lunes, 11 de agosto de 2008

Cuarentena (32)

32

Entré en la habitación de al lado. Una muchacha vino a recibirme tocada con un extraño sombrero. Bajo él, el cuerpo desnudo irradiaba blancura, carne que en la penumbra ha ido forjando un mito. Lo que dije, ella lo repitió sonriendo. Después me puso un dedo en los labios, dejó caer el sombrero y ambos nos tendimos sobre el mármol.
El calor sofocante del día, fuera, pronto dio paso al sudor amante. Mordí su nuca y su espalda y, cuando ya bajaba a lo hondo, su voz dijo mi nombre en otra lengua. El león que no nos quitaba ojo era de fuego, y una araña en el techo tejía nuestra soledad.

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