miércoles, 5 de noviembre de 2008

El buda del Támesis





En Heart of Darkness, la turbadora novela de Joseph Conrad y según Borges “acaso el más intenso de los relatos que la imaginación humana ha labrado”, el primer e innominado narrador nos describe al protagonista, Marlow, a su vez narrador de la mayor parte el libro, con la pose de un buda sentado en un barco en el Támesis. Esto sucede en dos ocasiones: al comienzo y al final de la narración, enmarcándola de una forma que sólo, ilusamente, puede ser vista como carente de significado. Hay que pensar, por el contrario, y para no equivocarnos, que se da mucho más que una coincidencia de poses reflexivas entre ambos —Marlow y Buda— según la iconografía tradicional que nos muestra a éste en posición sedente y extática y también la descripción que Conrad hace de aquél: “sentado con las piernas cruzadas en la popa del barco, apoyado en el palo de mesana. Tenía mejillas hundidas y la tez amarilla, la espalda erguida y un aspecto ascético, y con los brazos caídos, con las palmas de las manos hacia afuera, recordaba a un ídolo.” En realidad, y sin necesidad de aventurar mucho, cabe decir que Marlow no es otra cosa que un buda en minúscula.
Pues, efectivamente, no debemos olvidar que el término buda, que literalmente significa “el que ha despertado”, o “el iluminado”, no es en sí un nombre propio, sino un título. La figura que repiten las artes de la India y de Bután, de la isla de Ceilán y la vasta China de estepas y de mares —aquellos que surcó el navegante Conrad—, es en metal o piedra la figura del Siddhartha de carne y hueso, el hombre que en el siglo VI antes de la era cristiana alcanzó el satori y con él la condición de buda. Para los seguidores de la religión que fundara es esencial la creencia de que habrá innumerables budas en el futuro, como ya los ha habido en el pasado. Y así, usando términos budistas, El corazón de las tinieblas es, de alguna forma, la sutra (“discurso”) de Marlow, un hombre que se ha convertido en buda, alguien que ha llegado a la iluminación y nos cuenta el doloroso camino que ha recorrido hasta alcanzarla.
Ya en el título, y constantemente a lo largo de la obra, aparece la idea de oscuridad, que actúa en diferentes niveles de significado: la oscuridad de la tupida selva, de la noche, la negritud del Congo, pero, sobre todo, la cara más sombría del alma humana. Marlow se ha adentrado en esa oscuridad, pero al hablar de su búsqueda, dice: “Fue el punto extremo de mi navegación y el punto culminante de mi experiencia. Pareció como si arrojara una especie de luz sobre todo lo que me rodeaba y en mis pensamientos”. Lo mismo sucede con Buda, en quien también está presente la misma metáfora de luz/tinieblas: “Mi mente se emancipó... Se disipó la ignorancia, surgió el conocimiento; se disipó la oscuridad, surgió la luz.”
Pero Marlow, sentado en la cubierta de una embarcación amarrada a miles de kilómetros, también describe su experiencia como un sueño, difícil de referir cuando ha finalizado, una pesadilla de la que ha logrado despertar. De este modo, Marlow combina en sí mismo las dos traducciones posibles y ya mencionadas de la palabra Buda a lenguas occidentales: “Iluminado” y “Despertado”. Ambos significados llevaron a Borges, en una conferencia sobre el budismo, a comparar a Siddhartha y James Joyce, quien había pronunciado la célebre frase: “La Historia es una pesadilla de la que trato de despertar.” Por otra parte, avanzando por este jardín de los senderos que se bifurcan, cómo no pensar en el célebre comienzo fluvial de Finnegans Wake, para muchos eruditos académicos no menos sagrada obra que las palabras de Gautama el Buda, y nocturna y onírica hasta el delirio; “oscura” como Kurtz, como Marlow.
Unas palabras del estudioso del budismo Hajime Nakumara pueden contribuir a un mejor entendimiento de la conexión entre Marlow y Buda: “La doctrina de Buda no es un sistema filosófico en el sentido occidental, sino más bien un camino” (un río, sugeriríamos). Y prosigue: “Un buda es sencillamente alguien que ha recorrido ese camino y puede informar a otros sobre lo que ha hallado”. Esto es exactamente lo que hace Marlow: viaja buscando a Kurtz a lo largo de un río que lo transforma, y después informa de ello.
