domingo, 5 de octubre de 2008

De un cuaderno bretón (IV)




Concarneau es un puerto pesquero de primer orden, el cuarto de la nación, y, en habitantes la villa alcanza a ser la tercera de la no muy poblada región de Finisterre. Habíamos ido a recalar allí para pasar un par de días de diversión y música en la celebración del Festival de las Redes Azules. La noche de nuestra llegada ya estuvimos recorriendo las calles de la Ville-close, la ciudadela amurallada rodeada por las aguas que bañan también los puertos (el de pesca y el de recreo). Es este recinto un tanto decepcionante, lo que podría denominarse una trampa para turistas, lejos de ser un lugar vivido y con verdadero encanto. Apenas una calle alberga la totalidad de tiendas y restaurantes que se apiñan unos junto a otros, sin apenas solución de continuidad. Algún comercio se salva por su contenido, como la pastelería “La Maison du Kouign Amann”, que está en la plaza de San Guenolé: allí se hacen y venden galletas hechas a mano según una receta tradicional, con ciruelas o manzana, más las célebres galettes fines y las palets.
Ya saliendo de la Ville-close, dejando atrás los racimos de turistas que deambulaban por su calle principal, nos acercamos a la puerta del recinto. Y ya antes de llegar oímos las notas de un arpa. No hay música más acuática, en la que reverberan ecos de Ys y las ciudades sumergidas. La magia de Bretaña: la noche, un arpa, el agua, todo lo que fuimos en la placenta, a oscuras, en sintonía por una vez con el universo.
Concarneau ha ido adaptándose a los tiempos, es decir, ha ido capeando temporales: en el siglo XIV permaneció treinta años en poder de los ingleses. Después fue una importante guarnición, ya francesa, y desde fines del siglo XIX centro de una importante industria conservera. Fue en 1905 cuando con la desaparición de los bancos de sardinas, las fábricas de conserva y los pescadores sufrieron un gran revés. De aquí que se instituyera el mencionado Festival de las Redes Azules, las Filets Bleus, para socorrer a los que se habían quedado sin medios para ganarse la vida. En años más recientes, los astilleros y los diques secos han venido a cobrar una gran importancia. Hoy, la pesca está diversificada: hay buques de altura y de pesca artesana, y casi tres decenas de buques congeladores, que salen al atún y que llegan a lugares tan remotos como Senegal, Costa de Marfil, Madagascar o las Seychelles.
El Festival de las Redes Azules tiene su momento culminante en el gran desfile que se celebra la mañana del domingo, en el que toman parten más de un millar de participantes, todos ellos luciendo trajes regionales, muy diversos y ricos y un tanto desparejos, pues es posible ver cómo un círculo o peña lleva prendas de principios del siglo pasado mientas que el siguiente viste galas que se remontan a dos o tres centurias antes. Ellas suelen lucir vestidos de un negro casi azul; ellos, casacas también de un azul oscuro, con botonaduras y alguna lista o cenefa en amarillo. No falta el inmaculado blanco, muchas veces en las cofias, como contraste y eco, con el negro, de la bandera de Bretaña, la Gwenn ha Du de listas junto a un campo de armiños. Pero ya digo que la variedad de telas y confección es mucha.
La bandera de Bretaña, de la Armórica, se parece mucho, claro, a la de los Estados Unidos de América. La enseña es de 1923, e imita a la de las barras y estrellas norteamericanas. Uno se pregunta si además de la lógica influencia de la república de ultramar no pesó en la elección el eco, el recuerdo del Ranger, barco de John Paul Jones que por primera vez hizo ondear la bandera estadounidense en Europa, aquí en la bahía de Quiberon.
Por la tarde hay espectáculos de baile, y competiciones de juegos tradicionales armoricanos, entre los que destaca la lucha bretona: sobre un montículo de tierra traída para la ocasión, dos mozalbetes o adultos se enzarzan en una rústica pelea en la que, como en la grecorromana y tantas otras de occidente, a diferencia de muchas orientales, no se intercambian golpes, sino presas, agarrones, lo que en nuestra infancia llamábamos, con veneración al ducho en ellas, mañas.

2 comentarios:

Juan Manuel Macías dijo...

Me has recordado, con lo del arpa, aquel viejo disco de Alan Stivell que empezaba con un largo tema titulado "ys"... sigo con avidez estas crónicas. Un abrazo.

Antonio Rivero Taravillo dijo...

¿Pero esto qué es, Juan Manuel? Está muy feo hacer de hacker en los ordenadores de los amigos. Porque el caso es que ya tengo dispuesta desde hace días una entrada en que aparece Stivell y su Renacimiento del arpa céltica, ese disco definitivo en que parece "Ys". La publicaré pronto. Un abrazo, druida.