lunes, 25 de agosto de 2008

Hibernia ibérica


En el festival de Cannes se ha presentado fuera de concurso —y a salvo de jurados y perjuros, me atrevería a afirmar— una singular película del director catalán José Luis Guerín. Innisfree, que así se llama esta rareza, es un homenaje al mago John Ford, y según quienes ya han tenido ocasión de verla, un homenaje más que regular: una inteligente obra que ha buscado —y hallado— su propia tradición. Lo que no es poco.
Innisfree, la islita irlandesa de ese nombre, hace tiempo que dejó de ser simplemente un lugar hermoso del condado de Sligo para convertirse en un lugar literario. Famoso es el poema de Yeats “The Lake Isle of Innisfree”, y conocida por los lectores de Pound la alusión de éste, en Lustra, al poema del irlandés. Otro eslabón de la cadena —aunque de un metal más ligero— es el divertido episodio que aparece en la novela de David Lodge Small World, recientemente traducida al español con el título de El mundo es un pañuelo.
Sí, el mundo es un pañuelo. Precisamente para el día 15 de mayo tiene anunciada su publicación la novela The South, del irlandés Colm Toíbín. La obra trata de las vivencias de una mujer en la Barcelona de los años cincuenta, y en opinión de John Banville, director literario del The Irish Times, se trata de una brillante y reveladora narración. Barcelona, Innisfree. Un catalán filmando Irlanda y un irlandés escribiendo Cataluña. Feliz coincidencia. Pero de ningún modo casualidad. Los lazos, a veces invisibles, entre Irlanda y España son poderosos desde el más remoto pasado.
Ya en la Alta edad Media, los historiadores —¿o hemos de llamarlos fabuladores?— irlandeses sostenían el origen español de la raza que tras sucesivas invasiones conquistó y pobló la isla. No es necesario por tanto acudir a los náufragos de la Armada Invencible, a su asentamiento en Irlanda, para establecer ciertos vínculos de sangre entre ambos pueblos (hace poco pudimos leer que la cantante Enya desciende por lado paterno de uno de aquellos marinos).
Otro marino, Bran, San Brandan, o San Barandán —como mejor se le conoce por estos pagos— fue el protagonista de una extraordinaria navegación de la Edad Media, real, fantástica, que aún ejerce no desdeñable influencia. Dada su insularidad, Irlanda siempre ha dependido del mar en sus relaciones de todo tipo con el exterior, y la Península Ibérica ha sido punto de referencia obligado. Como señalé antes, desde que existe una identidad nacional irlandesa —aun conviviendo ésta con rivalidades locales— la Isla Esmeralda se ha sentido ligada a España. Tras las etapas prehistóricas y altomedievales, en siglos recientes muchos irlandeses católicos hallaron refugio en nuestro país. Irlandesas fueron las esposas de dos de nuestros más destacados románticos, y también de origen irlandés muchos de los jefes militares de nuestro agitado siglo XIX.
En el campo de la literatura, Irlanda siempre ha brillado de manera especial, ya sea en inglés, ya sea en gaélico irlandés, la lengua vernácula. Y aunque en época contemporánea Joyce, Wilde, Shaw, Yeats, Beckett, no tengan parangón en la literatura escrita en irlandés, no es menos cierto que ésta, en sus períodos más antiguos, es de una deslumbrante riqueza. El año pasado fue en lo que respecta al eco de la literatura gaélica en España una fecha importante, y esperemos que auspiciadora de futuras realizaciones. Terminando 1989 se publicaron en edición de Juan Renales y Pilar Ortiz tres relatos en irlandés antiguo sobre el héroe Cú Chulainn, y también una traducción —mía en este caso— de la novela de Flann O’Brien An Béal Bocht (La boca pobre). Son éstas las primeras versiones directas a nuestra lengua de textos escritos en irlandés, y seguro que no son las últimas.
Por lo que se refiere a La boca pobre, la deliciosa novelita de Flann O’Brien (1911-1966), he de decir que, por enojosas que sean las comparaciones, es a un tipo de narraciones irlandesas de principios de siglo lo que Don Quijote a las novelas de caballerías. Sin duda, la obra sobre el hidalgo manchego es más compleja, rica y de mayor calado que la que versa sobre el pobrecito irlandés, pero no dejan de existir importantes paralelismos. Mucho hay de cervantino en esta parodia de obras que, como Séadna, del padre P. O’Leary, ofrecían una imagen estereotipada del pueblo gaélico.
Se dice que el celta gusta de la paradoja. Una, y no pequeña, es que a O’Leary se deba la meritoria traducción de Don Quijote al irlandés.



Publicado hace bastantes años en algún suplemento o revista. No tengo ahora el dato a mano.

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