miércoles, 2 de julio de 2008

Cuarentena (16)

16

Por cada golpe que da el hacha en el árbol, dos nuevos árboles crecen en la isla. Por cada tronco derribado surge un bosque en esa isla llena de milanos. No hay leñadores bastantes para echar por tierra el numeroso mástil y su bandera de hojas, pero sí hay sin embargo el rayo, y existe el fuego, y podrán venir las cenizas.
El solitario lleva sus pasos hasta el lugar más hondo de la espesura, y allí se recuesta en un tronco y escucha el corazón del bosque, que late al compás del suyo, sonido interrumpido por las aves, por un trote de patas fugitivas de corzo. Piensa el solitario en que caerá la noche y despuntará el día que llegará a su cenit para luego hundirse. Piensa en la segunda noche que le espera y el alba helada del tercer día, la fecha fijada para su muerte.
Se prepara a bien morir, en paz consigo mismo y con el mundo. No tiene herencia que dejar si no es el humus fresco de su carne. Algunos árboles se lo agradecerán.

3 comentarios:

Antonio Serrano Cueto dijo...

Hermoso relato sobre "el aparejo para el bien morir". Me gusta esa idea de que los árboles sobreviven al hombre (y de él se nutren), incluso al leñador que los destruye. Es toda una alegoría en estos tiempos. Saludos.

Jesús Cotta Lobato dijo...

Me gusta el relato. Así quisiera morir.

Mery dijo...

Un placer regresar, tras unos dias de ausencia, a la lectura afortunada de estas cuarentenas.