martes, 15 de julio de 2008

Cuarentena (22)

22

No deja de llover. Fuera, los carruajes avanzan espectrales. El eco de los cascos confunde distintos trayectos, caminos que seguramente desembocarán en ese otro camino que a su vez lleva a la plaza concurrida de la muerte.
Un caballo relincha, y una campana dobla. Y la lluvia prosigue su desfile interminable y sin duda fastidioso para los que están a la intemperie. Vuelvo a encender mi pipa, y la muchacha desnuda que aguarda entre las sábanas me reprocha con su silencio mi demora. Pero no tengo gusto para nada. No hallo razones para cumplir lo pactado.
Lo que ella pidió —y a lo que yo, cegado, accedí— está más allá de lo que se permite a los humanos. Mas bien debiera ir, con sus pies descalzos, con sus hombros desnudos, bajo ese campanario locuazmente estúpido. ¿A qué anunciar la marcha de uno u otro?
Los ojos que me miran en la penumbra de la alcoba son de una imploración abominable.

2 comentarios:

Mery dijo...

Un gusto, como siempre, continuar leyendo tus Cuarentenas.

Antonio Rivero Taravillo dijo...

Gracias mil por tu atenta y veo que constante lectura, Mery. Ya sólo quedan dieciséis... Buen fin de semana.