dicha asignatura: los siglos XVI y XVII. Aquel ensayo se titulaba como éste, aunque bien mirado entonces se trataba del subtítulo que aclaraba el uso, como título, de una cita del soneto XX de Shakespeare: Glad and sorry seasons as thou fleet’st. El sujeto de ese sintagma es el que él llama Devouring Time, Tiempo devorador. Como este artículo no está publicado, me traduciré y plagiaré a mí mismo recogiendo algunas ideas.
Está ampliamente extendido el recurso por el cual la primavera es sinécdoque de vida, juventud, florecimiento; de igual modo, el invierno representa frío, muerte y desolación. Esto es constante en todas las literaturas, y en nuestra tradición occidental sólo hay algunas excepciones, producidas casi siempre por los efectos del amor y la pasión, que confunde los sentimientos mezclando la risa con las lágrimas, el fuego con el hielo. Así en las canciones cuarta y quinta de Jaufré Rudel, donde se lee en traducción de Luis Alberto de Cuenca y Miguel Ángel Elvira: “Me gusta el verano y el tiempo florido, / cuando entre las flores los pájaros cantan, / pero es más gentil aún el invierno, / que en él es mayor el gozo que alcanzo”, o esto otro: “ y ni los cantos, ni las flores del blanco espino / me placen más que el helado invierno”. Conocidos son los versos de Petrarca en sus sonetos CXXXII, CL y CCXVII. El primero de éstos dice e tremo a mezza state ardendo il verno (“y tiemblo en el verano, ardo en invierno”).
Entre los isabelinos, sólo Sir Philip Sidney se hace eco de esa paradoja en un soneto que ilustra esa mentis insania, como Ovidio definió al amor:

With such bad mixture of my night and day,
That living thus in blackest winter night,
I feele the flames of hottest sommer day.


Con tanto caos de mi noche y día,
que en la noche más negra del invierno
siento el fuego de un día de verano.

No contento con la antítesis petrarquista, el autor de Astrophel and Stella añade otras dos que corren parejas: noche y día, y aún más en los epítetos (la noche más oscura, el día más caluroso). Pero este desorden mental de Sidney no evita que en el resto de los grandes poetas contemporáneos y compatriotas suyos, el Samuel Daniel de To Delia, el Spenser de Amoretti y la culminación de todos, el Shakespeare de los Sonnets, el tema, que es el amor, transcurra por el cauce más extendido de la oposición primavera/invierno, ya sea con el nombre explícito de las estaciones, ya con variantes de la primera (verano, estío), o con los meses pertenecientes a cada una de ellas. En el fondo se trata de la oposición buen/mal tiempo.
El tópico se enfatiza por el empleo de frecuentes epítetos, especialmente en las obras de Spenser y Shakespeare. Así, la primavera, y no es raro, es adjetivada como lozana, fresca, esplendorosa, hermosa; abril, como encantador y proud-pied (“de espléndido colorido”), mientras que al invierno se le tilda de triste, horrible y frío. En descargo de la falta de imaginación de los vates habría que reconocer que se movían en el terreno de fuertes convenciones literarias y que como en tantas otras formas de poesía, a veces, estos vocablos actúan como mero relleno del sistema acentual o métrico.
También en el soneto isabelino (por ejemplo, el XCVII de Shakespeare o el XXXVII de Daniel) se utilizan las estaciones como metáforas de la edad, algo que sólo se daba en dos de los últimos sonetos de Petrarca (los CCCXV y CCCLIII). La mínima presencia de este segundo aspecto en el Canzoniere demuestra que el fondo de los símiles estacionales proviene de otras fuentes, como de hecho parece que en aquel momento la influencia italiana había decaído y que los poetas volvieron sus ojos a los autores clásicos, especialmente Ovidio, en quien verán la inspiración para muchos sonetos, especialmente los XXX-XXXVIII de Daniel y buena parte de los que el de Stratford dirigiera a su Fair Lord.
En una tradición que procede del libro XV de las Metamorfosis, las estaciones representan los diferentes períodos de la vida de una persona y, como Stephen Booth señala, ese pasaje era familiar a los isabelinos gracias a la traducción de Arthur Golding publicada en 1567. Ya en Astrophel and Stella hay muestras de ésto: “el mayo de mis años”, que tendrá eco en el “abril de mis años” de Daniel o en el “dichoso abril de su esplendor” de Shakespeare. Y aunque algunas expresiones puedan estar elaboradas con los mimbres de lo paremiológico, sin duda son ovidianos los versos 5-8 del soneto V de Shakespeare, casi una traslación:

