domingo, 7 de septiembre de 2008

Recuerdo de Islandia

Este verano, una cadena de periódicos andaluces me pidió unas palabras sobre un viaje inolvidable, y éstas son las líneas que envié y que se publicaron ligeramente extractadas:

Fue en el verano de 2006 cuando, tras mucho acariciar la idea, por fin viajé a Islandia. El viaje comenzó con muy mal pie, pues la misma mañana que lo emprendíamos se frustró en Londres el famoso atentado con líquidos explosivos que ha cambiado la forma de llevar el equipaje de mano en los aviones y llenó de bolsitas transparentes y recelo las terminales de medio mundo. Nuestro vuelo, vía Heathrow, se canceló, y tuvimos que acortar nuestra estancia en la Última Thule, y aun así, por Odín y todos los dioses del Walhalla, juro que ésta fue inolvidable. Nuestro vértigo se asomó a cráteres imposibles, los brazos quedaron doloridos de agarrarse a la borda de un barco en el que avistamos ballenas, las suelas se empolvaron de ceniza de lava, el pelo se cubrió de gotas en suspensión de cataratas rugientes, ante ellas mi acompañante lució la más bella diadema –el arcoiris, que siempre me recuerda al dios Heimdall- y las manos se sintieron por una vez fuertes, poderosas, sosteniendo las rocas más aleves, de piedra pómez volcánica. Los islandeses son un pueblo muy hospitalario, y una visita que sin duda repetiré es la de la Laguna Azul, en cuyas aguas termales, junto al silicio y bajo la luz que no declinaba, flotó la dicha de estar en Islandia como en un poema de Borges. Aquellos días pasaron con la velocidad que trazó en su correr un zorro ártico que vimos junto aun glaciar. La víspera de nuestro regreso, una bandada de cisnes salvajes graznó sobre nuestras cabezas canciones migratorias.

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