domingo, 14 de septiembre de 2008

Actualidad de Eliot


La revista Renacimiento dedica su último número doble a T. S. Eliot. Con este motivo, recupero aquí un artículo que publiqué en la no menos estupenda revista Clarín, (número 11, 1997):




Puesto que la realidad física de Thomas Stearns Eliot está acotada y permanece inalterable bajo el fijador del cabello y la rigidez del compás con que han sido trazados los ángulos de su rostro; y ya que no se puede ir más allá de la certera —casi cetrera— definición que de él ha dado Juan Luis Panero (“cara de pájaro sobre un alto y desgarbado cuerpo de espantapájaros”), más provechoso parece entonces centrarse en su obra, de tan alto vuelo, y abandonar los ya lugares comunes de su estampa.
Dejando el campo de lo ornitológico (no hace mucho Felipe Benítez Reyes se ocupó de recordar que Robert Craft lo había identificado con un “pájaro hitita de cerámica”, y Richards con un “pájaro oscuro” que picoteara el comedero que se le figuraba su mesa de trabajo), hay que dar fe, porque el terreno de la especulación constituye servidumbre de paso hacia el entendimiento pero también al desvarío, de que hay quienes no cejan en buscarle tres pies al gato del autor del Old Possum’s Book of Practical Cats.
Ahora mismo se deben de estar redactando no menos de una docena de tesis o estudios sobre Eliot a la luz o sombra de la reciente publicación de su volumen de poemas inéditos Inventions of the March Hare, que datan del período 1909-1917. Si se editan, esas monografías se alistarán a la ya numerosa guerrilla bibliográfica que mina y zapa, sabotea y dinamita la obra de Eliot; una guerrilla alzada contra los aspectos más reaccionarios del poeta, a veces hasta quererlo hacer triunviro, con Yeats y Pound, de cierto “fascismo” literario anglosajón. A lo ya conocido sobre el poeta —su adscripción monárquica y anglicana, su conservadurismo político, que no formal ni temático— se añade ahora esta colección de poemas juveniles y alocados (Invenciones de la liebre de marzo), con sus salidas de tono y su precursora political incorrectness.
El nuevo volumen de viejos versos que dormían en un manuscrito cedido a su benefactor John Quinn no ha venido solo: lo han precedido un celuloide polémico (Tom y Viv) y unos artículos en el Times Literary Supplement en los que se acusa a Eliot de plagiador. De la película —un producto industrial culto, refinado y popularizador a un tiempo, feminista, cuya tesis es el apocamiento e inseguridad del poeta ante su genialoide primera esposa, encarnada por Miranda Richardson— no haremos propaganda (todavía se alquila en algunos videoclubs). De los artículos, de sus insidias, cómo no destacar la candidez.
A estas alturas, la de plagio es una acusación que hay que hacer siempre con tiento, pues fácilmente se puede volver contra quien la hace, demostrar su ingenuidad: quienes han creado, y sólo ellos, saben hasta qué punto es posible llegar a resultados aparentemente parecidos a los de otros sin haber por ello influencia ni emulación. ¿Quién puede negar que hay coincidencias que proceden más de las aguas subterráneas de las afinidades, del entorno, la época o, por qué no, el azar? Y además, ¿qué descubrimiento es ése? El propio Eliot dijo en un ensayo: “Una de las pruebas más fiables es ver el modo en el que un poeta toma prestado. Los poetas inmaduros imitan; los maduros, roban; los malos poetas desfiguran lo que cogen, y los buenos poetas lo convierten en algo mejor, o al menos en algo diferente” Denuncias, chivatazos, inculpaciones... Cosas del mundillo de las letras: el TLS contra T. S. Eliot.
La primera andanada: a las reconocidas fuentes de muchos pasajes de La Tierra Baldía (Baudelaire, Dante, Webster, Ovidio, Spenser, Marvell, Goldsmith, Kyd, las upanishads) ha venido a añadirse un chocante paralelismo con Charlotte Mew, una poetisa —se nos dice— admirada por Thomas Hardy, Virginia Woolf y Ezra Pound. De su primer libro, The Farmer’s Bride (1916), Eliot parece haber extraído material en bruto, pulimentado a su manera en las secciones “El entierro de los muertos” y “Una partida de ajedrez”. Entre los versos que tendrían su origen en la señora o señorita Mew está la que tal vez sea la más rotunda línea eliotiana: “Abril es el mes más cruel” (un verso, que por ser el primero de The Waste Land es citado incluso por quienes ni siquiera han leído íntegramente el poema: un “ábrete, Sésamo” pronunciado por los ladrones de una cueva repleta de tesoros en la que no han querido adentrarse). También en el poema de Mew aparece el “puñado de polvo” que, parece, recogió Eliot.
