lunes, 22 de septiembre de 2008

El desiderátum de la traducción

Publicado en La mirada, 148 (El Correo de Andalucía, 2/6/98):

Es universalmente reconocido que el arte de la traducción ha de tener no poco trato con esa virtud de Job: la paciencia. Y que sin ella —y con su enemiga, la prisa— se pueden hacer verdaderos desaguisados y entuertos. Acaba de ver la luz el Libro blanco de la traducción en España. Sin querer hacer sombra a ese notable centón de estadísticas y datos, y sin querer ni mucho menos llegar a la radicalidad de los planteamientos de Jonathan Swift en su Humilde propuesta para evitar que los hijos de los pobres sean una carga para sus padres, donde sugería la creación de granjas de engorde y mataderos de niños como primera providencia para solventar el problema de la endémica hambruna irlandesa, creo que es mi deber exponer las siguientes consideraciones sobre el hambre de buenas traducciones que aflige a los lectores, bien entendido que aquéllas —las consideraciones— se aducen como descargo de las acusaciones que de traidor suele recibir el gremio, tantas veces puesto en la picota.
Creo que todo traductor literario, al comenzar su carrera, debería fijarse una amplia nómina de obras sobre las que trabajar, y, sentado este censo del que querría estar orgulloso al acabar sus días, poner manos a la labor, que ha de ser lenta y repetitiva, torneadora y tornadora sobre los propios pasos. Esto tendría una ventaja añadida: las novedades se pondrían en cuarentena (de años, no de días), y nos evitaríamos las innecesarias traslaciones de tantas obras superfluas. Una vez establecido qué novelas o poemas —tantos como permitan la salud y el ímpetu; también, la ambición de cada uno—, el traductor habría de poner en su lengua, y de la mejor manera, eso que en otra se dijo y para siempre. ¡Para siempre! Las más de las ocasiones, los escritores liman y corrigen, pulen, cercenan, talan, clavan cuñas y podan sus creaciones, y lo que dan al editor, ya en caracteres inamovibles, no es más que la ilusión de un texto acabado (que sólo lo es porque su autor, un día, decidió no enmendarle ya más la plana). ¿Por qué habría de ser menos detenida la traducción? ¿Quién que ha traducido versos no convendrá que su traducción no sólo es una de entre las posibles, sino que además siempre cabe mejorar el ritmo o introducir un sinónimo?
El traductor debería contar con todo el tiempo que la obra requiere y muchas veces por educación ésta no pide. Así, en su estudio, como un artista que hoy da una pincelada más a ese lienzo o sigue biselando ese volumen, el traductor debería emplearse a fondo con el buril, y conforme avanzan las legiones de sus horas de esfuerzo por las selvas vírgenes que irán domeñando, pacificando y haciendo suyas, ir dejando puestos en la retaguardia donde un puñado de no menos valientes, pero sí más solitarios y sin duda oscuros afanes, privados de esa gloria que se dispensa en primera línea, vayan perfeccionando lo ganado.
Es una profesión que debería estar mejor pagada, cuando no sujeta al mecenazgo rumboso. Por su parte, editores y público no deberían apremiar a la finalización del empeño, y el traductor, cada vez más cerca del adjetivo justo, del calco del original —imposible—, sólo tendría que ocuparse de mantener en perpetuo y perfecto estado de revista el texto traducido, de forma que siempre la última versión fuera transparente y accesible a sus albaceas. Ello hará posible que al morir, acabada sólo unos años antes de su muerte la traducción de aquellas obras que escogiera en su juventud, y transcurridas sus postrimerías en correcciones, dé al fin a la estampa, porque la vida no quiso ya darle más prórroga, el fruto corregido de su esfuerzo: esa decena de volúmenes netos y precisos, fielmente hermosos o terribles.
Con intereses mercenarios nada de esto podría conseguirse, pues el tiempo o su valor en oro —ése que delimitan las declaraciones de la Renta y los plazos del piso, los años de esas bocas que crecen y hay que alimentar, y lo que resta para llegar a esa exigua pensión de la senectud—, el tiempo, decíamos, esa ficción de los filósofos, es el mantillo del que crecen las buenas versiones.
A diferencia de la obra propia, que con el paso del tiempo el autor va viendo como más extraña —“hoy no habría escrito eso”, “me siento muy ajeno a esa novela mía”, “me causa sonrojo recordar aquel libro”— la del traductor se aproxima cada vez más al modelo y, sin embargo, aunque aquél se identifique mucho con la obra, jamás llegará a ver como propios los defectos de la misma. En el trance de la muerte muchos escritores condenarían al fuego todo o la mayor parte de lo escrito, pues después de las satisfacciones de la carne nada hay que sea más efímero que el goce que un escritor recibe de su reciente obra. El poema que en el momento de finalizado e irse a la cama su creador era genial, a la mañana siguiente no suele ser más que un demudado logro que ha perdido su aroma, como un rostro ante el espejo el día que sigue a la ebriedad.
Los buenos traductores, dispensada ya esa dádiva del tiempo casi ilimitado, serán los que por vocación no es ya que escojan el trabajo de una vida, sino la forma en la que querrán desarrollarlo: qué libros, qué autores, qué destinos afines. No por el dinero que pudiera reportarle tradujo Baudelaire a Poe. No sólo por esas treinta monedas tradujo Judas, primero en actos y luego éstos por medio de otros al griego o al arameo, el texto que en la mente de Dios estaba, informe y eterno, dispuesto para el destino de su Hijo.

3 comentarios:

Juan Manuel Macías dijo...

Es un texto magnífico y sumamente interesante.
Meditando al vuelo, creo que estamos de acuerdo en que una traducción de literatura tiene que aspirar a ser literatura en la lengua de destino. Y como tal, debería estudiarse también en la historia de la literatura de dicha lengua. Hay un problema de público general, supongo que influído por la traducción de novelas en masa. Hay gente que se contenta con tener a un Keats o a un Horacio, y no tener a "ese" Keats o a "ese" Horacio. O a todos, pero entendiéndolos como diversas miradas críticas de una fuente común.
Interesantísimo artículo, insisto. Un saludo.

Antonio Rivero Taravillo dijo...

Coincido contigo, Juan Manuel. La traducción, especialmente la de poesía, es un género literario más, mixto y fronterizo. Saludos.

Anónimo dijo...

Hola Milord,

Compruebo que tu haren de admiradoras actuales va viento en popa a toda vela...enhorabuena.

Yo sigo leyendo el pasado inmediato de este tu cuaderno de bitácora. Es divertido: ahora estoy en septiembre.

Coincido con tu amigo en que lo ideal sería tener "ese" libro y su compañero traductor y no uno en general.

Espero que hagas los "deberes" sobre Australia ,cuando puedas claro.

¿Qué tal estais?

Kay :)