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Lo va depositando en jarrones antiguos. Sobre un lecho de húmeda tierra, el mantillo. Luego, el ritual del agua, vertida con la morosidad que en las grutas, sin prisa porque no existe el tiempo, se enseñorea caprichosamente de las formas.
En la cámara, el frío intenso hace el resto. Ni unas cuantas velas encendidas —pocas— con su tímido arder quiebran la penumbra. Crecen, despaciosamente crecen. Imperceptiblemente van añadiendo materia a su materia. Y hay quien cree que esto es vida. Cómo engaña la muerte.
2 comentarios:
¿Y mañana o pasado los constantes lectores de estas calenturas en qué librería las vamos a encontrar?
Traslado tu argumento, José María, al posible editor, para que se anime. Y te anuncio que van a cambiar las tornas y que voy a ir colgando aquí las estampas de mi libro Las ciudades del hombre (Llibros del Pexe). En este caso, los posts corresponderán a textos ya publicados. Gracias por leerme.
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