For never -resting Time leads summer on
To hideous winter and confounds him there,
The sap checked with frost and lusty leaves quite gone,
Beauty o’ersnowed and bareness everywhere.

Pues el Tiempo incansable al verano hunde
en terrible invierno, y en él lo ahoga:
la savia helada y deshojado el árbol,
bajo nieve arruinada la belleza.

Este marchitarse de la belleza con la edad hace que el poeta vea la suerte futura del ser amado: el Tiempo, así, con mayúsculas, lo estropeará, y vendrá la Muerte. De aquí, el viejo motivo de Horacio (carpe diem) y Ausonio (collige, virgo, rosas), tan frecuentes en la literatura del Renacimiento y posterior, no sólo en la poesía inglesa, también en la francesa de La Plèiade y en la nuestra hispana (paradigmáticos son los sonetos de Garcilaso y Góngora que se abren, respectivamente, con los versos “En tanto que de rosa y de azucena” y “Mientras por competir con tu cabello”).
En una de las piezas que inspiraron a Shakespeare muchos de sus sonetos primeros, Samuel Daniel pide a su Delia que haga uso de las sonrisas de su estío antes que el invierno caiga. La misma idea, con una más explícita demanda de amor, está expresada por Spenser (soneto IV); según él, sólo el amor puede llenar de dicha los días primaverales:

Then you, faire flowre, in whom fresh youth doth raine
Prepare your selfe new love to entertaine .


Hermosa flor que bebes juventud,
a un nuevo amor apréstate a entregarte.

Será Shakespeare quien dé un toque más personal a esta imaginería empleándola con una intención diferente. No deja de ser significativo que no haya alusión alguna a las estaciones en el grupo de sonetos dirigidos a la Dark Lady, pues ella no es dulce ni hermosa según el gusto convencional. El Tiempo no puede mancharla porque ya de por sí es oscura. Por el contrario, las composiciones cuyo destinatario es el Fair Lord, poseen, con Samuel Daniel, el más alto índice de uso de metáforas estacionales de entre todas las series sonetísticas del período, muy por delante de Spenser y Sidney.
La originalidad aquí de Shakespeare hay que verla en que siendo su “amado” varón, lo que pide de él, del misterioso engendrador de sus mejores sonetos, es que perdure teniendo un hijo que lo sobreviva (sonetos I-XVI). Para ello despliega toda su retórica y poder de persuasión, y las estaciones comparecen para subrayar la transitoriedad de las cosas humanas, no con un afán moral ni religioso, sino para eso que se solicita en el verso con que principia el soneto inaugural: From fairest creatures we desire increase, “de lo más bello ansiamos sucesión”.

1 comentario:

Mery dijo...

Pues qué decirte, sino que me ha resultado estremecedor leer tu artículo. Es excelente el estudio que realizas através de épocas y autores, ese ir y venir de epítetos, sonetos, modas.

Si fuera escritora, y si de mi pluma brotaran versos, para ser mas exacta, ponderaría las bondades del invierno, sus fuegos y melancolías, sin duda alguna.

Así que adentrarme en tu texto ha sido, por muchas razones, un espejo en el que mirarme. Y también una fuente de varios caños a los que seguir en su corriente, porque tal diversidad de información es digna de masticar (o beber, por seguir con la imagen).
En fin, que, gracias.