jueves, 9 de octubre de 2008

De un cuaderno bretón (VII)



Habíamos realizado varios intentos de reservar habitación en diferentes partes de Finisterre, siguiendo nuestra ruta en sentido contrario a las agujas del reloj, pero todo había sido en vano. Por ello, no hubo más remedio que hacer noche en Brest, ciudad de la que no tenía especiales referencias aparte de la novela de homosexualidad malvada de Louis Aragon (hecha película por Fassbinder) o de las noticias de su base naval y algunas opiniones no del todo favorables de Flaubert. Lo que no podía suponer es que la realidad superaría cualquier expectativa de mal agüero y que la ciudad se mostraría una de las más espantosas que uno haya podido conocer. Si a la novela de Dickens Casa desolada le añadimos dos eses, una al final de cada palabra, tal vez tengamos un pálido reflejo de lo que por acumulación es Brest: una sucesión de inmuebles modernos y avejentados, grises con vocación cenicienta.
No tengo queja del hotel de Brest. A lo que parece, es el mejor sitio en que uno puede alojarse en la ciudad. Lo que resultó verdaderamente curioso fue comprobar cómo la habitación daba a un gran patio destartalado cuyos flancos grises, desangelados, tristones, aventajaban en elegancia y alegría a las fachadas de tantísimos otros edificios que copan las calles. En todas partes del mundo, los patios son menos nobles que los frontispicios, acumulan más desgana, pero en Brest el patio de mi hotel no sólo ponía de mejor humor que las calles o avenidas; es como si se le hubiera dado la vuelta a un pañuelo (un pañuelo sucio, lleno de hollín de ferrocarril antiguo y averiado, de enlutado minero cuyo negro hubiera degenerado en deslustrado grullo).
Brest, puerto de la Armada, sufrió graves bombardeos durante la II Guerra Mundial. Como Colonia o Bristol, Coventry o Dresde, gran número de sus manzanas saltaron por los aires bajo las bombas que despachaban los aviones, y luego la reconstrucción fue una ardua y aplicada lección de feísmo.
Brest queda a pocos kilómetros de Plougastel Daoulas, con su calvario de finales del XVI. Es sabido que Alfonso Rodríguez Castelao, amén de político y escritor, fue excelente caricaturista y dibujante. Esa capacidad suya para el boceto, para el sketch, se muestra espléndido en uno de sus libros menos conocidos, preludio de otro del mismo tema sobre su amada Galicia. En As cruces de pedra na Bretaña, Castelao recoge ciento cincuenta y un dibujos de lo que él clasifica como “cruces primitivas”, “megalitos cristianizados”, “cruceros”, “cruceros-púlpitos” y “calvarios”. Son dibujos sencillos, esquemáticos a la par que complejos y fruto de una detenida observación, como cuando se entretiene a hacer un estudio comparativo de las estilizaciones de Cristo crucificado, con los diferentes tipos de alineamientos de las costillas y el resalte de unos u otros rasgos de su cuerpo.
Castelao, en sus viajes por Bretaña, pronto se dio cuenta del protagonismo que aquí tiene la muerte, como es meridiano en la figura del Ankou o el Anaon, y la multitud de leyendas que giran alrededor de estas figuras. Él, perseguidor de piedras, lo expresa así: “Hablando de Breteña resulta más acertado decir que la iglesia parroquial está dentro del cementerio que decir que el cementerio está alrededor de la iglesia. Tal es la importancia que allí tiene el camposanto”. Y más adelante, haciéndose eco de un escritor bretón, añade el argumento incontestable de que alejar los cementerios de los pueblos es como expulsar a los viejos lejos de la casa de sus hijos. Por cierto, que no aclaré arriba qué cosa sean el Ankou o el Anon. Es el primero un laborero de la muerte, alguien que la sirve recolectando muertos. Se le representa con una hoz, y montado en un carro del que tiran dos rocines, el primero enjuto, grueso el segundo. Por su parte, el Anaon es un cortejo parecido al de la santa compaña.
Uno ha leído un buen número de relatos sobre los difuntos que regresan a las que fueran sus casas y se codean, fantasmagóricamente, con sus descendientes. Uno de ellos lo refiere Anatole le Braz en su obra fundamental La Légende de la Mort en Basse Bretagne. En Plougaznou, había, en una pequeña y pobre granja, un hombre bueno y su esposa, los cuales, no teniendo medios para trillar el trigo a máquina, lo hacían a mano. Desde que se levantaba el sol hasta que se ponía, los dos laboraban concertadamente, el hombre manejando la vara y la mujer ajustando el paso al suyo.
Cuando tras la interminable jornada en el campo regresaban por fin a casa, apenas tenían ya tiempo para dar cuenta de unas pocas patatas y decir una breve oración antes de meterse en su miserable cama: un colchón de paja y unas bastas telas de cáñamo. Una noche, al marido se le antojó pedir a su mujer unos crêpes de trigo negro. Pero ella estaba tan cansada que le dijo: “Ni lo sueñes. Tengo los brazos hechos polvo, y además he trabajado tanto como tú, y puesto que tú eres más fuerte yo estoy más cansada. Y aunque tuviera fuerza para ello, no nos queda ni una pizca de harina, pues hace ya una semana que no pasas por el molino.” (continuará)

3 comentarios:

Juan Manuel Macías dijo...

Qué dos finisterres, Galicia y Bretaña. Ese "continuará" le deja a uno mordiéndose las uñas. Como las series de los setenta. Esperaremos el próximo episodio...

Ana Fernández dijo...

Aunque no tengo ninguno, me gusta mucho pasear por los blogs literarios, especialmete el tuyo, la nave de los locos, el de Luis Spencer, etc. cada uno en lo suyo, pero hechos con rigor. Un saludo y volveré por tus páginas.

Antonio Rivero Taravillo dijo...

El suspense del continuará, Juan Manuel, le va bien al relato bretón, tan fantasmagórico. Gracias por la paciencia cómplice. Y, Ana, la puerta está siempre abierta. Cómo me alegra que te interese el interior. Un cordial saludo.