Tres años antes, otro artículo de la mencionada revista de libros había hallado un poema de otro autor tan “conocido” como Madison Cawein que parece estar en la génesis de La tierra baldía, ese fruto del pecado que es la promiscuidad literaria, con sus citas y lo que viene después de las citas, cuando una cosa lleva a la otra. ¿No es casualidad? El de Cawein, publicado en la revista Poetry de Chicago en 1913 se titula “Waste Land”; como el poema de Eliot, aunque sin artículo.
Robert Ian Scott, el autor de ese otro artículo (el que destapó la caja de los truenos en el TLS) alude a unas cuantas razones verosímiles por las cuales Eliot hubo de haber leído el poema de Cawein. También pormenoriza un catálogo de las naves o coincidencias capaces de echar a pique la reputación eliotiana. ¿Y bien? Uno lee ambos poemas y saca sus propias conclusiones: la primera, que Cawein, que tiene apellido vagamente camelotiano, por la misma regla de tres debería ser acusado de plagio de Sir Thomas Malory y su Le Morte d’Arthur, por citar sólo un ejemplo: el tema del erial, el baldío, la gasta floresta, se remonta —demos grandes zancadas, para abreviar— a Tennyson, a la literatura artúrica del XV, a Chrétien de Troyes, y se hunde en el sustrato céltico del que nacen todos estos mitos y leyendas. De otra parte, su poema, tan rico en plagas vegetales y animales, no deja de tener un paisaje rural que poco tiene que ver con el escenario urbano de La tierra baldía que conocemos (la de Eliot de 1922), y que aún tiene menos que ver con la primera redacción que permaneció inédita hasta que Valerie Eliot la publicó en 1971 con el subtítulo de “Facsímil y transcripción de los borradores originales, con inclusión de las anotaciones de Ezra Pound”. ¿Ratas y grillos? ¿Malas hierbas? ¿Y qué esperar, si no, de dos yermos, dos solares abandonados? ¿O es que el señor Cawein tenía la escritura de propiedad de ese terruño infesto, parábola del mundo contemporáneo? Lo que hiciera o dejara de hacer Eliot con su poema tal vez tenga mucho que ver con una expropiación en toda regla, la enajenación de un terreno mal aprovechado, una forma peculiar de reforma agraria. ¡Oh, él, tan conservador en la política, tan buen malversador de malos versos!
Por último, y entrando en la materia reciente de las Invenciones de la liebre de marzo, dos son las principales jeremiadas con las que la sociedad literaria ha lamentado el proceder de Eliot: su propensión al poema obsceno y sus apuntes de racismo, a veces disoluto, pues que ambas perversiones se unen en algún poema.
Christopher Ricks, el editor de estos textos que el mismo Eliot consideraba primerizos y no quiso publicar más tarde, tiene la amabilidad algo prolija y vana de explicarnos los mil y un detalles de la colección. Así, la “liebre de marzo”, el alias que el autor de estas invenciones se da a sí mismo, es de la estirpe del absurdo del Lewis Carroll de Alicia y A través del espejo, y se nos recuerda que ya en 1958 Elizabeth Sewell escribió de Carroll y Eliot como poetas del nonsense (algo que respecto a nuestro poeta intuye cualquier estudiante que se enfrenta por primera vez a La tierra baldía).
Esta liebre alocada y en celo tiene un aire muy de época, y en su dicción por lo general artificiosa se atreve a escribir en la lengua de Laforgue y Corbière (esto se verá en los cuatro poemas de la misma época recogidos en los Poems de 1920). Pero es en la segunda parte del volumen donde pierde los papeles y se demora en obscenidades y sátiras que desde luego no están entre lo más selecto de su producción: “The Triumph of Bullshit”, “Ballade pour la grosse Lulu”, unos facilones fragmentos priapísticos y el largo texto sobre Colón y el negro rey Bolo de su invención; pedos, fornicaciones, prostitutas y sífilis son los ingredientes de este último poema, tal vez provocador en su momento (Wyndham Lewis lo rechazó para su publicación en la revista Blast) pero que hoy puede ser visto como lo que es: la quincalla al menor de un gran poeta que aún estaba por hacerse, su sal gruesa, ejercicios de estilo juvenil.
Otro motivo de actualidad, esta vez inminente, es que pronto aparecerá en español la traducción de la primera y más amplia redacción de The Waste Land, que no se trata simplemente de un poema más farragoso por extenso, que es la idea que sobre él ha corrido hasta ahora, sino de un poema radicalmente distinto. Ojeándolo, uno comprende por qué Pound aconsejó la supresión de partes de “El sermón de fuego” que son, en contenido y forma, tan parecidas a otras de su Hugh Selwyn Mauberley:

