sábado, 12 de julio de 2008

Cuarentena (21)

21

La anciana ve desde la puerta de su hogar a un puñado de grajos que están devorando su sembrado. El tosco espantapájaros no ha impedido el expolio, y ella, enfurecida, sale a la carrera a alejarlos. Pero los pájaros no se dejan amedrentar tan fácilmente y siguen revoloteando por las cercanías a la espera de un momento propicio. Por su parte la vieja, servida de un palo, tampoco está dispuesta a que le roben lo suyo, y permanece allí vigilante y celosa de su propiedad.
Uno de los grajos, que ya no tiene paciencia, se lanza otra vez sobre las hortalizas, y tras él otro, y luego otro más. La anciana se revuelve rabiosa, pero un ave le da un primer picotazo al que seguirán más. En ese instante hace aparición el nieto de la mujeruca, un niño de corta edad, que trae una brecha abierta en la cabeza, y llora y llora. Parece asustar su llanto a los grajos. El cielo se cubre de insultos mientras se alejan.
La abuela toma al niño de la mano, le abre aún más la herida a estacazos y lo empala para servirse de él como espantapájaros. El niño, agonizando, llora porque no quiere ese oficio. A él lo que de verdad le gustaría es ser un grajo.

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