martes, 26 de agosto de 2008

Cuarentena (36)

36

Tras muchos esfuerzos, el joven comienza a dominar esa lengua extranjera. Se expresa en ella para conversar con los viejos volúmenes de la olvidada biblioteca, su soplo levanta el polvo acumulado en décadas, su voz repite lo ya dicho por otras voces en otro tiempo.
Tarde tras tarde, después de la puesta de sol, tan esplendorosa desde esa parte del edificio, el joven va deshaciendo el velo que se interponía entre él y la lengua, cada vez menos bárbara a sus oídos, a las cuerdas que pulsa su garganta. Va tejiendo el tapiz en que se dibuja el mundo. Nombradas aves anidan en las ramas de árboles con nombre.
Morosa, amorosamente, el hombre pasa páginas y años. Lee y habla lo que nadie oye, lo que ya nadie escribe. La lengua muerta es ahora resucitada, tiene de nuevo vida, por más que sea efímera y el hombre pronuncie ya para sí la palabra viejo. En una fría sala, como ahora su carne, el anciano expira. Con él la lengua, que regresa al olvido.

3 comentarios:

Counter-Revolutionary dijo...

Qué gran combinación de lo melancólico y lo simbólico...

Mery dijo...

Me uno a las palabras de Counter, y no es por copiar a nadie.
La lengua regresará del olvido a la vida en cuanto otro privilegiado hombre, tocado por los dioses, vuelva a intentarlo y a hacerla suya.

Antonio Rivero Taravillo dijo...

Estos viejos relatos míos no podían soñar, cuandolos escribí, con tan buenos lectores como vosotros. La lengua revive leída con otros ojos: los vuestros.