sábado, 5 de julio de 2008

Cuarentena (18)

18

Una noche de paga me encontré con un amigo al que no veía hacía tiempo. Nos saludamos y decidimos beber un rato juntos en alguna de las tabernuchas que se arraciman junto al puerto. Fuimos andando por las calles repletas, recordando días mejores, conocimientos comunes, circunstancias. Al pasar junto a un lugar desde el que nos llegaba un hilo de conversación empapado en vino, nos condujeron nuestros pasos al interior, y antes de que nos diéramos cuenta ya estábamos brindando por todo lo que un hombre honrado no debería brindar.
La hija del tabernero, cada vez que nos rozaba yendo de un lado para otro con las bebidas, dejaba caer de su boca palabras impronunciables que nunca había escuchado yo a una mujer y creo que tampoco a un hombre. Por lo que afirmaba mi amigo, él tampoco había oído nunca cosa igual. No eran voces sueltas, simples blasfemias o palabras gruesas, sino las más retorcidas obscenidades en las que entraban, revueltos, los miembros de su familia, los parroquianos, nosotros mismos, ella. Un momento se detuvo en mi oído, y lo que me dijo me provocó al mismo tiempo una poderosa erección y unas arcadas que me llevaron precipitado a la suciedad del retrete.
Mi amigo no comprendía, pero al volver yo lo vi más rojo que la sangre que le caía de un labio, y diciéndome, rogándome, que nos marcháramos enseguida. Así lo hicimos, pero al llegar a un callejón, no sé por qué, la emprendimos a puñetazos el uno con el otro. Yo llevé sin duda la peor parte, pues salí vivo.

5 comentarios:

la hechicera de la luna dijo...

Cojonudo!!! No me lo esperaba así...Sorprendente y estilo arrollador, atrapa.
Felicidades

Albe dijo...

Tienes que publicar esto, Antonio!!!!!

José María JURADO dijo...

"lo que me dijo me provocó al mismo tiempo una poderosa erección y unas arcadas que me llevaron precipitado a la suciedad del retrete"

Esto es literatura de la buena, por la simultaneidad de dos procesos que suelen se sucesivos (la erección, el remordimiento y el vómito), pero no converger, lo que le da más horror a la situación. Ese "llevar precipitado" a la suciedad, es, además una construcción sintáctica borgiana. De alguna manera este misterio y terror del sexo me recuerdan en este caso a Borges (el otro día a Buñuel), pero con un paso más allá, y a un clima mezcla de "La Historia Universal de la Infamia" y "El hombre de la esquina rosada". Curiosamente esta serie febril, que me está gustando mucho, me gusta muchísimo cuando no es explícitamente una descripción de la metamorfosis.

Gracias, Antonio.

Irene dijo...

Grandes, son grandísimos. No sé cómo lo haces pero cuánto cuentan tus microrrelatos...
Me encantan!!! (Me repito, no?)

Antonio Rivero Taravillo dijo...

Hechicera, Albe, José María, Irene: os habéis ganado un ejemplar del libro cuando esté impreso (vuestros comentarios y el deseo de rendir un homenaje al muchacho que fui y escribió esta "Cuarentena" me anima a publicarla, ya os contaré). Abrazos.