viernes, 8 de agosto de 2008

Cuarentena (31)

31

Hay una muralla que adopta diferentes nombres. Para el hijo mayor, se llama Espacio. Paz es como dice el pequeño. Entre ellos dos, una muchedumbre de hermanos vivos y no sidos entona, cada uno, una voz del diccionario.
Una mañana, cuando el sol da sobre la muralla, que parece de oro, un extranjero llega y se despoja de sus ropas: doce cicatrices le atraviesan el pecho, y una herida abierta sangra en su costado. Todas las muchachas viene a lavarlo con polen y saliva. El extranjero cae y pronuncia un nombre: cada una escucha el suyo propio y se arranca el pelo entre lágrimas. Los hijos, los hermanos, hablan todos a un tiempo. Un escriba toma nota de todo, y unos años después —esta tarde— me entrega el manuscrito.

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