martes, 17 de junio de 2008

Maestros

Mi abuelo Antonio y mi abuela Dolores fueron maestros. Mi padre fue, a su vez, maestro de maestros; es decir, catedrático en la Escuela Normal, donde se formaban los futuros enseñantes. Es profesión meritoria la de profesor, en cualquier nivel que se ejerza. E importantísimo el magisterio para el cultivo de las dotes que tenga cada cual, para despertar vocaciones. También, claro está, las poéticas.
En Sevilla, y por ceñirme a la poesía, conozco varios profesores de este tipo, ya sean de primaria o secundaria. Así, Fidel Villegas, que en el Colegio Altair ha venido aglutinando desde hace años a un bando de jóvenes que en derredor del grupo Númenor y su revista homónima han ido destacando en la poesía: Jesús Beades, Pablo Moreno Prieto, Alejandro Martín Navarro y muchos más. Así, también Miguel Florián y Francisco Martínez Cuadrado, profesores del Instituto Murillo, que han compartido tertulia poética con los jóvenes. Con Javier Vela o José Antonio Gómez Coronado, entre otros.
También en Coria del Río la generosidad de los profesores amigos de la poesía abunda: Juan Sánchez, Manolo, Pilar (no sé los apellidos de estos últimos, y se me olvidará algún otro), miembros del colectivo Surcos que instituyeron hace doce años ya un premio de poesía que se ha ido consolidando. A ese grupo pertenece Víctor Domínguez Calvo, a quien pude abrazar la otra tarde.
En los tres grupos mencionados hay jóvenes poetas publicados, no pocos de ellos ganadores o accésits del Adonais, ese galardón especializado en descubrir valores nuevos de la lírica desde hace ya muchas décadas. Es decir, que otros han venido a reconocer el esfuerzo realizado por estos poetas que comienzan y, también -no ha de olvidarse-, el de los profesores que los orientaron, que les trasmitieron el entusiasmo por la poesía, no sólo materia de estudio sino impedimenta y tesoro de muchos.
Ya cansa decir, aunque nunca lo repetiremos lo bastante, que la enseñanza en España se ha degradado enormemente en los últimos lustros, y los políticos del partido que ocupan el gobierno nacional o el regional miran a otra parte. Muchos de ellos son incluso desertores de la tiza. Pero el otro día, en Coria del Río, cuando fallamos el XII Premio Surcos de Poesía con José Carlos Rosales, José Antonio Mesa Toré y Javier Bozalongo, los miembros de esa ínsula poética, Surcos, nos recordaron, no en palabra sino en acto, la importancia de la trasmisión oral, del magisterio, del paso del testigo, en la poesía.
Gracias a los maestros de aquí y de cualquier lengua, que nos enseñan no sólo a perfeccionar la que recibimos de nuestros padres, sino que llegan -algunos, pero ya se ve que no tan pocos- a hacer disfrutar de la poesía que en esa lengua se ha escrito y hasta, gran milagro, también a hacerla cosa propia y cultivarla. A hacer los surcos en que crezca la simiente.

2 comentarios:

Mery dijo...

Me uno al reconocimiento de tu post hacia los maestros, esas vocacionales personas que saben transmitir el amor por la sabiduría y por el conocimiento. Su actitud lleva en sí mucho de sentido común hacia la vida.
Mi abuelo paterno fue maestro de escuela en los tiempos en que abarcaban todas las materias dentro de sí mismos. Su memoria era trabajada y prodigiosa.
No hace mucho me enteré de que hablaba francés casi a la perfección, y que se lo había enseñado a sus hijos con la mayor naturalidad y sencillez.
Yo no lo conocí.

Un saludo

Jesús Cotta Lobato dijo...

Como uno de tus lectores habituales, también quiero dar gracias a los profesores que me alentaron en el camino a la poesía. Aún recuerdo el día en que nuestra profe de tercero de BUP nos trajo a nuestro instituto de Málaga nada menos que Pablo García Baena y María Victoria Atencia, que nos leyeron sus poemas y nos mimaron. Y como nadie hacía preguntas, yo, que quería ser poeta, comencé a preguntar tonterías del tipo: ¿El poeta nace o se hace? Y ellos, con toda su santa paciencia, me respondían amables y poetas. Un abrazo, Antonio