viernes, 27 de junio de 2008

Impuestos



Ahora que acaba el plazo de la Renta, el famoso IRPF, rescato un artículo que publiqué en la revista El Libro Andaluz, 24 (Málaga, 1997).


TRIBULACIONES Y TRIBUTOS


Lo dijo Benjamin Franklin y no es muy halagüeño el panorama: “En este mundo, de nada se puede estar seguro, salvo de la muerte y los impuestos.” Lo primero es, en verdad, irreparable. Lo segundo — viviendo en sociedad hasta que llegue esa otra certeza—, si bien necesario es también perfectible. Y si el hombre se afana en intentar demorar la primera, dulcificarla, y sueña a veces incluso con vencerla, ¿por qué resignarse ciegamente en lo segundo? ¿No ha sido el propio Estado al que se le deben quien, en menos años de los que cuenta una mano, ha cambiado los impuestos que gravan los libros del 6 al 3, y de éste al 4%? En la cosa pública no hay verdades inmutables: no nos conformemos pues con lo que hay hoy, que no es necesariamente lo que habrá mañana.
Va siendo ya largo, y cansa, el número de años que hace que los sectores a los que atañe el mundo del libro reclaman la supresión del impuesto sobre el valor añadido para éste, algo tan sencillo como la conversión del porcentaje actual en una tasa cero, como sucede en países que no por ello se han arruinado y gozan, bien al contrario, parejamente, de una sólida Hacienda y una floreciente industria editorial, como es el caso del Reino Unido.
Lejos de lo que suele pensarse, tal vez por lo repetido del argumento, no es sólo en la incidencia en el precio final del libro y sus consiguientes abaratamiento y mayor accesibilidad al lector —con ser esto mucho y algo que nunca se ponderará lo suficiente— donde se daría un beneficioso cambio con el mencionado IVA cero. También esto afectaría de forma sustanciosa y sustancial a la labor de editores y libreros, escribidores y traductores, cuyos esfuerzos uno diría que deben ir más dirigidos a los libros como obras impresas que a esos otros libros espurios que se usan para anotar la entrada y salida del dinero, de activos y pasivos, de asientos y balances. Tan verdad es que un librero, por ejemplo, es un pequeño empresario como que no es estrictamente, no únicamente, un comerciante más. ¿Y qué decir del editor que decide seguir adelante con unas colecciones cuya rentabilidad, en cualquier otro campo productivo, incitarían al cierre patronal?
Hoy es cierto que son los contables los que gobiernan con mano de acero el timón en las grandes editoriales, pero también el mayor contador, el Tesoro, la Hacienda, la Agencia Tributaria, salta cada noche el mostrador de las librerías y se queda a hacer caja, no ya —o no tan sólo— para ver que se le entregan tres diezmos y medio de los beneficios que es convenido darle: también para convertir al librero, en una leva fiscal más ineludible que la de los ejércitos de antaño, en una especie de recaudador de impuestos por cuenta ajena. A eso y no a otra cosa es a lo que obliga el nefasto gravamen del IVA.
Bien es cierto que en la historia de la literatura, esto de manejar dineros ajenos ha tenido eximios representantes. Recordemos a Samuel Pepys, y las bolsas de sobornos y cohechos que pasaban por su despacho del Almirantazgo londinense, y de los que llevaba, en escritura cifrada, cabal cuenta, como de las viandas que comía o de las mujeres rubicundas con las que se ayuntaba. Y también está, con peor fortuna, nuestro príncipe de escritores y más insigne presidiario. ¿Acaso no fue a dar con sus huesos a la cárcel el autor de Persiles? Él sí que supo de quiebras y tropiezos con la Hacienda, responsable como fue de unas cuentas que no pudo rendir puntualmente.
Da escalofríos pensarlo, sobre todo cuando uno estampa su firma en uno de esos modelos 300 ó 390, y le asalta la duda de, si por esas gracias del Fisco, un fiasco le llevará a que sus cuentas terminen convirtiéndose en cuento o pesadilla de Las mil y una noches: “El IVA va y los cuarenta ladrones”. Aunque bien mirado, preferiría uno abandonar la versión española de Cansinos Assens y, mezclando el romance nuestro con el inglés de Richard Burton, el traductor al inglés, gozar de “Aventuras de sin VAT”. Dislexia que se traslada al momento de revisar y entregar los papeles: ejemplar para el Sobre Annual (esto suena a desastre), Modelo (¿de Barcelona?), 300 (¿diez meses y un día?).
¿Qué es eso del valor añadido? ¿Qué de valor se puede añadir a un soneto? ¿Un estrambote? ¿Qué agregar al desenlace de nuestra novela predilecta? ¿No son bastante Hamlet, Desolación de la Quimera o El tercer policía? ¿No habíamos convenido, con el poeta, que es necedad confundir valor y precio?

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