martes, 14 de octubre de 2008

De un cuaderno bretón (IX)




Llegamos mediada ya la tarde a Guingamp, procedentes de Dinan. No había mucho tráfico a esa hora y no fue difícil encontrar un lugar para aparcar, prácticamente en el centro de la villa. Sucede que en Bretaña (no sé si en otras partes de Francia) hay que tener especial cuidado cuando se estaciona el coche en los grandes aparcamientos al aire libre, pues muchas veces son estas áreas despejadas donde se celebran los mercados una o dos veces por semana, por lo que la víspera hay que retirar el automóvil motu proprio, antes de que lo haga la grúa para dejar sitio a los puestos de quesos o de miel, de maestros cerveceros o carniceros ambulantes.

Luego, cama y silencio en el castillo de Brélidy, cena en mitad de la campiña. Muros de piedra y techos de pizarra.

En Tréguier, al norte de Brélidy, visitamos la casa natal de Renan. Allí pasó el autor de la Vida de Jesús, muy popular en su día y hoy polvo (sacramento de la confirmación de lo que a todos nos espera), sus primeros años. El edificio, primorosamente restaurado, es una feliz mezcla de piedra y madera, con volteadas vigas en relieve y en aspas que buscan el cielo bajo el pronunciado tejado de pizarra. Como tantas construcciones similares de Bretaña, en su fachada se pueden apreciar líneas que se curvan por el peso, vencimientos que escoran el volumen hacia un lado, delicadas asimetrías de la madera, al fin y al cabo más cerca de un organismo vivo y caprichoso que la piedra, firme y menos cansada por los siglos.

3 comentarios:

marisa dijo...

Recuerdo que en casa de mis padres hubo desde siempre un ejemplar de Renan y otro de Reclus, que por cosa del sistema alfabético que mi padre impone al orden de sus libros, dormían juntos en el mismo estante...Habían pertenecido al abuelo de mi padre y fueron rescatados de la quema a la que fue sometida la biblioteca familiar en los tiempos oscuros del régimen franquista.¡Qué curiosa la memoria! Tus estampas de mi querida Bretaña me han llevado también al sillón verde del salón de mi casa paterna, y a esos dos libros encuadernados en rojo con letras doradas y cosidos a mano, que mi padre hojeaba (y ojeaba)siempre muy pensativo.
La memoria es así de caprichosa enhebrando recuedos.
Un saludo.

Antonio Rivero Taravillo dijo...

Eso tiene la literatura, Marisa, que suscita evocaciones. A mí tu comentario me ha llenado de gran tristeza por la suerte de la biblioteca familiar. Pero alegría por el tesón en salvar los libros. ¡Qué terrible todo! Un abrazo.

Apostillas literarias dijo...

Qué hermoso paseo. A mi me encanta visitar este tipo de construcciones que guardan tantas cosas y que a nuestro paso seguramente deben de sentirnos un poco.