Una anzuelo para captar la atención de Lady Jane,
una modulación para el teatro,
también en caso de revolución,
una posible amistad consoladora.
(Pound)

¡Luini en porcelana!
El gran piano
pronuncia una profana
protesta con una clara soprano.

La lustrosa cabeza emerge
del vestido de áureo amarillo,
como Anadiómena en las primeras
páginas de Reinach.


(Pound)


Fresca había nacido en el mar jabonoso
de Symons-Walter Pater-Vernon Lee, juntos todos.
Y como consecuencia, la Venus Anadiómena
desembarcó buscando variedad en la costa.

La guió Lady Katzegg con su gran experiencia,
conoció las riquezas y costumbres de tierra;
por la fama y belleza de los teatros llenos
pasó siendo el prodigio de nuestro pobre tiempo;


(Eliot)

El mismo entorno de alusiones prerrafaelistas y victorianas (con la alusión en ambos a la prostituta Jenny, protagonista de un poema de Dante Gabriel Rossetti), el uso de la ironía y la puesta en tela de juicio de la idea oficial del arte, hermana estos pasajes de los dos americanos en Londres. Aquí parece oportuno recordar que Pound se jactaba de que su Mauberley era, resumida, una novela de Henry James. Otra, Los papeles de Aspern, ilustra y puede servir de contrapunto moral al asunto de la recuperación de polvorientos manuscritos de las glorias literarias, como éstos de Eliot, en los que no solamente hay notas poundianas; en sus poemas hasta ahora inéditos, en las partes no divulgadas de La tierra baldía, hallamos ecos e imitaciones del propio Eliot, incluso de la obra que llegaría a escribir. No de otro modo, en su veta más cáustica nos recuerdan —preludian— a dos grandes poetas sucesivos: W. H Auden y Philip Larkin. Un empleo parecido de la rima, que ya estaba en ese particular Pound de 1920, una mirada distanciada y vitriólica (un poco de Diablo Cojuelo sobe los techos de Londres o Hull) los acercan efectivamente a composiciones como “Miss Gee” de Otro tiempo o a algunas miserias de Ventanas altas. Para los amigos de las coincidencias se puede añadir que Larkin nació en 1922, con The Waste Land, y que el libro de Auden The Age of Anxiety: a Baroque Eclogue, título que bien podría ser subtítulo o glosa del de Eliot, es un poema extenso que comienza en un bar por la noche y acaba en las calles que empieza a iluminar el amanecer, unos ambientes que están, más que en la versión difundida en todo el mundo y aquí traducida por José María Valverde, en las páginas escamoteadas del manuscrito: ésas que precisamente verán ahora la luz.
Pero hablábamos de Eliot. La aparición de estos poemas suyos nos recuerda un episodio embarazoso y a menudo repetido. Tras la muerte de alguien, al abrirse su testamento, aparece en escena una realidad que a menudo ni sus más allegados conocían (o tal vez preferían ignorar): amantes, hijos ilegítimos, deslices de juventud. Publicar estos poemas, que a partir de cierta fecha carecieron de voluntad de pasar a la imprenta, nos lleva al eterno dilema de si publicar o no los inéditos de los grandes escritores (que los de los menores permanecen sin ver la luz y nadie se preocupa de ellos). Ya surgió la polémica con la incómoda correspondencia de Larkin, alumbradora de una personalidad compleja, también con rasgos de racismo y misoginia. En descargo de la edición de Faber hay que conceder que se trata de un tomo para especialistas y estudiosos, pero también, si éste lo quiere, para el público general de la poesía, que siempre hará mejor en conocer los yerros o balbuceos de un Eliot o un Rilke que los menos malos versos de un mal poeta. Y sin embargo, la arqueología literaria a