viernes, 22 de agosto de 2008

Ron, ron, ron, la botella de ron



Todos aceptamos que el edificio de la literatura, su frágil fábrica hecha sólo de palabras, hunde sus cimientos, como la mata de frijoles del cuento penetraba con sus ramas en el cielo, en la niñez, ese dudable paraíso que como el otro quizá nunca haya existido. Algunos hay que empiezan a escribir de viejos, pero quien no haya empezado a leer en su infancia, probablemente ya no lo hará nunca. Robert Louis Stevenson escribió muchas páginas para niños, en verso y prosa. En su invención que más recordamos (porque el caso del doctor Jekyll no necesitamos recordarlo: lo tenemos siempre presente bajo la piel), un ladino John Silver pone todo su afán en lograr un mapa en el que se puede leer dónde se halla un tesoro escondido. Tal vez todos los letraheridos seamos como ese cojo de Stevenson, bookaneros a la busca de un mapa o libro en el que, letras sobre el papel, vamos descifrando el camino hacia el tesoro. Y cada vez que abrimos un libro que merece la pena, estamos levantando los sellos que velaban esa pieza de cartografía maravillosa, o lo que es más: la mismísima tapa del cofre, bajo la que rutila el más precioso oro. En esto también, la literatura es alquimia. Pero siempre lo que nos da es un tesoro para compartir.

No hay comentarios: