domingo, 15 de junio de 2008

In memoriam Juan Manuel González




Nos despertamos con la noticia de la muerte del poeta Juan Manuel González. Es lástima que sea así, pero toda muerte de escritor es invitación a su lectura o relectura. Reproduzco a continuación una reseña que publiqué de su libro La llama del brezo:


PRIMAVERA IRLANDESA

Quien quiera que titule un volumen de ensayos El viento de los juncos, haciendo reverberar el eco de The Wind Among the Reeds de William Butler Yeats, ya dice mucho sobre sus referentes literarios y sus preferencias. Ahora, tras ese libro de 1999, Juan Manuel González nos brinda La llama del brezo, un poemario que no es que más o menos se inspire en Irlanda, sino que la vive, la asimila y la exuda, perfumado de pastos y de bosques, hasta mostrarnos a un autor más irlandés que los propios irlandeses (como se dijo de la aristocracia normanda que se aclimató a los modos de la Irlanda gaélica).
Irlanda, Éire (una diosa) es, quién lo duda, uno de los países más poéticos del orbe, y no sólo por ese romanticismo nebuloso que en el imaginario colectivo la vincula a paisajes sobrecogedores, a turbulencias políticas y sociales, a una historia repleta de lances, mitos y calamidades; también lo es porque se trata de una de las pocas naciones donde los poetas han gozado de un status casi mágico, sin solución de continuidad, desde la Edad del Hierro hasta hoy mismo. En otro tiempo país de santos y poetas, hoy, al menos, sigue siendo irrebatiblemente esto último. Entre los poetas españoles contemporáneos no ha tenido el mismo eco que en su día tuvo la literatura ossiánica del señor Macpherson (con Pondal, Marchena y hasta Bécquer), pero no faltan rendidos homenajes de amor en la obra de Manuel Rivas, Suso de Toro, Eduardo Jordá, Xuan Bello, Martín López-Vega, Pablo Antón Marín Estrada o Luis Alberto de Cuenca. Juan Manuel González rubrica ahora su ingreso en esa cofradía de los hábitos verdes.
Como el gran Cirlot, se prenda de una doncella céltica y ese amor tatúa todo el poemario. También como José Hierro, que llegó a tener una alucinación dublinesa (citada al principiar el libro), González es arrebatado por una visión, una aparición que está en la mejor tradición isleña del aisling (sueño en el que, con delicada sinécdoque que se adentra en la noche de los tiempos, la forma femenina representa místicamente a Irlanda). Uno de los poemas fundamentales del libro, “Al pasar frente a la central de correos, en Dublín”, la describe: “Pelo negro, labios tal vez de lava, / blancura de bayas de enero en la piel, / líneas interminables en las pestañas, / y larga e innecesaria, punteada de violetas, la falda”. Y, reconociéndola, con ese déjà vu tan cirlotiano y mítico que remite, también, a la muy debatida metempsicosis de los celtas, el poeta siente que “tras las puertas giratorias del tiempo, / ya estuvimos aquí. / Mucho antes de que tú nacieras, / antes, mucho antes, de que yo dibujara / espirales en la tierra”.
Uno destacaría, quizá, el poema “La Quinta Brigada”, que inmortaliza a los irlandeses que vinieron a combatir a España a favor de la República (otros lo hicieron por Franco: el lector interesado puede ver la novela de Colum McCann Perros que cantan). Hoy “¡Viva la Quinta Brigada!” es una estupenda canción que emociona en los labios de Christy Moore, Ronnie Drew o Mike Hanrahan. El poema de González, que se abre en un cementerio en Glendalough, me recuerda —soldados caídos lejos de su patria— uno de los poemas mejores de Juan Lamillar, “Cementerio alemán”, en el que el poeta sevillano medita sobre unas tumbas de militares de la Legión Cóndor en Yuste. Ah, el Imperio, los imperios... También hay en La llama del brezo el recuerdo a los náufragos de la Armada Invencible en el dorado bastión de Dún an Óir, o la presencia de los héroes del Levantamiento de Pascua y Bobby Sands, desde una postura más lírica que épica, nacida del ya citado aisling.
Aunque González utiliza símbolos e imágenes que se elevan sobre lo circunstancial, me temo que muchas referencias escaparán a la mayoría de los lectores: así, la dedicatoria en la que se menciona a la Hermandad de la Rama Roja (la Craobh Rua de Conchobar y Cú Chulainn, una hermandad, con sus campeones y hazañas, prefiguradora de la Tabla Redonda artúrica), o los versos que abren el primer poema: “En los arados hay un resplandor / de espadas rotas contra las estrellas”, que remiten al emblema del republicanismo irlandés y a The Plough and the Stars de O’Casey. Los cuatro campos verdes, sus soldados, guardianes del destino, Cathleen Ní Houlihan, el juego con nuestra palabra trébol y la treble inglesa aplicada a la voz de la amada... Uno desearía llenar de glosas las páginas de este libro, tal si fuera un miniado manuscrito medieval, como el Libro de Kells, pero no halla ya espacio.




Publicado en Mercurio, 47 (Sevilla, 2003)

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