martes, 11 de noviembre de 2008

El gran libro de la poesía gaélica




W. B. Yeats, siempre amante de las tradiciones nativas de su país, aunque a salvo de un nacionalismo miope, recordó una vez que no hay que abusar de la etiqueta “céltico”, pues lo que este epíteto ampara bajo su pluvial paraguas telúrico y nebuloso es más bien algo común a todas las razas primitivas del planeta. En otro ensayo dialogado manifestó que mucha literatura europea, especialmente la de países como España e Italia que tienen un campesinado de siglos, queda mejor traducida al gaélico que al inglés. Y añadió: “A fin de cuentas, Sancho Panza es casi, casi un granjero de Munster” (una de las provincias de Irlanda).
Eso, diría un gallego, es cierto y no lo es. España tiene mucho en común con Irlanda, pero la antigua literatura gaélica, tan rica y llena de mitología, y la medieval y de principios de la Edad Moderna, con su pervivencia de una clase bárdica para la que no hallamos parangón en Europa, no se presta a muchas equivalencias. Y es que lo gaélico, en Irlanda y Escocia, hasta el siglo XX, ya sea por su aislamiento o por su fidelidad a unos modos desaparecidos en el Continente, es una de las más peculiares riquezas de la literatura europea. En el mismo texto de Yeats, uno de sus personajes profiere esta amenaza, que ya en parte hoy vemos irremediablemente cumplida: “Si Irlanda abandona el gaélico, pronto será un barrio de Nueva York”.
Durante varios siglos fecundos, Escocia fue, en el sentido yeatsiano del término, un barrio de Irlanda. Su mismo nombre procede de los scotti, una tribu gaélica procedente de la isla, y monjes irlandeses, en monasterios fundados por toda su geografía, trasladaron una fe y unos modos que actuaron como elemento cohesionador de dos sociedades que llegaron a ser casi idénticas. Esa comunión de tradiciones pervive en las Hébridas hoy día, al margen de coyunturas políticas o religiosas.
Y de todos los libros publicados en Escocia el pasado año, ninguno como éste An leabhar mòr, The Great Book of Gaelic; ninguno tan monumental, tan imprescindible, tan hermosamente insólito. En sus 324 páginas (podrían haber sido el doble de no haber escogido los editores el formato apaisado y una fuente de letra menor que mediana) se condensan quince siglos de una tradición poética ininterrumpida, que va de San Columba a jóvenes que avanzan con paso firme en el siglo XXI.
Permítaseme un brevísimo excurso bufo sobre gentilicios. Si a los naturales de Burgos decimos burgaleses, a los de Edimburgo habríamos de llamarlos, ya que no edimburgaleses (el galés se habla en Cardiff, en el País de Gales), sí edimburgaélicos, aunque la lengua celta sea, confesémoslo, muy minoritaria en la ciudad. Allí, a metros de donde el gran incendio de hace pocas fechas, la editorial Canongate, especializada en poesía, y una entidad llamada Pròiseact nan Eilean (subtitulada en inglés The Gaelic Arts Agency, por más que su traducción exacta sea El Proyecto de las Islas), queriendo mantener encendida la llama de la lengua han publicado una antología magna de poesía gaélica al cuidado de Malcolm Maclean y Theo Dorgan. Todos estos detalles bibliográficos nos hacen ver mejor la envergadura de este empeño, en el que han colaborado una editorial de poesía y un organismo dedicado a la promoción de las artes plásticas, un coordinador escocés y otro irlandés, un galerista y un poeta.
Y nada de ello es gratuito. Como en el Libro de Kells, que se escribiría en la escocesa isla de Iona y hoy se conserva en el Trinity College de Dublín, este Leabhar Mòr agavilla en sus páginas poemas de todo el mundo gaélico, irlandés y escocés, y los textos aparecen acompañados de ilustraciones creadas ad hoc por artistas de ambos países, junto con selecciones caligrafiadas de los mismos. De alguna forma, con esto se consigue emular la tradición de los manuscritos iluminados que constituyen uno de los elementos distintivos y más apreciados del arte céltico.
Así, cada doble página incluye siempre lo siguiente: un poema en edición bilingüe (gaélico escocés o irlandés y su versión inglesa), el nombre del autor más las fechas de su nacimiento y muerte (cuando se conocen), el nombre del artista, el del calígrafo, el traductor, y el de la persona que propuso su inclusión en la antología. En la pagina impar se reproduce la obra gráfica original, siempre en una hoja de papel hecho a mano, aquí fotografiada. Y aunque a un lector español en su mayoría le resulten desconocidos, por estas páginas desfilan nombres de eruditos, poetas, traductores indiscutibles, como Frank O’Connor, Gerard Murphy, Seamus Heaney, Kuno Meyer, Thomas Kinsella, Nuala Ní Dhomhnaill, Alasdair Gray, James Clarence Mangan , Alasdair Mac Mhaighistir Alasdair, Hugh MacDiarmaid, Eibhlín Dhubh Ní Chonaill, John Montague, Antoin Ó Raifteirí, Máirtín Ó Direáin, Seán Ó Ríordáin, Somhairle Mac Gill-Eain... Sin duda estamos, con tan buena compañía, en el mejor cèilidh o fiesta céltica que han visto los siglos.
Tiene este proyecto un indudable sesgo escocés (mòr, grande, se emplea en el título con la ortografía escocesa, en lugar de la forma irlandesa mór), pero los compiladores han tenido el acierto de reunir poemas y autores de todo el mundo gaélico, amplio como su diáspora, incluida la comunidad de Cabo Bretón, en Nueva Escocia, o versos procedentes de aventureros irlandeses en el Nuevo Mundo o de colonos asentados en Sudáfrica. Amor, exilio, desarraigo, la constante presencia de una naturaleza más áspera que idílica, son ingredientes de esta poesía en la que sorprende lo numeroso de las voces femeninas, como la de la mentada Eibhlín Dhubh Ní Chonaill, autora del que se ha convertido en planto canónico de la tradición gaélica, la Caoineadh Airt Uí Laoghaire, o la de la anónima enamorada perteneciente al Clan Mackenzie que hacia 1700 confiesa, con amor ciego y fatal y tan lorquiano: “Ailean, Ailean, me alegra que estés vivo, / me arrebataste el ganado de los páramos, / quemaste mis gavillas de avena y cebada, / mataste a mis tres jóvenes hermanos, / mataste a mi padre y a mi marido; / y aunque hiciste esto, me alegra que estés vivo”.
Las traducciones al inglés varían en intención y logros: junto a traslaciones literales o magros resúmenes, hallamos versiones libres y ajustados equivalentes sin rima o con ella, como es el caso de la muestra de El tribunal de la medianoche de Brian Merriman (siglo XVIII) pasada por la privilegiada voz de Frank O’Connor. Pero en general permiten una cabal apreciación de los originales
Estamos, en suma, ante dos lenguas que como un solo salmón contra corriente se niegan a morir y buscan en su común manantial, en su origen, la fuerza para sobrevivir. Dios no lo quiera (al menos el Espíritu Santo de las lenguas de fuego, personalizado en la figura de una paloma, como San Columba), pero si algún día desaparecieran como idiomas hablados y sus países se convirtieran en barrios de Nueva York, como auguraba Yeats, el gaélico escocés y el de Irlanda tendrían en esta antología un monumento que les haría justicia. Una justicia poética.
Publicado en Clarín, 43 (Oviedo, 2003)


