viernes, 12 de septiembre de 2008

La naturaleza en la poesía celta




Se puede asegurar, con toda la certeza de quien aún tiene curiosidad y está dispuesto a hallar maravillas desconocidas que lo desmientan, que ninguna literatura entre las vernáculas europeas ha alcanzado jamás a la de los pueblos celtas en su visión y expresión de la naturaleza. Conviene hacer hincapié en este binomio, visión y expresión, porque la segunda sólo es posible, y viene condicionada, por la primera. Como se ha señalado numerosas veces, un rasgo característico de la literatura celta es su desarrollado sentido del color (Borges se hizo eco de ello en sus clases de literatura inglesa): mientras que en otras literaturas clásicas o medievales encontramos adjetivos que significan “brillante”, “reluciente”, “fúlgido”, “pálido”, “blanco”, “pardo”, “oscuro”, “sombrío”, “gris”, “negro” (los adjetivos de alguien que no distingue el color) en las literaturas celtas primitivas hay un uso constante de palabras para diferentes colores, a menudo variedades del mismo: “rojo”, “granate”, “encarnado”, “carmesí”, “púrpura”, “celeste”, “azul”, “verde”, etcétera. Es la misma policromía que tiñe los manuscritos iluminados, como el Libro de Durrow o el de Kells, un cromatismo que existe en la naturaleza y que los celtas se niegan a dejar fuera de su arte.
Ya en el aspecto más simple de la lengua, el nombre de las letras que componen el alfabeto, los irlandeses llamaron a cada una según el nombre de un árbol que comenzara por dicha letra. Así, el alfabeto era ailm (olmo), beith (abedul), coll (avellano), etc. La importancia que los árboles tenían para los celtas queda de manifiesto en multitud de antiguos poemas que tratan de ellos, como es el caso de la Câd Goddeu (Batalla de los árboles) galesa, de la que se ocupó ampliamente Robert Graves en su obra La diosa blanca, o en el sentimiento del bosque como un lugar sagrado y lleno de revelaciones, en donde solían erigirse santuarios y se practicaba el culto del roble, el árbol celta por antonomasia (aunque en Bretaña haya sido desplazado por el manzano). Precisamente, el roble aparece como raíz —qué apropiado para un árbol— de la que surge la palabra druida (druí en antiguo irlandés y derwydd en galés), que literalmente significaría “conocedor del roble”. Un poeta irlandés del siglo XII, cuyo nombre no nos ha llegado, se dirige a él con estas palabras: “Roble tupido, frondoso, eres alto entre los árboles”.
Aquí y allá aparece en la poesía celta el tema del hombre que se marcha a vivir a los bosques despreciando los lujos —pocos para la época— del mundo. Sin embargo no hay idealización: se nos muestra lo duro de esa existencia y la indefensión ante las inclemencias del tiempo. Así sucede con Suibhne, príncipe norirlandés del siglo VII que ha inspirado numerosos poemas (el verso citado arriba pertenece a uno de ellos), o con el propio Merlín según algunas fuentes (como la deliciosa Vita Merlini de Godofredo de Monmouth, basada en los textos galeses sobre Myrddyn). Volviendo a los inevitables robles, hay que decir que según otra tradición el famoso mago terminó sus días encerrado en la corteza de uno de ellos.
Pero este gusto por los árboles no queda limitado al ámbito precristiano en que habría que ver a Suibhne y Merlín; también está presente en toda una serie de composiciones irlandesas en las que eremitas y monjes retirados a la paz de la naturaleza describen su vida sencilla. Júzguese la lozana hermosura de estos versos escritos hacia el siglo X:

Tengo una choza en un bosque,
nadie la conoce sino mi Señor;
un fresno aquí, allá un avellano,
un gran árbol en un montículo la cierran.

Dos jambas de brezo la sostienen
y un dintel de madreselva.
En torno de su cerca, el bosque
echa bellotas a rollizos cerdos.

De esta época anterior al año mil es también una serie de poemas que tienen como protagonista el paso de las estaciones y la mudanza que esto trae no sólo al paisaje, sino igualmente a los seres que lo habitan. Son vivas estampas que bien ejemplifican lo que había dicho Kuno Meyer, insigne precursor de la filología celta: “en ninguno de ellos encontramos una descripción elaborada y continuada de una escena o un paisaje, sino más bien una sucesión de pinceladas e imágenes que el poeta, como un impresionista, nos presenta con ligeros y hábiles trazos”. Un poema típico es éste del siglo IX, que no me resisto a traducir entero:

Os traigo una noticia:
brama el ciervo;
echa nieve el invierno;
se ha ido el verano.

Viento alto y frío;
muy bajo el sol;
breve su carrera;
veloz corre el mar.

Granate el helecho;
perdida su forma;
el grito del ánsar
se hace frecuente.

El frío ha apresado
las alas de las aves;
tiempo de hielo;
ésta es mi noticia.

Muy probablemente, Ezra Pound desconocía este poema; pero bien que le serviría para reafirmar su idea de que literatura es aquella noticia que permanece siendo noticia (literature is news which stays news). ¿Quién negará a esta noticia imperecedera el rango de literatura de la más alta calidad?
Meyer ya había comparado este tipo de poesía con la japonesa, en la que lo sugerido es muchas veces más importante que lo dicho; así resulta que, paradójicamente, el más occidental de los países europeos, Irlanda, posee una sensibilidad afín a la oriental. Mención especial merecen los poemas breves o epigramáticos, como son las notas marginales que los escribas irlandeses dejaron en algunos de sus manuscritos, o la estrofa galesa llamada englyn, que consta de sólo tres versos, como un haiku, y aunque son muchas las diferencias que tiene con él, también es no poca la similitud. Esto puede apreciarse por ejemplo en uno de los englynion atribuidos a Llywarch Hen (siglo IX):

Esta hoja, el viento la lleva.
¡Ay de su suerte!
Es vieja y nació este año.