Señalar y detenerse en las coincidencias entre dos obras, en cualquier caso, es siempre allanar el camino, tal vez jalonado por algún espejismo, a ese gran arenal que es el desierto de las disparidades. Hay una diferencia, una gran diferencia, que hace que el iluminado Marlow de la novela sea lo contrario de ese otro iluminado que es el histórico Buda: aquél se convierte en un escéptico, sin fe alguna ni deseo de ayudar a los demás. Cuando habla de su regreso a Europa y de las gentes ignorantes que aquí habitan, confiesa: “No tenía ningún deseo de iluminarlos; más bien tuve dificultades para reprimir mi risa ante sus rostros, tan llenos como estaban de estúpida importancia.”
Escritor sutil, Conrad ha tenido mucho cuidado en hacer evidente esta diferencia mediante el uso de la descripción, produciendo un gran contraste cuando hace que el narrador diga de Marlow que “tenía la pose de un Buda predicando con ropas occidentales y sin una flor de loto.” La naturaleza europea de Marlow y su condición profana aún se acentúan más cuando éste interrumpe su narración para fumar su pipa, algo más apropiado de un lobo de mar que de un profeta. De otro lado, las flores en general, y en particular el loto, siempre han sido símbolos de realización espiritual, siendo así que la flor de loto representa la pureza, pues aunque crece en las aguas cenagosas eleva la abierta belleza de sus hojas hacia el cielo. Que se resalte que Marlow no tiene esta flor, ¿no ha de significar que su conocimiento es muy diferente del de Buda?
La dicotomía luz/tinieblas que opera en toda la novela aún admite otra interpretación: el rostro doble del que ha despertado. Uno de estos rostros es luminoso y ofrece un camino para la liberación; el otro es oscuro y pesimista. Uno, escapando del ser (Buda), y el otro zambulléndose en él y su horror (Marlow). Lo que el personaje de Conrad cuenta no nos hace mejores; al contrario, hace aflorar una extraña y dormida desazón.
A todos los que escribimos sobre Conrad siempre nos tienta citar la eslava letanía que es el verdadero nombre del autor de Lord Jim y La línea de sombra. Y el polaco Józef Teodor Konrad Nalecz Korzeniowski, nacido en el exilio de una Ucrania equidistante del río de Londres y el valle del Ganges, occidental de ojos achinados, cumple como pocos la tarea del escritor de genio: describe el horror y nos lo adentra hasta los huesos, pero sortea las trampas de las teorizaciones o las teologías, reacio siempre a dejar caer su prosa por la indigna pendiente de la literatura de tesis.
Juan Eduardo Cirlot, un poeta que como Marlow vio el horror —The Horror!— en su dimensión inabarcable, ha dejado escrita en su colección de aforismos Del no mundo la más terrible refutación de la doctrina de Siddhartha bajo ojos occidentales: “Buda se equivocó. La causa del dolor no es el deseo, sino la carencia que motiva el deseo. Por la renunciación y el ascetismo se anticipa la muerte, pero no se resuelve el problema —los problemas— de la vida (engendrados por la radical carencia del ente que siente, sabe y se sabe).” Sin embargo, tal vez porque —dándole la vuelta al adagio de Blake— el camino de la carencia conduce al palacio de la locura (esa forma de autonegación menos serena que la que lleva al nirvana), la moda del budismo es la última mancha creciente aunque benigna —cosas de la capa de ozono y de los tiempos de crisis— aparecida en la epidermis de nuestra cansada sociedad. Hasta los actores de fama la abrazan, seguramente confundidos por la similitud fonética entre Hollywood y Holy Buddha, el sagrado Buda. Volviendo a Gran Bretaña, Hanif Kureishi escribía hace pocos años la excelente y galardonada El buda de los suburbios; estas semanas atrás, un tal Michael Dobbs publicaba la prescindible El buda de Brewer Street. Más profunda y perdurable, parábola obstinada, la novela de Conrad bien podría llevar el subtítulo de El sutra de Marlow; o bien, precursora de estas narraciones mencionadas y sin salir de su ámbito geográfico, El buda —o antibuda— del Támesis.


(Publicado en la revista El Molino de la Pólvora, Sevilla, hará seis o siete años)

1 comentario:

Sergio dijo...

Buena iluminación, a través de la comparación, del libro de Conrad. Me ha encantado este texto esclarecedor. Buenísima la cita de Cirlot.