jueves, 20 de noviembre de 2008

Madreselva


Anoche, tras la excelente conferencia de Luis Alberto de Cuenca en el Aula de Cultura de ABC de Sevilla, que dirige Fernando Iwasaki, cenamos en mesa rectangular unos amigos en velada que evocó, claro está, a esa otra mesa redonda del buen Rey Arturo. Salió el nombre de María de Francia, y su recuerdo perfumó la sala con melancolías y suspiros del siglo XII. Luis Alberto publicó hace muchos años una selección de los lais de María en uno de los referentes de mi educación sentimental caballeresca, la Editora Nacional. Traigo aquí, en homenaje a él, una versión romanceada y bastante libre que hice hace la tira de años de "Madreselva", uno de aquellos lais que también, como aquí se presentan ahora, nacieron en octosílabos.


MADRESELVA

(Sobre un lai de María de Francia)

El rey Marco de Cornualles
muy triste está y pesaroso
porque le falta el mejor
caballero de entre todos.

A Tristán lo ha desterrado
como si fuera un leproso.
En la umbría de los bosques
vive Tristán triste y solo.

La reina, la bella Isolda,
de un dolor sufre tan hondo,
que desde que él se marchó
todo lo encuentra enojoso.

Nada le place a la reina,
ya no hay color en su rostro,
que ella amaba a Tristán
más que al rey Marco, su esposo.

A Tintagel, en la costa,
el rey ha llevado su trono.
Marcos tendrá allí su corte.
Allí encamínanse todos.

Cuando Tristán esto supo,
por que pudieran sus ojos
ver una vez más a Isolda
acecha oculto en un soto.

Después Tristán arrancó
una ramita del tronco
de un avellano que estaba
junto al camino boscoso.

Sobre la vara grabó
este mensaje: en el fondo
con ellos dos sucedía
lo que era más doloroso.

Su gran amor semejaba
la madreselva que en torno
del avellano se enlaza
bien abrazada a su tronco.

Así los dos viven juntos,
mas si su unión ya se ha roto,
avellano y madreselva
ambos perecen al poco.

“Amiga, así nos ocurre
de igual manera a nosotros:
separados no podemos
uno vivir sin el otro”.

La reina cuando pasó
hacia allí volvió su rostro.
reconoce la escritura,
a Tristán buscan sus ojos.

A los del séquito dice
que es hora ya de reposo,
que desmonten sus caballos
y que descansen un poco.

En la floresta se interna,
y allí, con muy grande gozo,
los dos amantes se encuentran,
uno a sabor halla al otro.

Ella le pide que vuelva,
que le perdona su esposo,
que por echar a un ladrón
el rey ha perdido un tesoro.

Cuando los dos se despiden,
el llanto riega sus ojos.
Ella se vuelve al camino.
Él, al bosque tenebroso.

4 comentarios:

Antonio Serrano Cueto dijo...

Una gozada de lectura, Antonio. El encuentro en la floresta, evocador del siempre erótico "entremos más adentro en la espesura". Lástima que Luis Alberto no cabalgase hasta Cádiz. Un abrazo.

Antonio Rivero Taravillo dijo...

Muchas gracias, Antonio. El mérito es de la autora normanda y de quien por primera vez ideara estos amores imposibles que luego ella recogió. En cuanto a Luis Alberto, es gran orador y erudito y algo aún más valioso en la caballería terrenal: una buena persona. Un abrazo.

Rafael G. Organvídez dijo...

Por si hubiere algún interesado, hay edición de bolsillo disponible en Alianza Editorial.
Saludos

Juan Manuel Macías dijo...

Yo leí por primera vez la versión de Luis Alberto de Cuenca en aquella Selección de lecturas medievales de Siruela (qué preciosas ediciones, por cierto, y qué caras). Me quedé con aquella frase de la propia María: "sólo la poesía nos libera del miedo y del dolor". Me gusta cómo suena este lai aromanzado. Enhorabuena.