veces trae sorpresas: también se han publicado ahora unos poemas juveniles de Neruda que, correctos y con fogonazos, no son mejores que el también recientemente exhumado soneto en alejandrinos —el metro del Cuaderno de Temuco— de José Antonio Primo de Rivera. Uno fue creciéndose y llegó a ser el memorable autor de los Veinte poemas de amor y una canción desesperada y Residencia en la tierra para luego caer y recaer en una doctrina, esa forma de toxina que puede corromper una literatura. El otro disolvió el azucarillo de ese primer poema en el amargo cáliz de la más prosaica política, y lo que de más estético había en su estilo pronto se convertiría en la retórica vacía de sus seguidores. Mencionábamos a James: a diferencia del taimado protagonista de esa caza y cerco de las cartas de Aspern, nosotros no podemos sino sentir una mezcolanza de ingenua curiosidad y rubor al enfrentarnos a los inéditos. Por otra parte, no siempre es cierto, como el romanticismo de John Keats quería, que las melodías no oídas sean más dulces que las ya oídas.
Tienen estos antiguos textos de Eliot el carácter de naipes nuevos introducidos en una ya sobada baraja. Al lector lo atraen más por su novedad y brillo —tal vez el de los abalorios o las baratijas— que por su valor. Hay alguna sota de diamantes o de picas (vulgares bastos cuando escribe de los Reyes Católicos), pero abundan los cincos, los treses, los doses. Los ases brillan por su ausencia, y apenas hay nada que nos recuerde a ese póker que son los Cuatro Cuartetos o a la escalera de La tierra baldía. Si no triunfos o naipes de más prosapia, son pruebas de muchos solitarios. Entre la música de cabaret que parece arropar a algunas de estas letras o poemas, imaginamos a Thomas Stearns Eliot, tahúr de Saint Louis, Missouri, guardándose estas míseras cartas en la manga, pobre envite sobre la mesa de juego de uno de esos vapores del Sur que con las inmensas palas de su rueda —la de la Fortuna, también la del Tiempo— gira hoy y certifica que no está de racha.

3 comentarios:

José María JURADO dijo...

Curiosidades de la vida, esta semana he comprado en Renacimiento los dos primeros años,1996 y 1997, de Clarín encuadernados y ayer mismo me encontré con este artículo tuyo en la edición de papel, casi al final del segundo tomo, que ahora veo en el blog para enterarme de que además ya salió el nuevo número de Renacimiento. Y que se dedica a T. S.Eliot. Un pañuelo, esto del papel impreso o digital. Ni que decir tiene que me ha gustado, en tinta y en eelectrónico.

Luis Spencer dijo...

Antonio, felicidades por el artículo, que no había leído. De Eliot, decirte que creo que está sobrevalorado en nuestra tierra, también ha tenido una influencia negativa en la creación de cierto nimirealismo en la poesia actual. No tenía noticias del número de ésta revista. Pero a estas alturas, y con lo que ha llovido, dedicarle mas antenciórun me parece exesivo.

Un abrazo.

Antonio Rivero Taravillo dijo...

Pues sí que es curioso, José María. Y Luis, te confieso que no es Eliot mi poeta favorito. Ahora bien, a su favor tiene que su obra es breve, con libros mejores que La tierra baldía. Me refiero naturalmente a Cuatro cuartetos. La tierra baldía es un buen testimonio del caos contemporáneo. Una maldad: es uno de los poemas más leídos de la lengua inglesa no por su valor, sino porque su intelección se resiste a la lectura, y hay que leerlo, releerlo, requeteleerlo... Yo tengo traducida la primera versión, antes de que don Ezra metiera la tijera. A lo mejor la copio aquí una década de éstas. Abrazos a los dos.