5 comentarios:

TOMÁS dijo...

Me encantó, Antonio, este artículo. Saludos.
Tomás
http://tropicodelamancha.blogspot.com

Jesús Beades dijo...

¿Y dónde se puede encontrar ese libro? Teniendo en cuenta que ya no quedan apenas libreros de los de antes (guiño, guiño).

Antonio Rivero Taravillo dijo...

Te agradezco el guiño, Jesús, cofrade de la hermandad de ex-libreros anónimos. El libro se encuentra, naturalmente, en las librerías que operan en la red. También en las otras, físicas, de Dublín o Edimburgo. ¿Nos acercamos a una y luego mojamos el gaznate en una taberna?

LUIS SPENCER dijo...

Antonio, a propósito de la mención de Yeats, al que ambos admiramos, me gustaría saber tu opinión sobre la recepción e influencia de la obra crítica de Eliot en España, saldría un interesante debate.

Un abrazo

Antonio Rivero Taravillo dijo...

Quien mejor ha leído por estas tierras al Eliot crítico ha sido Jaime Gil de Biedma, también excelente crítico él mismo. Lamentableente no dispongo ahora de tiempo para profundizar más en esto, pero estaré encantado de leerte si te ocupas tú, Luis (¿has visto cómo me salgo por la tangente?). En serio, quizá pueda tratar de esto más adelante. Un abrazo, y también otro para Tomás, quien abrió fuego en los comentarios a esta entrada y a quien no saludé el otro día.