Así aislado, el poemita es hermoso e intenso, pero sólo cobra su total significación entre los otros de una larga tirada en que el poeta se lamenta de su vejez; como hombre percibe en su propia carne la rapidez inexorable de la decadencia, y como poeta, la ley de la analogía, elemento indispensable del lenguaje poético.
Un nuevo tratamiento de la naturaleza se da con el más grande poeta que haya dado el País de Gales: Dafydd ap Gwilym (c. 1325-1380). Aquí el bosque es visto con los ojos de un Don Juan céltico: es el gozoso escenario que invita al amor, el lugar donde se cita a las muchachas, donde la exuberancia de la primavera despierta a la de los cuerpos. En un poema memorable, Dafydd se lamenta de que una tormenta de nieve le impide acudir a su cita amorosa, y describe la tristeza de los campos entreverada con el propio infortunio.
Nada tiene que ver lo que los celtas medievales describen de la naturaleza con lo que en el resto de Europa se llamó “vuelta a la naturaleza”, el Renacimiento, con sus paisajes bellamente estereotipados que no logran escapar a la convención. Es cierto sin embargo que la frescura innata de los poemas celtas no siempre se ha mantenido con el mismo grado de pureza, y se puede observar una sedimentación que convierte en tradición literaria lo que en un principio era espontaneidad. Pero esto es sólo aplicable a los epígonos: no han faltado poetas de talento que tras la riquísima etapa medieval hayan vertido nueva savia en el árbol centenario. Así, en tiempos más próximos, la poesía de la naturaleza ha seguido floreciendo en las distintas lenguas: poetas como los galeses Iolo Morgannwg y Thomas Telynog Evans o los escoceses Alasdair Mac Mhaighistir Alasdair y Duncan Bàn Macintyre son buena prueba de ello. Macintyre, un guardabosques que no sabía leer, compuso algunas de las más vívidas descripciones que de la naturaleza se hayan hecho en lengua gaélica. Por ellas desfilan el ciervo y las aves, los árboles y los arbustos, desde la perspectiva única de quien pasa su vida como uno más entre ellos. Y siempre con su habilidad para sorprender mediante metáforas como ésta, “los brillantes arroyos con sus melenas de trenzas azules”, que aparece en uno de sus más conocidos poemas.
Especialmente en la poesía gaélica es frecuente la identificación del ser amado con un árbol, atribuyendo a aquél las virtudes de éste. El contemporáneo Sorley MacLean lo hace cuando escribe: “ella es un abedul, es un almendro, un recto y esbelto serbal joven”, en un poema que abunda en este tipo de prosopopeya a la inversa, esta, llamémosla así, arborización de las personas. En otro poema, “Bosques de Raasay”, el poeta se sirve de imágenes proporcionadas por la naturaleza salvaje de esa isla escocesa para ir más allá y elaborar una larga meditación sobre el conocimiento. En una feliz simbiosis de elementos nuevos y antiguos, la poesía de la naturaleza sigue aún hoy viva en Escocia y en los otros países celtas porque ha demostrado ser parte sustancial —connatural, diríamos— de sus literaturas.

5 comentarios:

Jesús Beades dijo...

Un texto muy enriquecedor, que anima a leer -incluso a estudiar- toda una tradición literaria. Una de tantas cosas que no caben en nuestros días de 40 horas. Pero gracias a tu artículo, lo disfruto por un rato.

Antonio Rivero Taravillo dijo...

Me alegro de que te haya gustado, poeta. En los próximos días colgaré más cosas sobre aquellas latitudes (qué digo aquellas: éstas del alma enrevesada y nórdica). Un abrazo.

Manuel g. dijo...

En esta poesía se combina la contemplación de la naturaleza con un estado de ánimo.

En otras literaturas antiguas, como la grecolatina, o la europea medieval, creo que es difícil encontrar esto, hechas más a base de descripción o retórica.

No sé. Se me viene a la cabeza la literatura andalusí, que tiene una fuerte dósis también de estado de ánimo, pero también de retórica(y el tema preponderante no es la naturaleza salvaje sino más bien la exaltación del jardín, los placeres y la mujer)

En todo caso, se me antojan otros paralelismos en estas dos tradiciones, comparables en muchas cosas, como códigos poéticos fuertes, por ejemplo en esas míticas escuelas de bardos y poetas tanto en las cortes de Irlanda como en Alandalus; ambas legendarias tierras de poesía.

Anónimo dijo...

Desde Ushuaia, le envìo mi saludo y agradezco su trabajo literario.Conocì a Jorge Luis Borges en su casa de Bs As cuando tenìa yo 17 años y lo entrevistè y grabè sus recitados de poemas celtas, pronunciaba el inglès antiguo maravillosamente.Estoy aprendiendo a expresarme poèticamente. Gracias por todo!Marìa Cecilia

Ivan Alsace dijo...

Muy bueno, que lastima que se me complica encontrar libros desde mi lugar. Ah, si Argentina se animara a nadar al otro lado del charco