lunes, 6 de octubre de 2008

De un cuaderno bretón (V)

El del Cabo Fréhel es uno de esos escenarios de Bretaña que difícilmente se olvidan. Desde su borde, uno se alza a, no sé, ¿sesenta? ¿setenta metros sobre el nivel del mar? Detrás un faro muy alto, y otro, su padre, más antiguo y de menor estatura; delante cormoranes, alcatraces y gaviotas. Y con ser hermoso el paisaje, enseguida se apoderan de uno deseos de viajar, de buscar lejanías, singladuras que lleven a otras tierras, a promesas que se ofrecen más allá del horizonte. Los bretones vinieron de Devon y Cornualles en los siglos V y VI, y les ha quedado un ansia de navegaciones, de probar suerte lejos. Así muchos se fueron a pescar al Cabo Bretón, en Canadá, y otros, antes, al comercio con las Indias Orientales, marinería de San Malo y Lorient mayormente, u Occidentales, tripulaciones de Nantes. Quien fuera alumno de la Escuela Naval de Brest, Pierre Loti, dejó testimonio de las penalidades de los que se aventuraban a la captura del bacalao en su impagable y exitoso en tiempos Pescador de Islandia. A la derecha del faro, a unos kilómetros, el Fuerte La Latte, que moja sus pies, como un tosco guerrero cubierto por aparatosa armadura, en las aguas. Hay castillos que están próximos al mar, pero éste del que hablo prácticamente surca las olas, como una proa de tierra en el Océano Atlántico. Su foso es el más profundo y ancho: llega hasta las Islas del Canal o hasta Inglaterra. Su torre del homenaje, casi un faro ciclópeo pero ciego y algo achaparrado para lo que se estila.
Imanes de la espuma, apacentadores de los grandes rebaños de olas, los faros de Bretaña son hitos memorables, codificados guiños que me trasladan a otras tierras célticas. Si viendo las pinturas de Gauguin –Tahití, las islas Marquesas– el pensamiento se va a Samoa y al que apodaron Tusitala, el narrador de historias, los faros recuerdan a la misma persona, Stevenson, que procedía de un linaje de ingenieros que sembraron de faros, lighthouses, el litoral de Escocia. Éste escribió: “dondequiera que huela agua salada, sé que no estoy lejos de las obras de mis antepasados”.

4 comentarios:

Juan Manuel Macías dijo...

"Imanes de la espuma, apacentadores de los grandes rebaños de olas...", qué bueno, y cómo huele a mar. Me encantan (en el sentido más literal de la palabra) los faros. Qué bien que aún no se termina este cuaderno bretón. Un abrazo.

marisa dijo...

Recuerdo mi viaje a Bretaña como un viaje mágico, una de esas experiencias que se quedan para siempre en tu retina y vuelven a veces, en momentos como éste, en el que leyendo estas palabras tuyas me parece que de nuevo me dejo mecer por aquella brisa, y me empapa otra vez la misma lluvia ... ¡Qué poder evocador y maravilloso tienen siempre las palabras! Bella tierra y bella evocación. Un saludo.

Antonio Rivero Taravillo dijo...

Siempre nos quedará Bretaña... Juan Manuel, Marisa: acercad esos cuencos, que os eche un poco de sidra.

manuel g. dijo...

Traté hace tiempo de informarme mejor sobre esa migración británica a Bretaña, y me parece algo sucedido realmente, pero exagerado el que se suela asignar a los bretones sólo esa ascendencia como explicación a su diferencia.

¿No sería más normal ver en lo bretones el último "reducto" de la galia?

Por cierto, siempre me resultó interesante la cuestión de considerar la cultura francesa como heredera de la cultura de la galia...¿qué pasa con los franceses?¿qué quedó de los galos?

A veces las identidades políticas no se corresponden con la cultura de base existente. En muchos paises suele existir una identidad cultural nacional, en realidad de una élite (que normalmente corresponde a unos conquistadores), y luego, la del pueblo, que tiene mucho más que ver con la indígena; por ejemplo, pensemos en Andalucía, en México... dominadas por una cultura de élite o de prestigio castellana, frente a la cultura popular...

En Irlanda aparentemente se libraron en último momento de ser dominados por la identidad de la élite inglesa, que hubiera arrastrado por el suelo toda la cultura gaélica. En Andalucía -un caso muy semejante de tierra conquistada y dividada como botín- ya ha calado casi totalmente esa cultura de élite, que ocupa casi todos los ámbitos de prestigio (menos la música, el lugar donde se hace siempre más fuerte lo popular)

Nunca se perdió en Eire esa identidad cultural de prestigio basada en lo gaélico, mientras que en Andalucía la alta cultura andalusí fue sustituida por la cultura castellana en todos los ámbitos de prestigio, aunque no en el nivel popular.

A los bretones, hoy por hoy, les da más fama y prestigio, internacionalmente, todo lo referente a la cultura céltica que ser simples franceses.